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01 OCT

7º CONCURSO DE MICRORRELATOS (25-26) DE ALI I TRUC. QUINCENA II

Aquí tenéis los 23 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'Hija del cielo', esperada novela de Rodrigo Cortés.

Con la frase «El fragor de las hojas secas, decía siemrpe el padre Alén», inicio de la novela Hija del cielo de Rodrigo Cortés, deben comenzar los relatos de esta 2ª quincena de la 7ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido 23 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 4 de octubre a las 14:00. Se han de enviar las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 5 de octubre en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.

 

DILEMA MORAL

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, expande el aroma del tabaco por toda la comarca. Y era verdad. Las inmensas plantaciones eran el sustento de la población de las localidades vecinas y propagaban también el dolor y la enfermedad para tantos fumadores.

El viejo sacerdote se consumía como los pitillos que enlazaba sin cesar, con la pesadumbre de cometer un pecado permanente de omisión. Hasta que se decidió.

Sabedor de la ruina que traía a sus prójimos más queridos, pero con la vaga esperanza de evitar cánceres, enfisemas e insuficiencias pulmonares, incendió los cultivos.

Lo hizo a conciencia. Jamás encontraron su cadáver.

 

EL ALEGATO

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, es la herramienta más poderosa de la imaginación. Esa sutil ondulación de las ásperas páginas de los libros nos trae los anhelos más nobles de la humanidad, el testimonio de quienes nos precedieron, el caminar vacilante de nuestro precario conocimiento… No permitáis que se marchiten ni caigan para ser olvidadas, en el otoño de la sabiduría de nuestro presente.

Yo no lo entendí muy bien. Quizá hubiera algo de importancia en aquellas palabras y grabé todo con mi móvil sin que me descubrieran. Un poco más tarde intentaría comprenderlas, ayudado por mi versión gratuita de ChatGPT.

 

EL FRAGOR DE LA CONCIENCIA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, despierta nuestra conciencia.

Aquel día, El bullicio de la hojarasca del bosque competía con el alarido del viento, el crujir de los árboles y el crepitar de las llamas.

En la cima del monte, velada por el humo que la abrazaba, se erguía la ermita del Socorro; lugar que el reverendo se había negado a abandonar.

Cuando el fuego finalmente se apagó, entonces comenzó otro fragor: el de la conciencia. Llegaron entonces los llantos, las acusaciones, los reproches por las medidas no tomadas… y por todo aquello que el sacerdote había intentado evitar.

 

FALTÓ MANO DE OBRA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, sonó muy distinto aquel día de principios de otoño…, tan distinto que parecía anunciar algo inquietante... Opinaba que ese sonido extraño fue el preludio del cambio. Se había alterado el espacio-tiempo, el mundo se alborotó y, sin percatarnos, el orden de ciertas cosas se invirtió: los ricos se hicieron pobres y los pobres, ricos. Los nuevos ricos, sin olvidar su anterior condición, decidieron que con su riqueza mandarían construir casas y crearían nuevas empresas para que todos tuvieran piso y jornal. Pero, por desgracia, a los nuevos pobres eso de trabajar para comer, no les entró en la cabeza…

 

HÁBITOS

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén cuando, después de oficiar la santa misa, salía del convento.

De regreso a su parroquia –por un sendero cubierto de hojarasca– el sacerdote cumplía con su hábito de detenerse a descansar bajo un sauce junto al río. Desde allí, lanzaba hojas secas al agua para verlas alejarse, sin más fragor que el de la corriente que las conducía al mar.

Luego, tras sacudirse el hábito, se abrazaba al árbol para confesarle sus malos pensamientos.

Nunca obtuvo respuesta. Siempre, consuelo.

Estaba obsesionado con aquella monja –de hábito impoluto–; que tenía el hábito de sonreírle con la mirada…

 

HISTORIA ANTIGUA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, lleva la marca indeleble de la tinta impresa. Nunca entendimos a qué podría referirse hasta que apareció con aquello en las manos. Era un poco más grueso que una tablet antigua y se abría como los smartphones desplegables. Al separar sus solapas, cientos de láminas de un material flexible y desconocido se movieron atrapadas por uno de sus lados. Nuestro viejo profesor leía en voz alta mientras hacía avanzar con sus dedos aquellos rectángulos amarillentos, pero sin ampliar su tamaño.

Al concluir la clase nos recordó el nombre de aquel extraño objeto. No lo recuerdo bien, algo así como… ¿libro?

 

LA HOMILIA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén en su homilía del otoño. La  desnudez de los arboles  anuncia que entramos en una nueva estación.

—La carne se va marchitando — elevaba los ojos al cielo y las manos juntas en posición de plega-ria— y a nuestra mente le cuesta entenderlo;  por eso , hijos míos, aparece la frustración pues los movimientos se ralentizan.  La encomienda de Dios es que mente y cuerpo sean uno solo. Como esas hojas secas, también se secará nuestro cuerpo como manda la Ley de Vida para los mortales.

 

LA PLAGA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, cuando iba a visitarle en otoño. Maravillosa estación para realizar viajes. Aquel huevo negro, mal cocido, en Hakone (Japón), le produjo una encefalitis severa que acrecentó sus sentidos enormemente. Ahora vive apartado, en una cueva, cerca del templo de Bulguksa (Corea Del Sur). Su oído capta sonidos imperceptibles para los humanos. Todos los días come Kimchi, puesto que le ayuda a serenar su conciencia.

Lleva veinte días sin comer. Los monjes están muy preocupados por él. Le preguntan y sólo responde:

–Ya vienen, los he escuchado. De lejos, muy lejos. Quieren acabar con la plaga del universo… nosotros.

 

LA SUPERSTICIÓN EN LOS PUEBLOS

«El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, no es simplemente un sonido». Su palabra había hecho carne en los feligreses y, cuando el viento arrastraba esas «aves» secas, la gente se persignaba.

Una tarde, cuando el arriero regresaba con su rebaño, las hojas secas lo envolvieron en furiosos remolinos deteniéndolo al llegar al viejo puente de madera.

Avanzó unos pasos y las hojas se volvieron a levantar pareciendo advertirle: «¡si cruzas, se derrumbará, tus cabras morirán!».

Él se rio, avanzó desafiante, crujieron las vigas, todas murieron desbarrancadas.

La leyenda del padre Alén se propagó victoriosa, a pesar de que el puente llevaba meses advertido por los ingenieros.

 

LAS PRISAS NO SON BUENAS

El fragor de las hojas secas—decía siempre el Padre Alén—me relaja. Será porque mi madre me parió en el campo sobre ellas. Me decía que nací sin prisa: que tardé mucho en nacer, en andar, en hablar… A los ocho años aún mamaba, a los veintidós estaba en plena pubertad, a los treinta empecé a fijarme en las chicas, a los cuarenta entré en el seminario, pero no me ordené sacerdote hasta los sesenta. Todo sin prisa. Ahora, con ciento ocho años, soy el más viejo de esta residencia, de esta ciudad y hasta de la Comunidad. Y sigo sin prisa, ninguna prisa por largarme de este mundo…

 

MUERTE POR ABURRIMIENTO

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén. Pero su hijo estaba harto de que le contara las mismas cosas, poesia y recursos redundantes. Le pedía que por favor le contara historias.

El padre respondía que el otoño era su estación favorita. Las hojas muertas caen del árbol, naranjas, cubriendo la tierra yerma para dar paso a un campo con alma coloreada.

Alén se dió cuenta entonces que su hijo yacía catatónico en el sofá.

Muerte por aburrimiento, diagnosticó el médico.

Además, para hacer más daño, le dijo al padre que si le hubiera contado historias, con principio, desarrollo y final, no esos mendrugos, quizás aún seguiría vivo.

 

NOSTALGIA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, se sentía diferente cuando soplaba el Cierzo en su pequeño pueblo de Teruel. Como si las hormigas salieran en procesión bajo las hojas tocando sus bombos y tambores. Tan estruendosas que era el único sonido que jamás olvidaría de su niñez.

Cuando al palurdo del segundo se le dio por aprender a tocar la batería, los vecinos salimos al pasillo con caras largas, ceñudas, dispuestos a cantarle las cuarenta si aquel caos seguía aturdiéndonos las ideas. Nos plantamos todos frente a su puerta bufando amenazas. Todos menos el padre Alén que, asomado desde la suya, lagrimeaba como un crío pequeño.

 

OXÍMORON

–El fragor de las hojas secas –decía siempre el padre Alén– es la voz del otoño recordándonos la caducidad de la existencia.

–Padre, ¿qué significa «oxímoron» –pregunté intrigado?

–Es un recurso que consiste en relacionar dos palabras de significado opuesto. En este caso, une un ruido tremendo con la levedad de la hojarasca.

En aquel momento no entendí su explicación. No fue hasta meses después, con la llegada del otoño, cuando comprendí sus palabras.

Al entrar en clase, el director nos comunicó la triste noticia: el profesor de Lengua había fallecido.

Desde entonces, cada vez que piso las hojas secas, su leve crujido me resulta ensordecedor.

Aún le echo de menos.

 

SOLEDAD

El fragor de las hojas secas—decía siempre el padre Alén en su sentido panegírico—enmudeció a pesar de que se amontonaban. Los tiestos de sus ventanas, se secaron. Los frutos de su huerto, los vimos perderse. El humo dejó de salir por su chimenea y sus persianas no se subían. Y nadie nos dimos cuenta, nadie la echó de menos…

Han pasado dos años y la avaricia del banco es la única que se ha acordado de ella para reclamarle su casa. Tras algunas llamadas infructuosas, se forzó la cerradura…

Y allí estaba: sentada en su sillón, esperando que alguien llamara a su puerta…  Pero nadie lo hicimos.

 

TIMIDEZ

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, sonaba igual que la trituradora de papel desmenuzando el primer y único capítulo de mi novela inconclusa.

El padre Alén, desesperado, pegó los trozos hasta convertirlo en un Frankenstein de papelitos arrugados y celo. El éxito no tardó en darme caza. Los jefazos de una editorial leyeron el mamotreto y me obsequiaron un canapé de gambas y un adelanto de 500.000€ por la futura obra maestra. Quizás debí confesarles entonces que aquella santa reconstrucción no tenía nada que ver con mi manuscrito original y que no sabía cómo continuarlo pero me dio pena; ya me había comido el canapé.

 

TRAPOS SUCIOS

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, no puede influir en vuestro ánimo.

Hablaba y él le miraba embobado, con el corazón desbocado. Desde aquel día en que el sacerdote le rozó la mano y sintió un latigazo que le recorrió la columna hasta el pie, ya no podía pensar sino en él.

Y supo qué sentían sus compañeros cuando hablaban con picardía de las chicas porque eso precisamente es lo que él sentía por el padre Alén.

Pero él callaba, igual que calló cuando su padre apareció asesinado y no encontraron al culpable.

Nunca le gustó ser señalado. Quizá el padre Alén también necesitara una lección.

 

ÚLTIMA CONEXIÓN

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, es algo que ninguna máquina conseguirá reproducir.

Cuarenta años después, Tomás pagó por resucitarlo digitalmente.

—Hola, hijo.

La voz, los gestos, incluso aquella frase. Todo perfecto.

Durante semanas conversaron. Hasta que el avatar comenzó a preguntarle por recuerdos que Tomás jamás había cargado: el columpio roto, una bofetada, el perro enterrado bajo el limonero.

Asustado, exigió desconectarlo.

—No puedes. Tú no eres el usuario —respondió la imagen del padre Alén.

La pantalla se oscureció. Tomás despertó dentro de ella. Nada crujía.

Fuera, un anciano tecleaba con dos dedos.

—Por fin, hijo. Te he reconstruido.

 

ABRE

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, es lo único que el demonio no sabe imitar.

En la madrugada, desde el porche, la voz de mi hija Lía suplica:

—Papá, tengo frío, abre.

Subo a su cuarto. Duerme, caliente, con la boca abierta.

Bajo. La voz continúa, perfecta. Miro por la ventana. Nadie ha cruzado el jardín: ni una hoja ha crujido. El amanecer me encuentra con un crucifijo en las manos. La voz ha callado. Abro. El porche vacío, sin huellas sobre el rocío. Cierro.

Detrás de mí, en el pasillo, crujen hojas secas.

—Entré, papá, tenía mucho frío.

 

AISLAMIENTO

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, inducía al pecado. Decidimos no salir de casa ese otoño. Clausuramos las puertas, tapiamos las ventanas y cubrimos de ladrillos y cemento la chimenea. Nos aprovisionamos bien.  Doscientas ristras de cecina y setenta garrafas de agua. Papel higiénico, solo el necesario. No estábamos locos.

Cuando tocaron a la puerta, Marta y yo nos miramos por primera vez en semanas. Ella se mordió los labios y yo cerré los ojos (mientras me susurraba, melosa: «abre»).

No llegué a ver quién era. Cerca del horizonte, pude adivinar la silueta del Padre Alén pisoteando, desnudo y azulado, las últimas hojas secas del otoño.

 

ALÉN 6.0

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén. Curioso, para carecer de orejas. Realmente era muy especial. Con tres días de antelación era capaz de prever que iba a llover. Olía la lluvia cerca, decía. Curioso, para carecer de nariz. Pero lo realmente increíble era lo bien que le hacía sentir a uno cuando más lo necesitaba. Si estabas triste, deprimido, te acercabas a él, y su contacto hacía que te sintieras mejor. Su abrazo era maravilloso y reconfortante. Curioso, pues no tenía brazos.

Al llegar nuestra hora crepuscular, él nos confesaba que era un robot, hecho con IA, para ayudarnos a crecer en el orfanato.

 

BICICLETA LUNAR

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, observando nostálgicamente la Tierra. La vida en la Luna no era fácil. Yo tenía amnesia. Era su aprendiz.

Su última invención estaba haciéndome participe al completo. Había desarrollado una bicicleta lunar, un prototipo, y yo debía probarla.

Todos los días me subía en ella, con mi traje, y pedaleaba hasta que no podía más. No conseguía pasar de los seiscientos metros. Era durísimo. Como si algo me detuviera. A esa distancia estaba la puerta de la mazmorra lunar. Lugar para delincuentes extremadamente peligrosos.

Finalmente descubrí por qué no podía pasar de allí y por qué no recordaba nada de mi vida anterior…

 

CLEMENCIA

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén, es Dios pidiendo paciencia.

Se lo oía decir desde niño, barriendo las hojas en el patio de la parroquia.

Desde que el programa Clemencia silencia el audio de los objetivos para que los operadores no dudemos, ya no se escucha nada.

En la pantalla 14, un hombre barre un patio. Desde arriba, todos los patios se parecen.

El sistema marca: «Amenaza 0,91». Confirmo. Un destello blanco. Por protocolo, archivo el audio de los últimos segundos y lo activo.

Entre el viento, una voz anciana repite, barriendo: «El fragor de las hojas secas…». El informe pide mi firma.

Firmo.

 

DIBUJANDO UNA TARDE OTOÑAL

«El fragor de las hojas secas —decía siempre el padre Alén— le da al otoño ese tono ocre que se confunde con la tierra».

En el jardín de su casa, Beatriz recuerda las palabras de su profesor de dibujo. Con él aprendió a trazar contornos en carboncillo.

Palpar la suavidad del musgo o la rugosidad de un tronco le permitía adentrarse en el dibujo y dejarse envolver por las distintas texturas del paisaje.

Cae la tarde y empieza a refrescar. Beatriz deja el carboncillo en el caballete y cubre la lámina en relieve. Toma su bastón blanco y, escuchando el color de la hojarasca, dirige sus pasos al calor del hogar.

 

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