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11 SEP

5º CONCURSO DE MICRORRELATOS (25-26) DE ALI I TRUC. QUINCENA I

Aquí tenéis los 19 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'El derecho a las cosas bellas', de Juan Evaristo Valls Boix.

Con la frase «A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta», inicio del ensayo El derecho a las cosas belles, del doctor en Filosofía ilicitano Juan Evaristo Valls Boix, deben comenzar los relatos de esta 1ª quincena de la 5ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido 19 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 14 de septiembre a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente. De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 15 de septiembre en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó, y de la que Juan Evaristo decidirá el relato gaandor.

ACTUALIZACIÓN: Una vez conocida la elección de Juan Evaristo Valls Box, desvelamos autoría del os relatos, podio y obra ganadora.

 

Los finalistas han sido:

CONTRASTES, de Paquita Márquez

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta, brillaba entonces con tanta luz, que iluminaba la vida de los demás y el ambiente se llenaba de color y de alegría… A mí me sucedía algo parecido antes de que ocurriera todo. Me encantaba participar en fiestas, en eventos… Ponía el alma en lo que hacía y derramaba luz y alegría a mi alrededor disfrutando como nadie... Ahora soy una sombra que se extiende por la vida oscureciéndola, una sombra que solo ansía ir al encuentro de la tuya y unirme a ella en algún momento de un tiempo incierto que ya no será ni tiempo siquiera…

 

 

LA DANZA DE LAS CENIZAS, de María Bastida Nova.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta que daba inicio a la primavera. Hechicera de los bosques, y guardiana de la sabiduría milenaria de las plantas, se movía con elegancia mientras esparcía semillas que ayudaban a mantener el equilibrio de la naturaleza. Cierto día ocurrió algo terrible. Sus pies, acostumbrados a danzar sobre una vegetación exuberante, empezaron a arder, y sus manos, como antorchas prendidas, fueron incapaces de tejer un velo de niebla que apaciguara la ferocidad de las llamas. Fue su último baile. Ni los lamentos, invocando a los espíritus del agua, para que convirtieran sus lágrimas en cascadas de ríos, lograron sofocar aquel devastador incendio.

 

Y el relato ganador:

LENGUAJE INVISIBLE, de Esperanza Tirado Jiménez.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta.

Lo que nadie sabía era que memorizaba los pasos de todos. Observaba con atención los gestos, las vacilaciones, las copas abandonadas en las esquinas, los movimientos torpes…

Al llegar a casa, lo dibujaba todo en un cuaderno negro. Cada dibujo era una frase, cada secuencia, un poema. Cada gota de alcohol, una lágrima.

Para Emma eran más que simples movimientos; eran palabras sin voz, historias que la gente contaba sin darse cuenta. Soñaba con convertir ese lenguaje silencioso en un espectáculo. Que pudiera unir a todos, sin necesidad de hablar, en un mundo cada vez más lleno de ruidos.

 

El resto de relatos, ordenados alfabéticamente a aprtir del primero recibido son:

LA PRIMERA DEL BAILE, de Esperanza Tirado Jiménez.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. No importaba si era un salón elegante o un patio con luces compradas en un todo a cien. Apenas sonaban los primeros acordes, ella ya estaba en el centro.

Movía los brazos como si dirigiera una orquesta secreta, y la sonrisa no se le borraba.

Algunos decían que exageraba, pero nadie se atrevía a contradecirla: Emma bailaba como si el mundo se fuera a acabar esa noche. Y si se acababa, que la encontraran girando, con los ojos cerrados y la sonrisa en el cuerpo.

 

PRÍNCIPE, de Oscar Broullón.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Sus pies, incansables, dibujaban remolinos de alegría mientras su risa llenaba el aire.

Entre la vibrante multitud, sus ojos se cruzaron con los de un desconocido que la observaba embelesado. La invitó a danzar con él, sus manos se entrelazaron. Bailaron toda la noche, sus corazones latieron al unísono, prometiéndose un amor tan libre y apasionado como el viento.

Construyeron sueños con susurros cómplices bajo la luna, su conexión era única, eterna.

Al despedirla en su portal, él prometió visitarla nuevamente otra noche. Emma cogió la tarjeta morada con letras doradas. Empalideció al leerla:

«Vlad III de Valaquia».

 

¡QUE PAÍS!, de Basilio Mayor García.

A Emma Goldman li encantava donar-ho tot i ballar en cada festa.

Les festes dels Goldman, eren fart conegudes en tota la regió, inicis espectaculars, grans fanfàrries i tota l'alta nissaga de la societat decadent. El que no era tan conegut era l'afició de la benjamina de la família per ficar-se en tota mena d'embolics, la qual cosa no podia ni devia contrastar-se amb la seua posició en eixos moments. Segur que al seu pare no li faria cap il·lusió veure-la ballant nua en eixa festa, amb ritual satànic inclòs.

Per déu!, va cridar el seu pare, ningú pot fer-la entrar en raó, quan voldrà adonar-se que és la presidenta del País.

 

SIN FIN, de Oscar Broullón.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Fiestas donde nada se festeja. Son rituales ancestrales, orgías de sangre y sacrificio, Emma es la anfitriona y exige entrega total de cuerpos y almas.

Sus ojos reflejan las llamas de las hogueras, donde sus invitados arden. Su risa resuena sobre los lamentos, un eco de locura y poder. Las sombras danzan con ella, susurrándole secretos de una oscuridad primigenia.

Cuando el último cuerpo se consume, el silencio es absoluto, roto solo por el latido de su propio corazón... un latido que no es el suyo.

Ella es la fiesta. Y la fiesta nunca termina.

 

¡TÚ NO SABES SOÑAR!, de María Ángeles Vaíllo

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta, sobre todo el CANCÁN.

Le habría gustado vivir en París la época del MOULIN ROUGE.

Quizás hubiese influido el cuadro del abuelo, colgado en su habitación una réplica de LOUTREC, unas bailarinas con las faldas levantadas…

Emma pasaba el tiempo mirando y decía oír los compases del CANCÁN, su madre empezó a preocuparse por su obsesión.

Mamá, si un día desaparezco, no llores estaré en el MOULIN ROUGE, cada noche oigo la voz de LOUTREC llamar para que me sumerja en el cuadro, y voy adentrarme en él.

Me gustaría que vinieras…

¡Pero tú no sabes soñar!

 

ALGO QUE NADIE SABÍA, de Esperanza Tirado Jiménez.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Siempre la última en irse, siempre con brillo en los ojos y los labios manchados de vino.

Al cruzar la puerta de su casa se quitaba los zapatos con lentitud y se sentaba en silencio en la alfombra, aún con el abrigo puesto, mirando una planta que nunca terminaba de crecer.

Guardaba cada noche como si fuera una carta sin firmar. No estaba triste. Solo cansada de ser tanto.

Luego se reía bajito, como recordando un chiste que nadie más sabía.

 

ATLAS, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Y ésta era la última. Hacía unas semanas, en el observatorio de Wellington, Nueva Zelanda, se avisó que el 27 de octubre de 2025 a las 21:24h (justo en estos momentos) íbamos a ser exterminados. Un asteroide había entrado en el sistema solar hacía unos meses. Parecía tener un comportamiento diferente a anteriores, pero nadie podría imaginar lo que a Emma se le pasó por la cabeza: el asteroide Atlas era una bomba dirigida hacía el sol, para hacerlo estallar y aniquilar nuestro sistema solar.

Se paró la música. Miraron al exterior. Un brillo cegador fue lo último que vieron…

 

CAMBIO DE RITMO, de Silvia Espina.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta, por eso, todas las semanas practicaba Rikudim, las danzas folklóricas judías.

Como éramos amigas y sabía que me gustaba la música de su pueblo, siempre insistía en llevarme con ella; pero mi participación en el coro de la parroquia, al que concurría con mi novio Julián, ocupaba todo mi tiempo libre.

Esa mañana, después de varios días de no saber nada de Julián, mis amigos del coro me espetaron —¿Chica, que está haciendo tu novio bailando Rikudim con tanto entusiasmo?

¡¡¡La muy mosquita muerta me había birlado el novio!!!

 

CARPE DIEM, Raquel Zaragoza Durá

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta como si no hubiera un mañana…

De pequeña soñaba con asistir a clases de ballet, pero en la Lituania de entonces los sueños de una niña no importaban.

Quizá por eso, desde que emigró a Estados Unidos, para ella bailar empezó a ser una forma de celebrar la vida y, al mismo tiempo, de reclamar libertad.

Bailando se sentía libre, y para una anarquista, esa sensación era tan vital, que, incluso cuando la arrestaban, en su pequeña celda se ponía de puntillas y giraba…, como aquella bailarina de la cajita de música, que sus padres jamás le pudieron comprar.

 

DANCING QUEEN, de Jerónimo Hernández de Castro

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Siempre igual. Desde niña en la verbena del pueblo o en su propia boda, donde dejó exhausto a su joven marido y a todos los que sacó a bailar aquella noche inolvidable.

Muchos años después, la música llegó de nuevo a sus oídos, allí en el interior de su ataúd. La melodía le pareció un poco triste, pero se dispuso a ser una vez más la reina del baile.

 

EMMA BROKEN, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Hasta aquella noche que cayó a plomo al suelo fracturándose la cadera. Y esa fractura había ocasionado la caída. Los excesos de alcohol y tabaco habían acelerado extremadamente su osteoporosis. A sus cincuenta años su cuerpo señalaba que tenía ochenta biológicamente. Lejos de sumirse en una profunda depresión instaló un nuevo objetivo en su mente: poner en conocimiento de todo el mundo los efectos secundarios devastadores del alcohol, al igual que con el tabaco, que ya estaban impresos en los paquetes. Empezó a recoger firmas. Estando durmiendo una noche alguien la asesinó. La industria del alcohol es muy poderosa…

 

ENSOÑACIÓN, de Oscar Broullón

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Su risa contagiaba una alegría salvaje, pura libertad. Los ojos chispeantes, reflejaban la pasión de mil romances, de sueños por construir.

Giraba, saltaba, cada movimiento era un manifiesto de vida, un grito de «¡aquí estoy!». El ritmo la impulsaba a vivir, a amar, a luchar con cada fibra de su ser. Su energía encendía el alma de quienes la rodeaban, invitándolos a ser tan intensos como ella.

Entonces, la música cesó, sonó la alarma. Emma despertó, no en un salón de baile, en su silla de ruedas.

—¿Por qué habré cogido el coche esa noche de borrachera?

 

EXCENTRICIDADES, de Paquita Márquez.

—A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta; Beethoven se mojaba la cabeza con agua muy fría para estimular su creatividad; Balzac tomaba cincuenta tazas de café al día porque, según él, el café movía las ideas en su cabeza como batallones de soldados; Tesla se rodeaba de palomas para poderse concentrar en su trabajo; Stephen King odiaba los adverbios y era capaz de llenar varias páginas sin uno solo; Édison contrataba ayudantes ¡dependiendo de la forma que tenían de tomarse una sopa…!

—Bueno, ya sabemos que los famosos son excéntricos, ¿y qué?

—Pues eso, que ni tú ni yo seremos nunca famosos…, a menos que…

 

LA BAILARINA MÁS PELIGROSA DEL MUNDO, de Carlos José Esguevillas González

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta.

A veces se disfrazaba de hombre y sacaba a bailar a mujeres. Otras, se disfrazaba de mujer y bailaba sola.

Nunca le importó qué música sonaba ni cuándo cesaba.

Continuaba bailando. Y escribiendo la letra de sus canciones, compartiéndolas para que otros bailaran sus propias vidas.

Bailó en América, en Rusia, en Europa… y de todos los bailes la echaron. Aunque ella siempre volvía.

Cualquier noche, de esas de luna clara, si cierras los ojos, aún puedes verla. Suele llevar un libro.

Ayer, por ejemplo, dicen que la vieron por Montjuic, en el cementerio, bailando con un tal Durruti.

 

LA PASIÓN DE EMMA, de Américo Fojo

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta con la misma intensidad, con la misma vehemencia y entrega con la que, cada día, defendía sus ideas de libertad, igualdad social entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres.

La danza, era un vórtice que la atrapaba y al mismo tiempo le restituía su fuerza combativa. Por eso a nadie le asombró que, en un acto que el gobierno ruso había organizado como homenaje a su acción política, se evadiera del protocolo y fuera a bailar, solitaria y concentrada, como siempre, entre las columnas exteriores del Teatro Bolshoi, el icono más importante de la danza en el mundo.

 

LA PISCINA DE EMMA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

A Emma Goldman le encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. En ésta no iba a ser menos, situada en el Parque Nacional de Wai-O-Tapu, en Nueva Zelanda. Rodeados de cráteres colapsados, lagos de agua hirviendo, lodos y fumarolas. Había sido invitada puesto que era una Protectora Natural De La Tierra. Siendo advertida previamente de los peligros del lugar, no calibró bien la ingesta de copas que se bebió. Pasando por la morada del diablo perdió el equilibrio cayendo en el agua hirviendo. Desapareció lentamente de la superficie, dejando colores dorados, ocres y plata por su vestido… el público aplaudió enérgicamente por el espectáculo. Posteriormente se pudo visionar en internet.

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