Con la frase «Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina», inicio de la novela Qué fue de los Lighthouse, de la periodista y escritora Berna González Harbour, deben comenzar los relatos de esta 2ª quincena de la 5ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 28 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 28 de septiembre a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente. De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 29 de septiembre en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el resultado, desvelamos podio y autoría de los relatos.
Relatos finalistas:
LA REVELACIÓN MÁS DOLOROSA, de María Bastida Nova.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina recuerdo lo organizada que era nuestra madre. Desde que nos dejó, se fueron amontonando y amenazan con sepultar los estantes bajo su peso. Cuando decido poner orden en el caos, emergen entre los documentos susurros del pasado silenciados en un sobre amarillento. Al abrirlo, rescaté de las sombras la foto de un niño y una nota con un breve texto. Era la sentida despedida de mi madre al darlo en adopción.
El impacto me sumió en una profunda tristeza. El golpe más duro llegó cuando, el hombre con el que me voy a casar, se reconoció en esa imagen congelada.
LA ANSIEDAD, de Jerónimo Hernández de Castro.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina me pregunto qué se oculta en ellos. He visto como los mayores los toman de uno en uno, sujetándolos con delicadeza, apenas con las yemas de los dedos. Entonces, susurran sin apenas mover los labios, en un murmullo inaudible que solo ellos pueden percibir.
A veces me cuentan alguno de sus secretos: singladuras misteriosas por mares remotos, tesoros escondidos en junglas inexploradas, o enigmas de otros tiempos aún por descubrir.
Yo pego la nariz al vidrio, afanoso por adivinar la información que custodia tan delicado soporte, con el anhelo de quien aún no ha aprendido a leer.
Relato ganador, elegido por Berna González Harbour:
SI PUDIERA…, de Paquita Márquez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, quisiera recordar. Con esfuerzo, cojo unos cuantos… Debo haberlos escrito yo, aunque no sé cuándo ni por qué. No comprendo qué dicen. Hay también dibujos que no entiendo. Mi mente no funciona. No recuerdo cómo se llaman las personas ni las cosas que me rodean, pero sé que esto me pertenecía… Ahora se acerca ella; recoge los papeles cuidadosamente como siempre y me sonríe. Creo que me quiere, porque me arropa, me acaricia y empuja mi silla hasta el jardín. La miro. Me gusta. No sé quién es, no sé quién soy, pero me hace sentir bien. Si pudiera expresarme…
El resto de relatos, ordenados por orden alfabético a partir del primero recibido:
EN PROCESO, de Esperanza Tirado Jiménez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, siento que me observa, amenazante. Contratos, informes, notas indescifrables, facturas pendientes… se acumulan desde tiempos inmemoriales. Aparece alguna hoja de color sepia y aspecto quebradizo que parece un incunable.
Me armo con bolígrafos y papel reciclado contra el ‘monstruo’ y empiezo por el más arrugado. Lo despliego con cuidado, como quien desactiva una bomba. Es un presupuesto de hace diez años, en pesetas que ya no significan nada, pero que aún exigen atención.
Lo apunto, lo resumo, lo archivo. A otro armario. Uno menos. La vitrina cruje, como si se quejara. No la escucho. Y continúo.
FAENA FUIG, de Basilio Mayor García.
Quan veig la muntanya de papers que desborden la vitrina, em pare a pensar que moment es va iniciar este desorde i principalment quin va ser el motiu. Crec recordar que tot va començar aquella primavera tan singular amb les seues tempestes i nits tropicals que no tenien cap sentit, ens vam adonar que tots els papers es desbarataven amb una velocitat increïble i decidim que la millor manera de preservar-los era guardar-los allí, el problema va vindre després, qui s'anava responsabilitzar de traure'ls d'allí i ordenar-los com era degut, però ningú i quan dic ningú és ningú, va voler realitzar tan àrdua tasca i en eixes estem amb la vitrina desbordada de papers.
HERNANDO, de Silvia Espina.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, la aglomeración de libros, periódicos y revistas colocados sobre sillas, mesas, muebles, el alfeizar de la ventana, etc., comprendo la razón por la que mi mujer me ha abandonado y los amigos ya no me visitan, aduciendo que no pueden entrar en el piso por el abarrotamiento de papeles en los pasillos.
Yo trato de explicarles que este es mi mundo, que esta es mi vida, aunque lo que más me preocupa son los lastimeros maullidos de mi gato Hernando que me llama pidiendo su comida, pero no puedo encontrarlo…
LA IMPORTANCIA DE NO LLAMARSE ERNESTO, de Felipe Tenenbaum.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, los cepillos de dientes apelmazados en latas oxidadas, los zapatos rotos sobre y bajo el sofá, los ticket de la compra renegridos, los periódicos de portada amarillenta junto al manual del VHS y de la máquina de escribir, me preguntó cómo voy a explicarle al viejo Diógenes que tiene complejo de sí mismo.
LA INTELI·LIGÈNCIA ARTIFICIAL, de Basilio Mayor García.
Quan veig la muntanya de papers que desborden la vitrina, al mateix temps veig l'escriptori ple de llibres amb una infinitat de marcadors assenyalant tota classe de comentaris, paraules i referències que m'han de fer arribar al principi de la fi d'este llibre tan primordial i exigent.
No sé si la gent arribara, a entendre-ho mai de la vida, però sí que sé que li he posat tot el llagot i interés possible i l’impossible perquè es puga desxifrar correctament, sent este «El llibre gros de les coses». Desitge i espere que no sols els agrade, sinó que prenguen interés per tot l'escrit en ell.
Amb tot l'afalac possible d'un absurd.
LA ÚLTIMA TRINCHERA CONTRA EL DESAFORADO AUGE DE LA TECNOLOGÍA, de Felipe Tenenbaum
–Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, recuerdo las palabras proféticas de María: «el papel aún no ha muerto, querido. No te rindas». Y no lo hice. A pesar del auge de Internet, las redes sociales y la IA (la omnipotente y omnipresente IA) yo insistí con mi pequeña fábrica de sobres. Su tierno mensaje póstumo sigue dándome fuerzas para batallar contra el progreso inevitable de las creaciones del hombre. Aquella carta, lo último que escribió en vida, aún me inspira.
–Será muy valiosa para ti. ¿Dónde la guardas?
–En Deepweb/FX-Plus. La he escaneado, convertido a pdf y encriptado (obviamente, con una contraseña de doble chequeo).
–Obviamente.
LO DISTINTO, de María Ángeles Vaíllo
Cuando veo la montaña de papeles que desborda la vitrina, me apresuro por saber algo más de mi tío, hermano de mi padre. Ha muerto y me ha dejado lo poco que tenía…
Una casa sencilla en el campo y un montón de incógnitas. Sólo lo veía en navidades, mi madre decía va a venir tu tío, no es necesario que lo beses, le tiendes la mano, que los
hombres no se besan.
Después de poner los papeles en orden lo entiendo todo, hoy hablaré con mis padres. Quiero que sepan que soy DISTINTO como él, no quiero eclipsar mi felicidad.
¿Acaso lo distinto es malo?
Mil gracias, tío.
NOSTALGIA, Raquel Zaragoza Durá.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, recuerdo con nostalgia aquellos tiempos en los que mi hijo me escribía; y la ilusión con la que esperaba sus noticias: cartas que leía una y otra vez; y… sigo leyendo.
Hace ya demasiado tiempo, vino de vacaciones. Fue entonces cuando, antes de volver a cruzar «el Charco», me regaló un móvil. Al principio era maravilloso, hablábamos con frecuencia; pero la alegría duró poco. Justificándose con la diferencia horaria y el trabajo pasamos a los WhatsApp, que cada vez llegan con menos palabras y más emoticonos.
Por las cartas yo conocía sus sentimientos…, su vida. Ahora, solo percibo sus prisas.
PECADOS, de Oscar Broullón.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, siento que me están vigilando. Los folios parecen respirar, como si latieran en silencio, aguardando a que yo me acerque.
Anoche juraría que uno se deslizó al suelo y se arrastró por sí mismo hasta mi cama. Oigo susurros al dormir, frases que no reconozco, voces que me llaman desde otro tiempo.
He decidido quemarlos. Los rocío con gasolina. Prendo un fósforo. Las llamas iluminan el cuarto. Pero los papeles no arden. Se transforman. Negras manos que me sujetan. Fauces abiertas para devorarme.
Una hoja vuela y horrorizado leo: «Los pecados no arden».
El texto está escrito con sangre.
PESADILLA, de Américo Fojo.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, recuerdo la pesadilla que, noche tras noche, me ha hecho despertar sobresaltado.
Sueño que, al intentar guardar en la vitrina un nuevo folio con el cuento escrito la noche anterior, la vitrina estalla llenando el aire de papeles volando y los cristales lanzados por la explosión se clavan en mi garganta.
Me despierto angustiado, tratando de contener la sangre con mis manos… pero no… solo estoy bañado en sudor y temblando.
Afortunadamente son sueños, nada más.
Ahora, tendría que guardar mi escrito de anoche … pero… ¿Qué serán esos crujidos en los cristales de la vitrina?
POETA, de Oscar Broullón.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, mi corazón se acelera. Cada hoja arrugada, cada post-it descolorido es un tesoro: el boceto de nuestro primer viaje, el menú del restaurante donde nos besamos, las promesas escritas a medianoche.
Son las reliquias de nuestro amor, un archivo sagrado de cada risa y cada lágrima. Reviso cada letra, sintiendo que el tiempo se detiene.
Mi nieto me encuentra llorando.
—Abuela, ¿por qué guardas todos estos papeles viejos? —pregunta zambulléndose en la montaña.
Le sonrío.
—Porque tu abuelo, que era poeta y me escribió una vida entera.
PORTALES, de Esperanza Tirado Jiménez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, me acerco con cautela. El aire se espesa. El archivo desaparece. Y estoy dentro.
Entonces sé que uno de los Portales Venerables se ha abierto, después de siglos oculto.
Al tocar la primera hoja, todo cruje con una energía especial. Es como un ser vivo, rebosante de palabras. Que me rodean, me preguntan, me gritan, me demandan, me sorprenden. Como si esperaran a ser leídas para liberarse.
Ya no soy visitante, ni exploradora. Formo parte de un texto infinito. Pero aún no sé si soy una simple nota al pie o merezco algún tipo de explicación.
PROBLEMA SOLUCIONADO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina siento ganas de quemarlos en una hoguera. Pero requieren mi firma, siendo Embajador de la Tierra. En este año 2089 la población mundial ha sobrepasado el límite. Faltan recursos y el bienestar ha desaparecido. En uno de estos papeles está la decisión para diezmar la Humanidad. Ojeándolos encuentro guerras, genocidios, virus… pero mi mano derecha tiene la hoja definitiva: el Tabaco. Aumentaremos en un 280% la cantidad de cadmio en los cigarrillos. Avisaremos a los fumadores, en las cajetillas y medios, por supuesto. Y se los fumarán igualmente, puesto que dicen que de algo hay que morir…
Problema solucionado.
RECUERDOS FELICES, de Alicia Ferrández Rico.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, no puedo evitar recordar las veces que intentamos elegir qué cartas tirábamos y cuales conservábamos, pero nunca nos poníamos de acuerdo. Yo quería tirar las cartas que te escribí cuando estabas en la mili, pero tú siempre te negabas, argumentando que eran un gran recuerdo de cuando «yo aún te quería». Yo me reía con «la broma», pero ahora que tú ya no estás, soy yo, la que las leo una y otra vez para recordar lo «felices que fuimos juntos».
RUMBOS, de Paquita Márquez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, pienso en el tiempo inútil que invertí en escribirlos: Proyectos que nunca llegaron a ver la luz, itinerarios de viajes que nunca realicé, cartas que no llegué a echar, promesas que se deshicieron como pompas de jabón en el aire…
Cojo uno al azar. Son los propósitos de aquel lejano Año Nuevo: «Sé fiel a ti mismo, no olvides nunca quién eres»— reza el primero…
Avergonzado y triste, empiezo a vaciar la vitrina…
SOLA, de Raquel Zaragoza Durá.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, decido tomármelo con calma. Los recuerdos van más allá de las fotografías y del pañuelo de seda que aún conserva su fragancia.
Bajo un montón de recibos encuentro un paquete de cartas, que mi madre me ocultaba. La primera está escrita por ella y es para mí. Muestra arrepentimiento por el egoísmo que la llevó a hacerlo, se justifica diciendo que temía perderme. Si me hubiese dado aquellas cartas, yo me habría marchado a Washington con George… y la habría dejado sola.
La entiendo. Ahora que ella no está, la que se queda sola soy yo, y no me gusta.
SUEÑOS, de Oscar Broullón.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, me estremezco ante la evidencia de una sociedad egoísta que olvida lo humano.
Contratos, facturas, publicidad de productos innecesarios, todos encapsulan una vida de incertidumbre y trabajo esclavizante. Cada hoja representa una promesa rota, una oportunidad perdida en esta rueda de hámster llamada capitalismo. Entre todos esos papeles sin sentido, encuentro un poema escrito por mí de adolescente y al que titulé «Qué quiero ser de mayor».
De repente, la montaña se convierte en un recordatorio:
«Nuestra vida no es todo aquello que hicimos, sino todos los sueños que olvidamos perseguir».
YA SÉ QUÉ REGALARLE DE CUMPLEAÑOS, de Carlos José Esguevillas González.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina de la entrada, no me incomodan.
Los archivadores llenos de carpetas, con fotos y fichas detalladas de personas que guarda en el dormitorio, tampoco me preocupan.
Ni las bolsas de dinero que tiene repartidas entre la despensa y los estantes de la cocina me inquietan.
Pero los pies.
Los pies que asoman por debajo del aparador del salón, ésos sí me molestan.
Al pasar, estorban.
Me he agachado a mirar para recolocarlos. Y el señor ni siquiera me suena.
Salvo la corbata al cuello.
Esa sí es de mi marido.
ASUNTOS PENDIENTES, de Mariam Vicente.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina pierdo el aliento, porque crece al ritmo que pierdo mis energías. No me quedan fuerzas para enfrentarme a una factura o a un aviso del casero. ¿Será que desde que te fuiste ya no soy el mismo? ¿O es ese dolor implacable que lleva meses empapándome?
Hoy, sin embargo, me he arrastrado hasta el ordenador, he escaneado todos los asuntos pendientes y he enviado uno a cada uno de mis contactos. Al primero le ha tocado una receta, a otro un extracto bancario, al siguiente una carta tuya a la que nunca pude responder.
Luego me quedé vació. Y salté.
CADUCIDAD, de Paquita Márquez.
—Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, me dan ganas de salir corriendo… Pero hay que revisarlos, porque estoy seguro de que el viejo loco tuvo que dejar aquí alguna pista del dinero.
—¿Tu abuelo era rico?
—¡Hombre! Lo que se dice rico… Pero sí, le tocó un décimo del primer premio de la lotería de Navidad hace dos años, y nunca quiso decirme lo que había hecho con él. Solo me dijo que a su muerte lo disfrutaría…
—¡Aquí hay un sobre que dice «Para mi nieto»!
—¡A ver, a ver…! ¡Me cagüen la…! ¡Es el décimo del premio!
CAZÓN EN ADOBO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina me dan ganas de dejarlo todo y dimitir. Pero luego recuerdo mi salario, privilegios, y entonces trabajo algo.
Alguien abre la puerta interrumpiéndome:
¾Señor, la agencia de meteorología alerta de que mañana van a caer bolas de granizo como puños. Se ruega su comunicación inmediata a la población.
¾Has olvidado que debes dejármelo por escrito debajo de estos papeles.
¾Disculpe Señor, ¡pero esto es urgente!
¾¿Es que piensas que esto no lo es?
Nombramiento de Día Festivo del Cazón en Adobo, se leía en el papel que tenía en las manos el presidente de la Comunidad…
CIEN PALABRAS EXACTAS, de Felipe Tenenbaum.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, siento cosquillas en el estómago. Todos los alumnos de mi taller han conseguido completar el reto en el tiempo acordado. ¿Todos? ¡No! Dos zopencos irreductibles resisten todavía el poder avasallante de las musas.
–¿Qué tal tu microrrelato?
–Mal, maestro. Aunque mejor que a él. Solo me falta escoger título y escribir una centena de palabras…
–¿¡No has hecho nada aún!? Entonces… –señalo al otro– ¿Cómo puede irle peor? A lo sumo estaréis igual de perdidos.
–Para nada. Lo suyo es mucho más fatigoso de solucionar. Ya ha terminado de pulir su microrrelato y aún le sobran cuatro palabras. Un mundo…
DECISIÓN MEDITADA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina me entra la ansiedad al acordarme de que no sé leer. Después me tranquilizo pensando que legaré un buen futuro a mi familia.
Mi fiel ayudante, y amante, me ayuda en todas las tareas. Lamentablemente, ahora está de baja por apendicitis.
La sustituta, Polanka, me pregunta si ya he tomado una decisión.
Cojo un papel al azar del montón y se lo entrego.
¾ ¿Señor, usted quiere invadir Polonia?
¾ ¿Acaso no es eso lo que pone en ese papel?
¾ Sí, Señor, aunque no entiendo por qué me lo ha entregado del revés.
¾ Porque atacaremos por la retaguardia.
EL MANUSCRITO, Raquel Zaragoza Durá.
Cuando veo la montaña de papeles que desbordan la vitrina, mi primera reacción es ignorarla e ir directamente a por el dinero. Sin embargo, me puede la curiosidad, y…, no puedo evitar la tentación de hojear el manuscrito que hay en ella.
Apenas leo la primera frase ya estoy enganchado. La letra temblorosa del autor le otorga más veracidad a la historia. Pronto las palabras se convierten en imágenes: escenas que me hacen sentir como el protagonista de un thriller siniestro.
El tiempo juega en mi contra; tengo que salir corriendo, y lo hago con el saco vacío y un libro en las manos.
¡Esta maldita adicción!
EL PAPER, de Basilio Mayor García.
Quan veig la muntanya de papers que desborden la vitrina, em pose a plorar, mai he pogut entendre perquè només hi ha papers en la vitrina, no n'hi ha en cap altre lloc i desconec el motiu.
Antigament, les vitrines s'utilitzaven com a llocs d'una gran destinació, ací es trobaven totes les figuretes que anàvem acumulant d'aquells viatges tan idíl·lics que realitzàvem sense un pensament concret.
En temps immemorials vam començar a posar toa classe de papers en ella, els prospectes dels medicaments, els tiquets dels supermercats, les factures de tota mena, llavors algú em va dir, tot això són ara relíquies les quals hem de conservar com a or en drap