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06 NOV

5º CONCURSO DE MICRORRELATOS (25-26) DE ALI I TRUC. QUINCENA V

Aquí tenéis los 28 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'El efecto deseado', de Guillermo Alonso

Con la frase «He trabajado desde niño en un hotel», inicio de la novela El efecto deseado, del escritor y periodista Guillermo Alonso, deben comenzar los relatos de esta 5ª quincena de la 5ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido 28 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 9 de noviembre a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente. De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 10 de noviembre en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.

ACTUALIZACIÓN: Una vez que Guillermo Alonso nos ha dado el veredicto, desvelamos resultado y autoría de los relatos.

 

Finalistas

VIDA LABORAL, de Esperanza Tirado.

He trabajado desde niño en un hotel de cinco estrellas.

Al cumplir los dieciocho descubrí dos cosas: que no era un hotel, sino un decorado. Y que yo era un extra eterno, condenado a actuar en la misma escena sin decir ni una palabra.

Cada trimestre calculo cuánto me queda para poder jubilarme.

 

CORAZÓN DE CRISTAL, de Paquita Márquez.

He trabajado desde niño en un hotel y tuve la mala fortuna de enamorarme perdidamente de la hija del propietario. Ya era una auténtica muñeca de porcelana siendo niña, y cuando creció siguió siendo una preciosidad que me ponía ojitos cuando nos cruzábamos, me sonreía coqueta y me mandaba besos con soplos en su mano... Yo me derretía de amor por ella. Pero parece ser que mi muñeca no era de porcelana, sino de dura piedra. Y no dudó en romper mi corazón, que resultó ser de cristal.

 —No anden descalzos—advierto a los huéspedes,—puede que aún queden pedacitos de cristal por las alfombras.

 

Y el relato ganador es:

LOS PELIGROS DE UNA RUTINA MUY CONSOLIDADA, de Felipe Tenenbaum.

He trabajado desde niño en un hotel por las mañanas y en un aserradero por las tardes. Al trabajo metódico de hacer las camas, colocar jaboncitos nuevos en el baño y bombones sobre la almohada, se sumaba el trabajo aún más metódico de destajar grandes troncos en infinitas varillas idénticas. El inigualable placer matutino de ordenar al caos ajeno y el éxtasis de encuadrar la anárquica naturaleza en listones predecibles. Podría decirse que fui feliz… hasta aquel fatídico día en que me cambiaron los turnos. Los troncos quedaron como amortajados con sus sábanas y bombones. Del inquilino que dormía en la habitación 404 preferiría no hablar…

 

El resto de relatos, ordenados alfabéticamente a partir del primero recibido son:

AROMA A JAZMÍN, de Oscar Broullón.

He trabajado desde niño en un hotel. Cada mañana dejo flores en las habitaciones, aunque nadie lo pide. Me gusta pensar que las flores dan consuelo, incluso cuando no reparen en ellas.

Pero en la 212 siempre coloco un jazmín blanco. Allí murió mi madre de agotamiento. Nadie recuerda su nombre; tan solo era la limpiadora.

A veces, cuando abro la puerta, el aire huele igual que aquel día: mezcla de jabón, sudor y soledad.

Hoy una huésped preguntó:

—¿Quién pone las flores?

—El hotel lo hace —mentí.

El hotel no sabe que sigo aquí.

Y tampoco que ya no tengo adónde ir.

 

BENEFICIOS LABORALES, de Felipe Tenenbaum.

He trabajado desde niño en un hotel construyendo y demoliendo habitaciones. El Dr. AE, mi jefe, es así de caprichoso. Posee un hotel de noventa mil habitaciones y ni así se conforma. Peor aún, tiene sus manías. Como diseñar los pisos casi planos o propiciar el murmullo constante y altisonante de todos los huéspedes. Lo peor de todo es que permite a unos gigantes horrendos abrir el edificio desde el cielo y dejarlo todo revuelto mientras buscan un huésped en particular. Dicen que trabajar en un Tratado Filosófico sería más descansado pero yo me quedo aquí. El seguro dental de este albergue de palabras es muy bueno.

 

BODAS DE ORO, de Raquel Zaragoza Durá.

He trabajado desde niño en un hotel. Sin embargo, la única vez que me he hospedado en uno fue el para celebrar el aniversario.

Después de brindar, Antonia y yo decidimos meternos en el jacuzzi de burbujas que había en la suite… Todo iba genial, hasta que llegó la hora de salir.

–¡Mateo, ayúdame que me caigo! –dijo, sin poder levantarse de la risa.

La cogí de las manos.

–Una… dos… y…

– ¡Ay, mi cadera! –gritó sin soltarme, haciéndome caer con ella.

–¡Augh, mi rodilla!

Cuando, alertados por nuestros gritos y por la espuma que salía por la puerta, llegaron a socorrernos, al vernos… pidieron una grúa.

 

BORRANDO RASTROS, de Paquita Márquez.

He trabajado desde niño en un hotel como borrador de malos rastros. Ocurren muchas cosas tras las paredes de las habitaciones que dejan rastros no deseados: discusiones acaloradas, promesas que se rompen, extorsiones vergonzosas, infidelidades inconfesables… Yo tengo que limpiar esos rastros invisibles. Para ello uso productos muy especiales y palabras que desactivan emociones, pero a veces los recuerdos se resisten y se esconden donde menos lo esperas:  en los espejos, en los grifos del baño, hasta se quedan congelados en el pequeño frigorífico… Es entonces cuando el nuevo huésped corre el peligro de sufrir terribles pesadillas por culpa de alguien que nunca conoció…

 

CONSERJE NOCTURNO, de Carlos José Esguevillas González.

He trabajado desde niño en un hotel de prestigio.

Hay huéspedes fijos, otros que desaparecen pronto y algunos con costumbres extrañas.

Como la dama de negro, que viene solo las noches de luna llena.

Ella nunca habla. Llega, le entrego la llave, sube a la habitación y, pasadas unas horas —siempre antes del alba—, la devuelve y se marcha.

Hay algo en ella… siniestro.

Tampoco me gusta el huésped de la cuatrocientos seis, llamando a todas horas para que le suba bebida o cigarrillos y jamás deja propina.

Hoy hay luna llena. Creo que, cuando llegue la dama, le daré su llave. La de la cuatrocientos seis.

 

DIGNIDAD, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

He trabajado desde niño en un hotel, y a mis ochenta años acabo de fundar uno: «Dignidad». En la era en la que estamos, con superpoblación de la tercera edad, lo que se quiere es morir decentemente cuando uno lo requiera. No en una residencia de ancianos en condiciones lamentables, ni encamado hasta el fin de los días, siendo una carga. Cuando entramos en un estado degenerativo avanzado deberíamos tener derecho a elegir. Soy el primer huésped. Mientras duermo esta noche me gasearán con «antaginia», proporcionándome el paso, entre bonitos sueños, al más allá. 

Espero sea un éxito, y mis nietos puedan continuar con el negocio…

 

ETERNAMENTE, de Mariam Vicente.

He trabajado desde niño en un hotel. Mi infancia y adolescencia murieron enterradas entre maletas y recados.

Yo no lo elegí, pero aprendí a amar aquellas paredes que armaron mi futuro. ¿Y qué me devolvió esa vieja casona? Nada. Quizá fue culpa mía por confiar en quien no debía mientras vivía bajo su techo.

Hoy recorro las habitaciones, toco con suavidad los muebles, entorno una puerta abierta. Suspiro. Huele a hogar. Yo así lo siento, porque sé que no me iré.

Lo sé desde aquella tarde de hace cien años en que alguien me empujó desde el quinto piso y quedé morando aquí para toda la eternidad.

 

FERMÍN, de Ana Montesinos.

He trabajado desde niño en un hotel, ante las edénicas playas de Kho Lak. Lastraba  maletas desmedidas mientras mi mamá gestionaba los alojamientos.

La semana que él llegaba, cada 3 meses, plus minusve, ella remozaba y su rostro centelleaba con dicha y felicidad plena. Era increíble la magnífica transformación que emanaba de mi madre. Acabé estimando al caballero enigmático del que solo sabía su alias, yo no hacía preguntas.

Ese diciembre, ella desapareció junto al hotel, él vino a buscarme para llevarme a las cordilleras asturianas de donde venía. No hice preguntas. Tras el tsunami fue lo único que me quedó.

 

HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ, de Felipe Tenenbaum.

He trabajado desde niño en un hotel que no para de crecer hacia arriba. Tanto que parece pecaminoso. Casi como si quisiéramos rascarle la espalda a Dios. Además, a los constantes ruidos de la construcción de los pisos superiores se suma ese murmullo horrible de los trabajadores. Ese siseo feo y anárquico al que llamamos «lenguaje primigenio». No es posible dormir en este hotel que crece y crece sin límites. En este rascacielos en el que los operarios siseamos como serpientes. Ojalá Dios oiga mis plegarias y lo tire abajo pero ahora no… mejor cuando haya cobrado mi finiquito y esté bien lejos de Babel.

 

HISTORIAS AJENAS, de Oscar Broullón.

He trabajado desde niño en un hotel, con diez años llegué una noche de lluvia, con el estómago vacío y los pies descalzos.

El director me miró con ternura.

—Aquí siempre hay lugar para quien necesita empezar de nuevo —me dijo.

Desde entonces, el hotel se convirtió en mi hogar. En silencio vivía las historias de los huéspedes como si fueran propias.

Una vez, una anciana olvidó una carta bajo la almohada; hablaba de un amor que la esperó durante treinta años.

Ahora soy el director. Cuando paso frente a aquella habitación, dejo siempre la luz encendida.

Es mi forma de recordarle que aún la espero.

 

HOTEL LA ÚLTIMA NOCHE, de Alicia Ferrández Rico.

He trabajado desde niño en un hotel, es un negocio familiar que fundó mi bisabuelo, todo un pionero.

Se le ocurrió la idea de sacar de sus casas a las personas en el peor momento de sus vidas y ofrecerles un lugar, dónde poder pasar la última noche juntos, antes de afrontar una nueva etapa. Nosotros te preparamos para dejar atrás todo lo malo y te ayudamos a despedirte de tu familiares y amigos, para así poder descansar en paz.

Si quieres que tu última noche sea especial, contacta con nosotros, "Hotel La última Noche, Servicios Funerarios". Tenemos años de experiencia en acompañarte en tu último viaje.

 

HOTEL TEMÁTICO, de María Bastida Nova.

He trabajado desde niño en un hotel que alberga exposiciones y ofrece distintas actividades y entretenimiento. Empecé realizando labores sencillas, como repartir folletos o ayudar en la cocina. Con el paso del tiempo fui consciente de la vulnerabilidad de algunos turistas que viajan solos.  Para atender posibles urgencias, realicé un curso de medicina básica.   En una sala acomodamos a los huéspedes que sufren achaques o les sienta mal la cena. Allí les administro una sustancia tan efectiva que dejan de quejarse. Con los conocimientos adquiridos, preparo los cuerpos para alguna de las exposiciones que organizamos en recepción. Hoy contamos con una ambientación de personajes históricos en cera.

 

La trampa, de Basilio Mayor García.

He treballat des de xiquet en un hotel, no recorde haver fet una altra cosa. Ara mire en què m'he convertit i desconec si estic en el millor estat per a rellançar les esperances de la raça humana. Este hotel del qual no sé la seua marxa, però si sé les seues martingales, està situat en la cara nord-oest del planeta tritó. Els Rics venen ací buscant la panacea, però només jo sé que molt pocs ixen d'ací sent els mateixos. No són conscients de la infinitat d'operacions que realitzem amb ells en este estupend negoci de trafique d'òrgans. Que llàstima donen, semblen botifarres mal omplides, quan marxen. Ha, ha, ha..

 

LO QUE FUIMOS,de Esperanza Tirado Jiménez.

He trabajado desde niño en un hotel de mala muerte que pertenece a mi familia desde generaciones. 

Nunca me cuestioné cómo, ni por qué lo adquirieron. Nadie hacía preguntas: Ni dueños ni clientes. 

Nosotros nos deslomábamos trabajando, arreglando cañerías goteantes, limpiando habitaciones que olían a desinfectante barato y resignación, acumulando facturas de todo tipo. Y los huéspedes entraban y salían, intentando recomponer sus vidas, buscando una cama provisional que mitigara sus incertidumbres.

Mi padre decía que, mientras hubiera huéspedes perdidos, habría trabajo para la familia.

Un día dejaron de venir, y no supimos qué hacer. Nos sentamos en recepción, esperando. 

Ahora formamos parte del mobiliario.

 

LO QUE QUEDA, de Oscar Broullón.

He trabajado desde niño en un hotel, allí crecí, amé… Y también morí.

Desde entonces, sigo aquí, invisible entre el polvo y los ecos del piano del vestíbulo.

Cada noche acudo a la habitación 314, como cuando Lucía venía cada verano.

Pero al morir su padre, dejó de venir. Aún puedo oler su aroma en el viento.

Anoche, por fin, la vi atravesar la pared. Tenía la misma mirada, solo un poco más apagada.

—Sabía que seguirías aquí —susurró.

—Te estuve aguardando siempre —respondí.

Entonces sonrió, y el frío se volvió cálido.

Por primera vez, comprendí que el amor también puede ser una forma de quedarse.

 

LUJURIA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

He trabajado desde niño en un hotel, y me gustaría inaugurar el mío en este año 3024. En la época que estamos no hay contacto carnal. Virus, bacterias, enfermedades de transmisión sexual…han extinguido cualquier roce entre cuerpos. Los niños se tienen <<in vitro>>. Pero el sexo siempre está ahí, en nuestro pensamiento, acechando, llamándonos de cualquier manera. La inteligencia artificial, con sus conversaciones y juguetes electrónicos, no es suficiente para saciar la sed. Mi hotel <<Lujuria>> propondrá encuentros reales. Las personas se desnudarán,  se mirarán, sin tocarse, pero será algo nuevo, diferente.

Acaban de aprobarme la licencia con condiciones: Uso de guantes y limpieza de efluvios.

 

MAR AMOR, de Margarita González.

He trabajado desde niño en un hotel en Cadaqués. Primero como botones empujando los maleteros móviles hasta el ascensor, y años después en el mostrador de recepción. Desde allí divisaba fascinado el bravo mar azul de día y sus reflejos astrales de plata iluminando las noches.

Cuando la dirección de la cadena me ascendió de categoría y me trasladó a una localidad interior mejor pagada, me rebelé.

Cincuenta y tantos años tras los cristales llenos de mar a su través, han incrementado mi pasión por él.

De nuevo vuelvo a empujar maleteros y continúo desde al hall mi idilio con el mar amor.

 

MI VIDA, MI HOTEL, de Paqui Antón Tena.

He trabajado desde niño en un hotel, donde mi madre era limpiadora y mi padre jardinero.

No quise estudiar después del instituto sin que pudieran convencerme de otra cosa que no fuera formarme para llegar a ser un buen profesional hotelero.

Podía conocer a cada cliente sólo por la manera de entrar al hotel, hecho que facilitaba el trato. También agradecían mucho la discreción. Nuestras cinco estrellas lo avalaban.

Llegué a ser subdirector y mano derecha del dueño.

Nuestra máxima era que el cliente debía sentirse apreciado y único en el mundo. Vivía enamorado de mi profesión y mis padres orgullosos de mí desde su retiro.

 

NUEVOS TIEMPOS, de Carlos José Esguevillas González.

He trabajado desde niño en un hotel de prestigio, un lujoso edificio con largos pasillos enmoquetados y enormes arañas de Murano.

Un trabajo exigente: recibir a los huéspedes, hacer su estancia impecable, facilitarles cuanto pidan. Una vez, una diva, exigió llenar su bañera de champán, y a un jeque árabe le instalamos una jaima en la suite.

Pero nunca habíamos tenido clientes tan difíciles.

La primera planta está tomada por adolescentes celebrando hace semanas una rave; nadie puede dormir. Hasta la familia instalada en el gran ascensor, antes tan amable, ahora enfadada, me obliga a subir por la escalera el desayuno, a los okupas del resto de habitaciones.

 

PISO 13, de Silvia Espina.

He trabajado desde niño en un hotel donde me dijeron que el piso 13 no existía. Es más, no había tecla en los ascensores ni rellano en la escalera.

Con los años, comencé a investigar a los dueños, que por las noches realizaban secretas maniobras con llaves y cerrojos.

Intrigado, en el piso 14, descubrí la boca de un tubo de ventilación, que no tenía ningún sentido apuntando hacia abajo… y me colé.

 Un aire fétido me aturdió. Distinguí imágenes similares a una decoración de Halloween, pero la sangre de las paredes era real.

Desesperado, quise huir… pero nunca encontré la entrada del tubo… y aquí estoy.

 

PULMÓN NEGRO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

He trabajado desde niño en un hotel. Estudié medicina en la UMH. Fusioné ambas pasiones y fundé el <<Pulmón Negro>>, primer hotel de deshabituación tabáquica del mundo. Recientemente han entrado los primeros huéspedes fumadores. Se adentraron en las habitaciones, que simulan el interior de los pulmones de un fumador: Paredes húmedas, olor nauseabundo, y negras como la noche. Por fuera el hotel es gris marchito, como la piel expuesta al humo. Por la ducha sale sangre en lugar de agua, al igual que esputos en un cáncer de pulmón avanzado.

Tras salir del hotel, pálidos, aseguraron: <<El que entra no vuelve a fumar>>. 

Garantizado.

 

REBELDÍA LITERARIA, de Paquita Márquez.

He trabajado desde niño en un hotel, siempre como mozo de noche porque me permite tener horas libres para escribir historias (los hoteles son inspiradores), que es lo que me gusta. Puede ocurrir que crees un personaje que luego no te convence, entonces lo tachas, arrugas el papel, te deshaces de él… Pero ese personaje desechado, desgraciadamente, sigue teniendo vida, y cuando intentas escribir, ahí está exigiendo que lo utilices. Y una de dos, o te alías con él y se adueña de la historia, o te vas a echar una cabezadita en ese cómodo sillón, aun sabiendo que el muy testarudo te castigará atormentando tu sueño.

 

RESIDENTES INCÓMODOS, de María Bastida Nova.

He trabajado desde niño en un hotel, de hecho, nací en ese hotel. Cada vez que recibíamos clientes sentía una gran emoción. Yo me dedicaba a interactuar con ellos, aunque debo reconocer que no les agradaba mucho mi presencia. Cuando se cambiaban las sábanas, no recuerdo cada cuanto se lavaban, me escondía debajo del colchón.  Esos nunca se cambiaban. Un día, una señora muy exquisita, empezó a agitarse de manera brusca y a dar unos gritos que casi me matan del susto. No sospechaba que mi existencia estaba en peligro. Cuando se puso en marcha el control de plagas contra las pulgas, todas pasamos a mejor vida.

 

TROTAMUNDOS, de Américo Fojo.

He trabajado desde niño en un hotel, siempre el mismo, pero el mes pasado lo vendieron. Ahora está cerrado.

Era mi trabajo y también mi casa. En realidad, nunca me dejaron salir más allá de los límites de la reja que lo rodea.

Todos me preguntaban si no tenía curiosidad por conocer otras tierras y siempre les respondía que no tenía necesidad, porque el mundo venía a alojarse allí y los viajeros me contaban todo lo interesante que podría haber en sus países.

Ahora sólo espero a alguien de la nueva empresa, para ofrecerme como conserje experimentado. Así podré viajar nuevamente por el mundo.

 

UNA ESTANCIA PROLONGADA, de Jerónimo Hernández de Castro.

He trabajado desde niño en un hotel. Ayudo a mi madre y ella dice que es nuestra casa. Es un lugar concurrido. Las huéspedes van y vienen, y a veces pasa mucho tiempo hasta que dejan sus habitaciones libres.

Las instalaciones son acogedoras, aunque el patio es pequeño y el personal a veces es un poco brusco. Cuando aprendí a escribir quise presentar una reclamación, pero mamá dijo que no era una buena idea.

Hace unos días me ha dicho sonriente que pronto dejaré nuestra suite para ir a otro alojamiento de más categoría. Yo estoy triste. Ella no podrá reunirse conmigo por el momento.

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