Con la frase «En mitad del cielo, una nube deja de moverse», inicio de la novela La penísula de las casas vacías, deben comenzar los relatos de esta 10ª quincena de la 5ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 29 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 25 de enero a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 26 de enero en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocida la votación, desvelamos orden y autoría de los relatos.
En el tercer escalón del podio hemos tenido un cuádruple empate:
EL MARCO DEL TIEMPO, de Oscar Broullón.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Julián recuerda los veranos en el pueblo, cuando el tiempo era eterno y el jazmín inundaba las calles.
Aquella nube es idéntica a la que dibujó con tiza en el patio de su infancia.
Siente el impulso de correr hacia la casa materna para abrazar a su madre antes del ocaso.
Al llegar, abre la puerta con manos temblorosas.
Todo permanece intacto, pero al mirarse al espejo, descubre que sigue teniendo diez años.
No ha regresado al pueblo; nunca llegó a salir de aquella fotografía.
BRAINSTORMING, de Jerónimo Hernández de Castro.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Siempre sucede lo mismo en los instantes previos a los grandes aguaceros. Entonces, toda el agua de los alrededores es capturada y asciende hasta saturar el inmóvil cumulonimbo. Charcas, lagunas y hasta la retención crónica de líquidos de algunos son absorbidas, junto a las ocurrencias, las cavilaciones reflexivas y las locuras infantiles de los habitantes de la región.
Con el diluvio, el agua empapa todo y las ideas cambian de lugar acogidas por las neuronas de otras cabezas. Allí permanecen dando vueltas en los pensamientos de sus nuevos dueños, hasta la llegada de la próxima tormenta.
DESEO, de Paquita Márquez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Se ha quedado embobada mirando a la chiquilla que tiende en la azotea sábanas blanquísimas que ondean como banderas horizontales agitadas por el viento. La nube quisiera ser sábana y notar la dulzura de esas manos extendiéndola y colgándola… Le envolvería el cuerpo y el rostro con la excusa de una ráfaga de aire y la acariciaría. Pero no puede ser, y se le escapan unas lágrimas que hacen fruncir el ceño de la muchacha y mirar al cielo con aprensión. Extrañada, se encoge de hombros y continúa con su tarea, mientras la nube, entristecida, retoma su camino…
MIRANDO AL CIELO, de Américo Fojo.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Siempre la misma nube, con los contornos perfectos, el volumen equilibrado, como una maqueta hecha en cartón-piedra.
Es una imagen que me atrapa, sólo interrumpida por las luces de los transportadores espaciales, en su constante ir y venir entre la ciudad y el satélite rojo. La nube violeta queda inmóvil en un cielo verde que se va oscureciendo al llegar el ocaso.
La visión de este cielo verde y violeta es fascinante pero los historiadores aseguran que, siglos atrás, cuando nuestra civilización vivía en la Tierra, el cielo era azul y las nubes blancas… ¡qué cosa extraña! ¿no?
En el segundo escalón del podio tenemos un doble empate:
LA VIDA EN SUEÑOS, de Paquita Márquez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse porque sueña que es sombrilla que alivia el calor de la joven sudorosa que mira al cielo soñando que es pájaro que vuela y que divisa desde lo alto al niño que sueña que es un superhéroe, mientras su madre, que lee sentada en un banco, sueña que es poeta. Y en ese momento, el deportista que hace ejercicios en unos aparatos, contempla a la mujer y sueña que es el banco donde se sienta. Y hasta el banco sueña que no es banco de parque, sino de niebla, de carpintero, de peces, de pruebas…
MEMORIA VACIADA, de Edith M. Cremades.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Era la señal. Ricardo dejó la azada para fijar mejor la mirada e interrumpir su cuerpo de cualquier movimiento que le hiciera dudar.
Efectivamente, la nube dejó de moverse y el aire dejó de soplar. Sonrió y se tendió en la tierra que fue su hogar. El hambre, la guerra, el amor, la soledad. Todo se fue deslizando con el ralentizar del tic tac de su corazón.
En mitad de la tierra, Ricardo dejó de moverse.
Ricardo Castellanos
1935-2025
Último habitante de Pozoverde
En mitad del cielo, una nube comenzó a moverse.
Y relato ganador de la quincena
EL DEBATE, de Jerónimo Hernández de Castro.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Las explicaciones del fenómeno son contradictorias. Amparados en sus respectivos modelos, los meteorólogos exponen sus teorías con vehemencia. Unos lo achacan a la evolución habitual del anticiclón de las Azores, otros a la oclusión de una nueva borrasca por variaciones de la presión atmosférica sobre el Mediterráneo, y los más innovadores a una simple ciclogénesis adiabática.
Entonces, unas risas infantiles inaudibles surgen del cielo. Los angelitos traviesos agitan de nuevo sus alas y la nube sigue su camino.
El resto de relatos, ordenados por orden alfabético a partir del primero recibido:
¿A QUÉ HEMOS VENIDO AQUÍ?, de Esperanza Tirado Jiménez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse y enseguida todos los radares del mundo parpadean, alertando de un fenómeno imposible. Los científicos registran datos y revisan sus cálculos, pero nada encaja.
La nube se oscurece, se estira y toma la forma de un ojo gigantesco que observa cada ciudad de la Tierra.
Un grupo de naves aparece alrededor de la nube, ahora Gran Ojo, silenciosas y brillantes, alineadas en formación.
Desde cada punto del Planeta se escucha un mensaje, pero nadie se pone de acuerdo en su significado.
Las naves titubean, giran y finalmente se alejan, desvaneciéndose en la distancia, dejando un Cielo azul y despejado.
ABURRIMIENTO, de Paquita Márquez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. El viento empieza a soplar tratando de empujarla, pero la nube ni se inmuta. Ha decidido que ya ha trabajado bastante: formó una ovejita, se tiñó de malva, amenazó lluvia… Ahora, se ha enroscado sobre sí misma como un caracol y ha decidido descansar y declararse en huelga. Unos turistas se dan cuenta de la inacción de la nube y se la quedan mirando esperando acontecimientos. La nube, aburrida, se estira un poco como si se acomodara en un sofá invisible, y suelta un trueno pequeñito que más que a trueno, suena a bostezo…
AMOR… O LOCURA, Raquel Zaragoza Durá.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse sobre un lugar de la Mancha…
Cuenta la historia que, hace mucho tiempo, por estos campos de Castilla vivía Aldonza, moza labriega, ruda y de apariencia poco aseada.
Un hidalgo caballero se enamoró de ella y, en una vida imaginaria, tras elegirla como su dama, decidió llamarla Dulcinea. Desde entonces, la aldeana empezó a verse bella; pues no hay mujer más hermosa que aquella que se siente amada, ni locura más cuerda que la nacida del amor.
Dicen los del lugar que, El Caballero y Dulcinea construyeron un castillo, en el aire, sobre esta inmóvil nube de algodón.
ÁNGELES, de Mariam Vicente.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse; al mismo tiempo se detiene el tren. El paisaje es un manto blanco carente de vida.
Del convoy baja una pareja que se hunde bajo un dolor infinito sin nombre. El hombre carga penosamente con un fardo que acaba en una oquedad del terreno.
La mujer llora mientras él lo cubre con una pala. Sobre la improvisada tumba deposita un peluche descolorido.
La nube retoma su marcha, y ella imagina que su pequeño viaja feliz sobre ella. Sonríe. Solo una vez.
El tren pita y ellos regresan a su futuro de hambre y dolor con la vida congelada para siempre.
ANUNCIADO, de Margarita González.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse sobre Caracas. Un mirlo blanco vuela ligero y rápido por debajo de ella. Es joven, planea con inocencia, se ha perdido y está cansado.
Se posa en la barandilla de una terraza en la ciudad, a recuperar fuerzas.
Empieza a cantar y sus trinos anuncian sorpresas.
Inesperadamente, se escuchan ruidos de motor. Son aparatos voladores que dejan caer bombas a través de la nube inmóvil.
El edificio palaciego se desploma.
Sin tiempo para alzar el vuelo, las plumas blancas se dispersan sobre los escombros que entierran a los guardianes del palacio.
EL PESO DEL OLVIDO, de Oscar Broullón.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse, Lucía aprieta el pañuelo raído de su abuelo mientras el viento cesa de golpe.
Durante años, él prometió enviarle una señal desde el más allá cuando por fin, el tiempo se detuviera y su alma reposara tranquila.
La quietud es absoluta; el mundo parece contener el aliento.
Lucía sonríe con lágrimas en los ojos, convencida de que su abuelo finalmente descansa en paz.
Sin embargo, al bajar la mirada hacia sus pies, nota con horror que su propia sombra ha desaparecido.
El tiempo no se ha detenido para él, sino para ella.
ERROR DE IA, de Oscar Broullón.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Los sensores de la colonia Galimatías II emiten una alarma estridente. El equipo técnico corre hacia las pantallas, buscando fallos en el sistema de soporte vital.
La atmósfera artificial parece estable, pero el cúmulo blanco sigue allí, desafiando las leyes de la física planetaria.
El comandante ordena un escaneo profundo del horizonte. Al recibir los datos, su rostro palidece por el pavor.
La nube no es vapor de agua ni un error de la IA.
Es el cursor de un ratón gigante haciendo clic en "Eliminar".
ERUDITO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Surge un agujero negro dentro de ella. En unos minutos absorbe miles de almas de España. No se sabe exactamente qué ha ocurrido, pero tras unos días el Rey se dirige a la población:
-Queridos españoles, las almas de todos los políticos de este país se han ido. El agujero negro incorrupto ha venido para hacer limpieza del egoísmo y la ambición. A partir de ahora solamente los eruditos gobernarán España.
A todas las personas llamadas Erudito las pusieron en los principales cargos gubernamentales del país. Erudito I juró la Constitución. Comienza una nueva era para este país.
LA ABUELA SIEMPRE MADRUGA, de Felipe Tenenbaum.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. O al menos eso me parece. Quizás sea el mundo entero el que se ha detenido. Bastaría con volver a asomarme para comprobarlo pero no tengo tiempo. Debo arreglar el reloj de la abuela antes de que descubra que lo dejé caer por accidente. Es raro. Ya debería estar despierta.
LA RÁFAGA DE VIENTO, de Victoria Sera
En mitad del cielo, una nube deja de moverse, y yo también estoy quieto. No puedo moverme solo. Rayos de sol se deslizan entre la nube y se posan en mis pies. No siento la calidez. Ha desaparecido todo lo que me rodeaba. Ya no están ni las casas. No tengo la virtud de pensar. De pronto, la nube es arrastrada y yo con ella.
De la mesa del comedor han empezado a volar las fichas del puzle por una ráfaga de viento que se ha colado por la ventana. La nube y yo hemos permanecido en una esquina de la mesa. ¿Nos volverán a convertir en cuadro?
LIBERACIÓN, de María Bastida Nova.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse y empieza a crecer oscureciendo el horizonte. Su sombra es el presagio de una amenaza que se cierne sobre la población. La nube emite destellos que manipulan la realidad. Los que no han caído en la trampa alertan al resto contra una visión alterada que pretende someterlos mediante el miedo. Si fijan bien la mirada, se puede observar un espejo que proyecta la imagen y maneja las emociones a su voluntad. Cada vez son más los que abren los ojos. Uniendo fuerzas, consiguen romper el espejo y liberarse de la influencia de quienes los controlan a través del cristal.
MI ÚNICA FAN, de Felipe Tenenbaum.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse, empacada como mula. El Cierzo, tozudo y poco contemplativo, intenta empujarla con sus aires revoltosos. Traviesos. Nada. La nube se queda allí. Justo sobre mi casa. Haciéndome sombra. Espiando lo que escribo en el ordenador.
Su presencia me da fuerzas. Escribo más. Mejor. Se disipan todos mis bloqueos. Más aún cuando la oigo reír si entra en escena un personaje cómico. Suspirar si empieza una escena de suspenso. Al final, me decanto por el desenlace trágico. Conmovedor. Afuera solo se oye un ligero plimplimplimp.
Me asomo a la ventana. El cielo, vacío. Y el jardín, regado como llanto de verano.
NEFELIBATA, de Jerónimo Hernández de Castro.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse, Los habitantes del planeta no se percatan del fenómeno, pero ella, que ha vivido toda su vida en ese espacio algodonoso entre borrascas y auroras boreales, se sobresalta. Hasta entonces, el mundo ha sido algo lejano que podía observar con la distancia de un científico, ajena por completo a lo que sucedía unos cientos de metros más abajo. Quizá era ya momento de actuar y, animada por la aparición de una larguísima escalera que conducía a la superficie inició el descenso, decidida de una vez por todas, a poner los pies en la tierra.
OCASO, Raquel Zaragoza Durá.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse cada vez que me detengo. Creo que me sigue, y sólo yo puedo verla; por eso la llamo: «Ángel de la Guarda».
En ocasiones, mi mente se nubla mientras contemplo la finitud e infinitud del horizonte. Entonces, por un instante, confundo la tenue luz de mi ocaso con la del amanecer…
–¡Abuela, baja de la nube! –me pide mi nieta, algo preocupada–: Hace frío, ya es hora de volver a casa.
–Sí, Claudia, vámonos –respondo algo distraída.
Respiro hondo, miro al cielo y sonrío tranquila al comprobar que mi nube nos acompaña.
PETRICOR, de Edith M. Cremades.
En mitad del cielo, una nube dejó de moverse.
Dio paso a una tormenta que silenció mi llanto.
Me tiré al sofá sin cerrar la ventana “quizá la lluvia consiga ahogarme“.
“21 días para ser adicto” retumbó en mi cabeza mamá. Iba por el 20: “cuenta vacía, casa vacía... ¿botella vacía?” Grité con los truenos hasta quedar exhausta.
Noté algo debajo de mi espalda “¿un mando de TV?” No recordaba haberlo usado nunca. Tampoco recordaba la última vez que extendí así las piernas.
Empezó a invadirme el olor a aire lavado de la lluvia ya posada. Inspiré intentando absorberlo todo. “Necesito un café”.
QUO VADIS?, de Felipe Tenenbaum.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Lleva décadas protegiendo a una noble criatura que, contra todo pronóstico, por fin ha llegado a destino. El cumulonimbus todavía recuerda el flechazo que atravesó todos sus vapores cuando la vio por primera vez. Tan joven. Tan tenaz. Persiguiendo sus sueños con ese paso audaz. Desde entonces, sin saber bien por qué, la ha seguido por medio mundo. Soltando, ora rayos, ora truenos, sobre buena cantidad de depredadores.
Se ha prometido a sí misma no ponerse melancólica pero al ver la Torre Eiffel no logra contenerse. Cae una gota. Dos. Y finalmente, un chaparrón sobre la valiente Manuelita.
SAN ANTÓN, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. El combate estaba llegando a su clímax. A pesar de la amistad desde niños, la hambruna del barrio bullicioso los llevó a este combate a sable, que distraía a la plebe.
Después de quince minutos, con los kimonos rasgados, y heridas serias, él tiró el pañuelo morado, símbolo de rendición. Ella lo miró. Con lágrimas en los ojos alzó el sable al cielo, y de una soberbia estocada le rebanó el cuello.
-¿Cómo se llama la película?
-De película nada. Ocurrió a dos manzanas de mi casa. En las fiestas de San Antón. El premio era un cerdo.
SILENCIO, de María Bastida Nova.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse y un estremecimiento detiene en seco a la tierra. Un muro de niebla se interpone en su camino y la impide seguir girando. Debido a la inercia los continentes se desplazan, las montañas se deforman y los ríos y océanos se desbordan. La corteza terrestre se pliega como un abanico y todo se desvanece engullido por las sombras. Un trueno ahogado se pierde en la noche, como el rugido de un león. Después, un zumbido denso y pesado invade el espacio. Es el sonido del silencio.
Jamás el palpitar del vacío fue tan ensordecedor.
SUSURRANDO AL CIELO, de Esperanza Tirado Jiménez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Los niños miran hacia ella, intrigados.
—Está escuchando—, dicen los más viejos del lugar, sentados de tertulia en un banco de la plaza.
La nube permanece quieta horas, luego días, que se convierten en meses.
Uno de los ancianos decide hablarle, le cuenta historias de cuando la lluvia anunciaba cambios y las tormentas daban miedo, pero también vida.
Es otoño; con el viento de las castañas, la nube tiembla, se oscurece y deja caer una gota, gruesa y brillante.
Cae en la palma del anciano.
—Gracias —le susurra a la nube antes de desvanecerse entre la tierra húmeda.
UNA NUBE EN MI DESIERTO, de Silvia Espina.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse mientras el resto continúa su peregrinar al ritmo de la brisa.
Intento escribir, pero mi mente, antes poblada de ideas y proyectos, está vacía como un desierto inhóspito.
Entonces exploro mis sensaciones, mi imaginación, mis pensamientos y aquello que formaba parte de mi bagaje para navegar por la poesía y la escritura… pero no, no encuentro nada.
Sólo me cabe pensar que todo fue abducido por esa nube inmóvil, que esperará el momento oportuno para devolvérmelos, en forma de fina y cálida lluvia.
VENGANZA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Esto es normal en el planeta Label. Recuerdo los últimos instantes en la Tierra:
Yo era un oficial de reclutamiento de humanos aptos para colonizar el planeta Label. La última noche antes del proceso, le llevé a mi padre un habano cubano, y una botella de whisky Talisker. Había que celebrarlo, puesto que nos íbamos del planeta abocado a su extinción. Al día siguiente lo pararon en la aduana.
Ni tabaco ni alcohol en sangre. Visado denegado. Se quedaría en la Tierra. Su mirada se encontró con la mía. Sonreí. Fue mi venganza por las palizas que recibí de pequeño.
A OSCURAS, Raquel Zaragoza Durá.
En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Parece como si llorara la ausencia de sus compañeras. Se quedó triste y sola cuando las demás se fueron con el viento.
De pronto, todo empieza a oscurecer. Lo veo todo negro. La nube desciende cubriendo mi entorno: me borra, me vuelve invisible.
Durante una noche, eterna, me asomo a la ventana y aún sigue allí. La observo, detenidamente, y descubro un pequeño haz de luz en su interior. Poco después, amanece y la nube gris vuelve a ser blanca como la nieve. Entonces, comprendo que no era mi entorno lo que estaba a oscuras, sino yo