Con la frase «Miré a mi alrededor, inicio de la novela Cuando el viento hable, deben comenzar los relatos de esta 12ª quincena de la 5ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 26 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 22 de febrero a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 23 de febrero en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó; y de la que Ángela Banzas decidirá el relato ganador.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el veredicto de Ángela Banzas, desvelamos podio y autoría de los relatos
Los finalistas han sido:
Tercer escalón del podio:
COLOR DE AMISTAD, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez
Miré a mi alrededor. Todos los Nuguenos de la sala me estaban observando.
-¿Por qué cometió usted este crimen?
-No quería matarlo. Sólo quería saber cómo era su sangre … -respondí.
-¿Pero usted no sabía que, si un Nugueno se corta, perderá la vida rápido si no se sutura la herida?
-Evidentemente no lo sabía…
-¿Pudo observar el color de la sangre del sujeto?
-La sangre de mi amigo era amarilla, igual que la mía.
-¿Está seguro? ¡Usted es un Xorga!
Alguien se me acercó, cortándome con un bisturí.
Mi sangre era verde. Me desmayé…
Segundo escalón del podio, triple empate con:
CARNAVAL, de Raquel Zaragoza Durá
Miré a mi alrededor. Aun sin ver a nadie, sabía que me perseguían. La magia de aquella noche carnavalesca pronto se desvaneció.
Venían a por mí.
Eché a correr, pero era inútil; estaba atrapada, no lograba encontrar la salida de aquel siniestro laberinto. Ellos seguían allí. Podía escuchar sus pasos, cada vez más cercanos.
No tenía escapatoria. Decidí girarme cuando sentí que ya estaban a punto de alcanzarme; me temblaban desde las uñas hasta los dientes. Grité, encolerizada. Y entonces… huyeron despavoridos, ocultando el pánico tras sus ridículas máscaras.
Aun no entiendo por qué se asustaron, la única que no iba disfrazada era yo.
OTROS MUNDOS, de Paquita Márquez
Miré a mi alrededor y decidí salir de aquel alrededor tan conocido y ver mundo. Me eché un puñado de almendras en el bolsillo y empecé a caminar. El mundo, ese que no conocía, se me puso en los ojos, en la nariz, en las manos, en la boca… Me guardé trozos de conversaciones, olores de panes recién hechos, el ladrido agradecido de un perro que acaricié, la flor amarilla que languidecía en un parterre reseco, el grito del guardia cuando crucé en rojo… Pero al volver una esquina, allí estaban: mi cuidador y otro policía. Me regañaron y me devolvieron a la Residencia…
¡QUÉ MAJA!, de Paquita Márquez.
Miré a mi alrededor y, consciente de mi propia hermosura, arreglé de forma desenfadada el lecho, me desnudé, me coloqué los rizos y me tumbé indolente colocando de la forma más adecuada las manos tras la cabeza. Mis pechos turgentes destacaban en perfecta simetría. Descansé las piernas en una postura cómoda y púdica, y miré coqueta a don Francisco animándole con un conato de sonrisa a inmortalizar mi cuerpo en el lienzo. Y aquí estoy desde hace más de un siglo, derramando belleza e incluso deseo entre los visitantes del Prado…
Y en el primer escalón, otro triple empate:
AUGUSTO Y YO, de Jerónimo Hernández de Castro
Miré a mi alrededor y estaba allí, observándome fijamente. Acababa de despertarse y parecía sorprendido por mi presencia, como si yo tuviera que estar extinguido hace tiempo, igual que todos los de mi especie.
Permanecí inmóvil. Debo ser cuidadoso por mi tamaño y no me acerqué más a aquel humano tan diminuto con aspecto de escritor. Sin duda ignoraba que mi dieta es vegetariana y en su cara ya se adivinaba el pánico.
Me hubiera gustado tranquilizarle, pero los dinosaurios no podemos hablar.
FORASTERO DEL AYER, de María Ángeles Vaíllo.
Miré a mi alrededor y creí haber entrado en un imperio de hechicería, las gentes caminaban, con la mirada clavada en diminutos espejos fluorescentes que sostenían en sus manos.
De aquellos artilugios brotaban, voces, cuadros y música sin juglares. Vi carros sin caballos y farolas que no ardían, aquí todo era instante.
Cuando uno de ellos alzó su espejo hacia mí, pensé que robaría mi alma…
No me gusta este imperio, es todo tan vertiginoso, que aun no comprendo como he llegado hasta aquí.
Temo olvidar quien fui
Pero el relato elegido por Ángela Banzas ha sido:
EL UMBRAL INFINITO, de Marieta Nicolás García
Miré a mi alrededor escuchando durante unos segundos el silencio absoluto que reinaba en mi jardín y sin advertir presencia alguna, de repente un susurro fue invadiendo mis oídos. Cerré los ojos tratando de localizar el origen y sin obtener respuesta alguna, decidí ignorar el sonido y entrar en casa.
Al cruzar el umbral me encontré de nuevo en el jardín. Lo intenté varias veces, cada vez con mayor desesperación.
De repente, el cielo se volvió de un ceniza uniforme y el susurro se convirtió en un jadeo cansado de alguien que como yo, llevaba mucho tiempo intentando escapar de un jardín sin puertas.
El resto de relatos ordenados alfabéticamente a partir del primero recibido:
UN ÚLTIMO RESPLANDOR, de Esperanza Tirado Jiménez
Miré a mi alrededor. Sabía que no debía alejarme de mi grupo de senderismo, pero la curiosidad siempre fue mi mayor defecto. Me había desviado de la ruta marcada y ya anochecía. El bosque parecía un laberinto de sombras. El viento susurraba entre las ramas, y cada crujido bajo mis pies agarrotaba mi cuerpo con un nuevo temblor.
Un destello plateado apareció entre los árboles. No había luna, ni tampoco disponía de linterna. A lo lejos algo me observaba.
Respiré hondo, aferrándome como nunca a mi estúpido defecto y avancé hacia la luz. Al rozarme, el bosque me cerró los ojos.
VIDAS BORROSAS, de Paquita Márquez
Miré a mi alrededor y vi que mi casa estaba vacía. Llena de muebles y de trastos, sí, pero vacía. No había voces, ni risas, ni quejas, ni tele a todo volumen… Todos habían terminado marchándose y solo quedaba yo, rodeada de aromas añejos y con una vida que se iba desdibujando poco a poco… Estaba tan deprimida que llamé al teléfono de la Esperanza, y sólo acerté a decir entre sollozos que quería una vida nueva llena de emociones fuertes, de aventuras, de romances, de momentos sublimes… Que la mía era una birria y necesitaba cambiarla.
Me mandaron al loquero.
CADENA DE MANDO, de Silvia Espina.
Miré a mi alrededor y la vi. Siempre triste, a punto de entrar al restaurante donde trabajaba.
En la cocina ella debía hacer ensaladas, hamburguesas y especialmente controlar el aceite de freír patatas; si una lagrimita caía en el aceite, explotaba como una estrella luminosa.
Cuando el jefe llegaba, activaba la cadena de mando ordenando las tareas a los cocineros, de cocineros a los ayudantes de cocina, de ayudantes a camareros… y luego todos le gritaban a ella.
A veces quería llorar hasta que el aceite tuviera el efecto de una noche de fuegos artificiales.
DECISIÓN, de Margarita González.
Miré a mi alrededor despacio, sin pestañear, los brazos colgando. Todo era silencio.
No supe qué hacer mientras bancos de estorninos huían dibujando nubes móviles en el cielo.
De pronto, surgió rodando por el horizonte un monstruo de hierro, pesado y sonoro, que se arrastraba hacia mí. Al tiempo, otro ruido alado sobrevoló las ruinas.
En un instante, ambos empezaron a disparar a porfía y la quietud se trocó en fuego.
Eché cuerpo a tierra entre cadáveres que no recordaba.
Me avergoncé de seguir vivo y solo.
Decidí ponerme en pie, a tiro. No sé dónde estoy. No recuerdo más.
DONDE HABITA LA MEMORIA, de Esperanza Tirado Jiménez
Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.
No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.
Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre «cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel».
DOS APLAZADOS, de Felipe Tenenbaum
Miré a mi alrededor. Solo un par de profesores y cinco compañeros. Tres niños y dos niñas. De pronto, como un breve latigazo, mi nombre, Baldomero Fernández Moreno, estalló en el aula. Uno de los otros niños, antes que yo, se puso en pie y, un poco trémulo, avanzó hacia la mesa entre las bancas. Era el examen último del curso y al que no le tenía ningún miedo: poesía. Sin embargo, el otro niño, el que usurpaba mi puesto, equivocaba todas las respuestas. Al final, nos quedamos los dos en absoluto sin palabras. Aplazados. Soñando con hacernos eternos en un par de estrofas.
EL ARTE DE LA GUERRA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez
Miré a mi alrededor observando cientos de soldados con sus miradas fijas en mí, esperando… Volví a bajar la cabeza leyendo de nuevo el capítulo nueve del Arte De La Guerra, de Sun Tzu. Después de unos minutos, levantando la cabeza, escupí al soldado que tenía enfrente. La flema viscosa estuvo suspendida levemente en el aire y me golpeó en el ojo.
-Nos hemos equivocado. Tenemos el viento en contra… -afirmé.
-No sólo eso sargento. Estamos al pie de una montaña muy escarpada. El enemigo está arriba de ella…
Me puse muy nervioso y dije:
-¡Que otro coja el libro!
EL TIEMPO EN UNA TAZA, de María Bastida Nova.
Miré a mi alrededor con los ojos entornados y vi un reloj sin horas. Mi centro de control estaba desconectado de la realidad, y sin energía para coordinar los movimientos. Salí de la cama desorientado, sin saber dónde pisaba, seguido por la sombra de un zombi; era mi propia sombra. Abrí la puerta de la cocina y en la encimera, una taza de café se llenaba con gotas de tiempo suspendido. Cada sorbo se derramaba lento por mi garganta haciéndome revivir y empezar a ver con claridad. Un «tic-tac» retumbó en mi cabeza. Volví a mirar el reloj.
¡¡Dios mío, qué tarde es!!
ESA NOCHE VOLVÍ A NACER, de América Martín.
Miré a mi alrededor para detectar de dónde venían los disparos cuando mi esposo gritó ¡Baja la cabeza! Enseguida una lluvia de cristales cubrió mi cuerpo y alguien entró en el coche tomándome como rehén y gritando ¡sácame de aquí! Entramos en pánico y mi vida la recorrí en segundos. Mientras Íbamos dónde él decía le pedí que me permitiera moverme un poco porque me estaba aprisionando mi barriga de 5 meses. Él me susurró que también tendría uno, pero siguió amenazándome en la cien. Al llegar al barrio no había nadie esperándolo y bajó del coche corriendo. Esa noche volví a nacer…
EVOLUCIÓN, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez
Miré a mi alrededor sin dar crédito a la situación. Yo, catedrático de la Universidad UMH en el siglo XXX. Mi cabeza daba vueltas tratando de comprender todos los cambios operados desde el siglo XX hasta ahora. En la actualidad la mujer es más inteligente y fuerte que el hombre. Algo impensable hace mil años. Pero necesario para la evolución. Además, es estéril…
Me llaman a consulta. Entro con mi mujer. El Ginecólogo se dirige a mí:
-Enhorabuena. Está usted embarazado.
Mi mujer me da una palmada en la espalda con una expresión de alegría enorme.
Sé que durante el parto moriré…
HOY DE MENÚ, UN BOCADILLO, de María Bastida Nova.
«Miré a mi alrededor al entrar en la suite, y era justo lo que quería. Qué maravilla poder contemplar, sobresaliendo al fondo, las cumbres de las montañas alzándose majestuosas. Los pájaros surcaban el aire, en un alarde de rabiosa libertad. Entre tanto ladrillo, a pocas manzanas del hotel, emergía un oasis verde con árboles de gruesas raíces, actuando como pulmón por donde la ciudad respiraba. Al atardecer, la brisa…»
—Un sonido histriónico interrumpe mi flujo de inspiración.
Es la válvula de la olla exprés, y mi olfato detecta un desagradable olor a chamusquina. Tengo que dejar de escribir, ¡se me han pegado las lentejas!
LA PESADILLA, de Jerónimo Hernández de Castro
Miré a mi alrededor. La ventisca cubría todo con su oscuridad blanca de frío y escarcha. Los perros no eran capaces de avanzar, aterrados por algo desconocido. Era imposible continuar. Improvisé un refugio hasta que el tiempo mejorara y me quedé dormido por puro agotamiento.
Desperté sudoroso entre las pieles del trineo. Ni rastro de los perros ni de mi ropa, innecesaria en el tórrido espacio donde me encontraba, rodeado de unas criaturas verdes cada vez más próximas.
Quise impedirlo por todos los medios, pero mi despertador las hizo desaparecer y su zumbido persistente me arrastró a la cita inexcusable de todos los lunes.
LA VENTANA, de Oscar Broullón.
—Cuando el viento hable, sabrás que he regresado —me prometiste desde la puerta del dormitorio, antes de marcharte.
Pasaron trece inviernos escuchando cada susurro entre las hojas, cada gemido en las rendijas. Aprendí su vocabulario de ausencias: el viento norte traía tu risa, el sur tu silencio.
Anoche, una brisa inusual rozó mi cuello con dedos reconocibles.
Me volví, sonriendo.
Pero solo era la ventana abierta, la que así dejaste aquella mañana y yo no me animé a cerrar esperándote.
La que ahora, después de tanto tiempo, finalmente cerraré para siempre.
LOS BOTONES DE MI VIDA, de Raquel Zaragoza Durá
Miré a mi alrededor y comprobé, con desolación, que todas las estancias estaban anegadas. Tras días de intensas precipitaciones, el agua lo había arrasado todo, incluso los álbumes de fotografías.
Limpiaba la casa cuando, entre escombros, encontré una caja metálica que alguna vez contuvo galletas. La abracé incluso antes de quitarle el barro. Allí se conservaban intactos los botones de nácar de mi vestido de novia; los metálicos del uniforme de Vicente… y hasta los dos botones enormes con los que le hice a mi hijo su primer yoyó.
Cientos de botones que, como las fotografías, me recordaban momentos importantes de mi vida.
METAMORFOSIS LITERARIA, de Raquel Zaragoza Durá.
Miré a mi alrededor: la mayoría de pasajeros interactuaba con sus móviles…
Me sentí como un bicho raro; era el único con una novela entre las manos. Pensé en cerrarla, sacar el teléfono y fingir que yo también estaba atrapado en las mismas redes.
La lectura resulta una evasión en los viajes rutinarios. Gracias a ella, mi imaginación puede volar por diferentes países y épocas. Además de mi propia vida, he vivido la de personajes tan dispares como Ulises, Hamlet, el Lazarillo de Tormes… y, en una ocasión, ¡hasta llegué a transformarme en un escarabajo!
No. No cerré el libro. Con él sentía otra vida en mis manos.
MI MARIDO Y EL HIBAB, de Felipe Tenenbaum
Miré a mi alrededor. Apenas un par de tonos sepias que se colaban por el estrecho rectángulo que me separaba del mundo. «Protegiéndome» a mí de los peligros de una tierra hostil o más plausiblemente, al mundo de mi femineidad. De mi arte. Otro rectángulo estrecho, mi marido Ahmed, se acercó con la vena hinchada. Aferrando unos papeles entre sus puños. Probablemente, mis poemas aljamiados.
—¿Esto es tuyo, Fátima?
Apreté los dientes (total, no podía verme) y cerré los ojos (Intentando inhalar calma y exhalar cordura). No pude. Pronto explotó mi verdad.
—Sí. ¿Qué tienes que decir sobre ellos?
—…que son hermosos… Deberías publicarlos.
NUESTRO SECRETO, de Victoria Sera.
Miré a mi alrededor, todo estaba como lo dejaron. Telas blancas que un día fueron almidonadas resguardando los muebles. El crujir del suelo me recordó aquellas peleas en las que mi abuela le pedía que arreglara las losetas desprendidas.
─ ¡Algún día tendremos un disgusto y en vez de arrastrar los pies saltarás como un conejo!
Mi abuelo guiñaba un ojo y nos balanceábamos sobre ellas. Él con el bastón y yo a la pata coja. Era nuestro secreto.
No volverían los veranos cómplices ni el bizcocho recién horneado por mi abuela. Pero lo que no olvidará sería el tiempo disfrutado en su compañía.
RUIDO DE FONDO, de Esperanza Tirado Jiménez
Miré a mi alrededor: solo veía cabezas y brazos en un mar humano. La gente reía, gritaba, empujaba sin mirar, medio enloquecida. El aire vibraba con la música demasiado alta. Intenté abrirme paso, pero cada movimiento me hundía más en aquel bullicio sin final.
Noté el latido insistente en mis sienes, mezclado con el retumbar de los altavoces. Busqué una salida, algún hueco que me permitiera respirar.
Por un segundo creí oír mi nombre, pero tal vez solo fuera una nota desafinada.
Supe que tenía que escapar antes de desaparecer, tragado por el oleaje de cuerpos, empeñado en arrastrarme hasta el fondo.
TRES, CUATRO, OCHO, de Américo Fojo.
Miré a mi alrededor, buscando orientarme en ese edificio silencioso, al que no llegaba el rumor de la avenida.
Al entregarme las llaves, solamente me indicaron que usara el ascensor hasta el segundo piso y allí estaba lo que había buscado por tanto tiempo.
Al entrar quedé sorprendido. Alfombras mullidas, iluminación tenue, como si un crepúsculo se hubiese adueñado del ambiente.
En el piso no había nadie, pero escuché un murmullo y seguí el sonido: en la cocina, una señora preparaba una bandeja con champagne y dos copas.
Al verme solo dijo:
—¡Pero hombre, para San Valentín, aquí hay que venir acompañado!
UN MISTERIO INEXPLICABLE, de Felipe Tenenbaum.
Miré a mi alrededor. Albinos mechones de lana caían sobre los cucuruchos. Sin duda, por esquilar todas mis ovejas dentro de la heladería. Unos sedosos vellones se esparcían sobre la stracciatela. Otros, sobre el verde apagado de las bolas de pistacho. El heladero, huelga decirlo, contenía su furia contra mí, el hijo del comisario (tan rojo y tan pálido que parecía un gelato de nata y fresa).
Intenté justificarme.
–Afuera hace frío. Y tu hermano Tomás está tardando mucho en arreglarme la caldera…
Es curioso. Según mi padre un gracioso acaba de embadurnar de nata y sirope su patrulla. Me pregunto quién habrá sido.