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19 MAR

6º CONCURSO DE MICRORRELATOS (25-26) DE ALI I TRUC. QUINCENA XIV

Aquí tenéis los 23 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'Mañana seguiré viva', segunda novela de Marta Pérez-Carbonell.

Con la frase «Aquella tarde de verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri», inicio de la novela Mañana seguiré viva, deben comenzar los relatos de esta 14ª quincena de la 6ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido 23 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 22 de marzo a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 23 de marzo en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó; y de la que Marta Pérez-Carbonell decidirá el relato ganador.

ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el veredicto de Marta Pérez-Carbonell, desvelamos podio y autoría de los relatos.

Finalistas:

MAKE AMERICA GREAT AGAIN… MORE OR LESS, de Felipe Tenenbaum.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando, afortunadamente, Superman devolvió el Astro rey a su eje gravitatorio. Luego, heroico y extenuado, regresó a Metrópolis justo a tiempo para su casamiento con Loise. Un funcionario del ayuntamiento le dio una palmada en el hombro hercúleo y le susurró al oído:

–Necesitaré su documento para iniciar la ceremonia.

–Entiendo… mi verdadero nombre es Clark Kent, ¿podrá guardar el secreto?

–Aquí pone que es usted extranjero.

–Sí, claro… soy krip…toniano.

–Pasaporte…

–No tengo. Verá usted… caí en una nave espacial.

–¿¡Inmigrante ilegal intentando casarse con una estadounidense para obtener la ciudadanía!? Mucho me temo que tendrá que acompañarnos…

 

ATRAPADO EN EL TIEMPO, de Jerónimo Hernández de Castro.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Sentía su cálido resplandor adormilado sobre la toalla, mientras se estiraba buscando la crema bronceadora. Volvió a llamar a su amada, sin obtener respuesta, pero esta vez no gritó y solo refunfuñó un poco antes de dormirse de nuevo. Seguía viviendo aquel instante, como si nada hubiera sucedido y no hubieran transcurrido cinco años desde la tragedia.

Mientras, el hombre de bata blanca al mando hizo un gesto a su ayudante. No era preciso aumentar la dosis. La respuesta al shock traumático empezaba a ser aceptable. Con suerte pronto harían un nuevo intento de contárselo todo.

 

Y relato gaandor:

EL FINAL DE LA NOVELA, de Carmen Carratalá.

Aquella tarde de verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Abrí el libro por la última página. ¿Por qué? Siempre lo he hecho así. Prefiero saber cómo acaban las historias. Esa era la última frase. Un año, un lugar y la puesta de sol. Imaginé que la historia trataría de arena fina, de piedras redondas y calientes por el sol. De un tiempo que ya no existía y de un lugar idílico preñado de posibilidades. Me convenció y recorrí las páginas con el pulgar dejando que el aroma a papel nuevo llegara a mi nariz. Página uno y la piel erizada. El lugar donde todo comienza.

 

El reato de relatos ordenados alfabéticamente a partir del primero recibido:

EL MISTERIO DE LA ISLA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Estábamos agazapados entre los juncos, esperando para asaltar la pequeña isla. Sabíamos que nos estaba vedada, pero la curiosidad grandiosa. Un misterio se cernía sobre esos terrenos. Comenzamos a escuchar música, asiática, y observamos como salían unos indígenas de agujeros en la tierra. Hicieron un corro, dando vueltas sonriendo y cantando. En el centro había alguien, cocinando algo…

Seducidos por la fiesta, nos acercamos. El corro se abrió. El cocinero nos expuso una tortilla de patatas. La probamos. Las lágrimas cayeron por las mejillas. Tenía cebolla. Nuestra primera vez. Qué placer.

Divisamos la cola del cocinero.

Era el Diablo.

 

ENTRENAMIENTO SORPRESA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Una sombra enorme se deslizó por el bosque donde nos encontrábamos. Por el tamaño, primeramente, pensamos que se trataba de un dinosaurio. Pero al no escuchar ningún ruido alrededor, dirigimos nuestras miradas al cielo. Un dragón volaba en círculos. En caída libre se dirigía hacia nosotros, cobardes impotentes corriendo ladera abajo, esperando el fuego ajeno que transportaría nuestras almas al lejano paraíso oriental.

Pero entonces ocurrió lo increíble. El dragón se posó delante nuestra, inclinando la cabeza, y nos susurró telepáticamente: «¿Queréis entrenarme?».

Y así fue como entrenamos a nuestro primer dragón. Posteriormente harían películas sobre ello…

 

ESCAMAS EN LA CAMA, Raquel Zaragoza Durá.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando el escritor Paolo Rossi regresó al hotel.

Estaba escribiendo sobre leyendas de la isla y, para documentarse, recurrió a los ancianos del lugar.

Al llegar a su habitación, encendía un pitillo tras otro mientras repasaba sus notas: historias sobre marineros que habían naufragado en la Gruta Azul, víctimas del embrujo de las sirenas.

Estaba cansado; había tomado demasiados «limoncellos». Aquella noche, ni en sueños se quitó a las sirenas de la cabeza… Cada vez más reales.

Hasta que, por fin, los bomberos las apagaron.

Cuando recuperó el conocimiento, ya no oía sirenas; pero su cama estaba cubierta de escamas.

 

EVASIÓN EN PAPEL CUCHÉ, de Carmen Carratalá.

Aquella tarde de verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Sus chispas aún vibraban en el azul del mar y las sombrillas de muchos colores ondeaban sus faldones con el viento tibio de la tarde. Casi lo sentí sobre la piel de mi rostro y con una sonrisa bobalicona pensé en que no podía haber un lugar mejor donde estar.

—¿Ha terminado con la revista?

—Sí, —le contesté al hombre que esperaba a mi lado en la consulta.

—De todos los lugares del mundo, —pensé mientras volvía a escuchar el sonido del torno eléctrico de fondo— este debe ser el más parecido al cielo que exista.

 

IDENTIDAD OCULTA, de Jerónimo Hernández de Castro.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Adormilado en la toalla, el anciano de ojos azules miró con tristeza a su joven secretaria.

—No lo pienses más, Frankie. Todos te dan por muerto desde el 14 de mayo. No podías seguir huyendo de la mafia y ya no te buscarán más. Solo con los derechos de “Strangers in the nigh” y “New York, New York” podremos vivir felices para siempre.

—Tienes razón, pero es triste no poder cantar para mi público y lo que no soporto es que si me disfrazo en un karaoke me aplaudan tanto por lo que me parezco a “The voice”

 

INTIMIDAD, de Esperanza Tirado Jiménez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. La luz dorada se deslizaba por los acantilados mientras el mar respiraba en calma.

Varios miles de olas y años después, la luz y el mar se movían igual, pero ya no estaban solos. Donde antes reinaba el silencio, ahora se alzaban miles de pantallas, pasos impacientes y murmullos en mil idiomas.

El mar parecía haber perdido algo de brillo; alguna gota se había vuelto lágrima en la orilla. Y el sol, fiel a su rutina, se escondía; con el deseo secreto de no volver a verse atrapado en ninguna pantalla.

 

ÍTACA, de Felipe Tenenbaum.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri y Ulises se sentía más cerca que nunca de su querida Penélope. Aunque Homero, por pura piedad, le había dado un desenlace feliz a su historia, lo cierto es que todavía entonces seguía vagando por zonas desconocidas del Mare Nostrum batallando contra sirenas, cíclopes e incluso sirenas de un solo ojo. Como si un ser fiel e inocente a ultranza, descosiera por la noche todo lo que avanzaba por el día. En condiciones normales, aquel irónico castigo tendría que haber acabado en pleno siglo XX. Sin embargo, la inquina divina como el amor, navegan siempre por mares eternos.

 

LA ETERNA ESPERA, de Paquita Márquez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando ocurrió la tragedia. La pandilla de jóvenes quería demostrar delante de las chicas lo valientes que eran y saltaban al mar desde el acantilado. A Nícola lo recogió una enorme ola y nunca se le volvió a ver.

Cada atardecer Paola, a pesar del tiempo transcurrido, se acerca al acantilado pensando que algún día quizá vuelva. Trastornada por la pena, no sabe que desde que ocurrió, Nícola está a su lado, abriéndose paso entre las brumas de soledad que la envuelven esperando llevársela con él allá, al infinito, el día que el huracán del tiempo apague su luz…

 

LAS VOCES, de Paquita Márquez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando las escuché por primera vez. Habían empezado a pedirme cosas insignificantes: unas galletas, azucarillos, una manzana… Luego fueron bocadillos, gallinas, un gato… Pero cada vez exigían más. Me decían que si les fallaba me arrancarían el corazón, porque estaban dentro de mi cabeza y tenían muy fácil llegar hasta él.  Aquel día les llevaba el perro de mi abuelo que estaba muy gordo y toda la fruta que había en casa. Me acompañaba mi hermano pequeño, que tenía entonces cinco años. Hoy hubiera cumplido treintaitrés. Y ahora en casa ya solo quedo yo…

 

LLEVO A CAPRI EN MI SANGRE, de Américo Fojo.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri, cuando regresaba a mi casa, tras una jornada agotadora en la gruta azul como marinero de los botes en los que se pasean turistas ansiosas y señores gordos.

Precisamente, una de esas turistas ansiosas (francesa, rubia y de ojos azules) me esperaba en la plazuela.

Simplemente, me tomó de la mano y comenzó a caminar hacia los farallones… y la seguí.

Entramos en una cueva oscura y al intentar besarla, sentí un dolor agudo, como un mordisco en mi cuello.

Desde entonces, duermo en un ataúd y trabajo de noche, paseando incautos por las cuevas de Capri.

 

PARALELISMOS, de María Bastida Nova.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando atracamos en el muelle.

La travesía desde Nápoles fue tranquila. El mar en calma permitía observar, sin sobresaltos, los imponentes acantilados que resguardaban la isla.

Como historiador, y amante de la arqueología, deseaba caminar por «La Villa Jovis», palacio que el emperador Tiberio ordenó construir para dirigir su Imperio, lejos del control del Senado y donde, según las crónicas, daba rienda suelta a sus instintos más oscuros.

Pasadizos, y cámaras ocultas, fueron testigos de escandalosas conductas depravadas.

Dos mil años más tarde, y como si tratara de emular los excesos de Tiberio, un famoso «pederasta» se compró una isla.

 

SIN DECIR PALABRA, Raquel Zaragoza Durá.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando nos conocimos en la playa.

Para romper el hielo, le ofrecí agua y la aceptó agradecida. Estaba preciosa. La brisa jugaba con su pelo, tan dorado como el sol. No pude resistirme a quitarle la arena de la cara con una caricia. Resultaba evidente: había química entre los dos. Fue un flechazo. Amor a primera vista. Desde el primer instante, me sentí atraído por ella y era obvio que yo también le gustaba; nos entendíamos con la mirada.

Sin decir palabra le declaré mi amor.

Tana no dijo ni guau. Solo movía la cola y jadeaba.

 

TERNURA ADOLESCENTE, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Estaba sentada en la playa, mirando las olas acercarse a la orilla. De pronto sentí algo posarse en mi hombro. Pensé que era la mano de mi novio. Pero entonces, con el rabillo del ojo, observé que era algo extraño, como un ojo, rosado y con venas. Del susto me levanté gritando. Miré hacia atrás, y al ver a mi novio desnudo, riéndose, imaginé lo que había ocurrido.

—Pero, ¿cómo te atreves a ponerme el pene en el hombro?

—Era una broma, Samantha. Pensé que te gustaría.

—Pues sí, me ha gustado, y por esas tonterías estoy enamorada de ti…

 

ÚLTIMAS LUCES SOBRE CAPRI, de Esperanza Tirado Jiménez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando Lola lo vio de nuevo.

Su corazón latió fuerte. Entonces, como una ola que rompe contra las rocas, recordó lo que había ocurrido la noche anterior... Recordó risas, música en la Piazzetta, botellas vacías de limoncello, y a aquel hombre halagándola hasta el extremo.

Recordó también que, cegada por el momento y la magia de la isla, se fue dejando llevar más allá de lo que pretendía.

Miró hacia otro lado, evitándole.

Mientras, Capri seguía brillando, hermosa, indiferente a sus dudas. Caminando sin rumbo, sintió que el atardecer la empujaba hacia adelante. Lejos de allí. Hacia sí misma.

 

UN LARGO VIAJE, de Jerónimo Hernández de Castro.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Los turistas indolentes regresaban a sus hoteles o esperaban la lancha para volver a sus yates. De pronto, por todas partes aparecieron unos soldados singulares. Hablaban un idioma extraño y golpeaban sus espadas contra los escudos intimidando a la concurrencia.

Un catedrático jubilado de griego logró entenderse con un tal Jenofonte que al punto le preguntó:

—¿Estamos muy lejos de las islas Jónicas?

 

AL ATARDECER, de Esperanza Tirado Jiménez.

Aquella tarde del verano de 1998 ya empezaba a caer el sol en Capri, y los cócteles seguían llegando. La fiesta no tenía visos de terminar pronto. La música subía y bajaba como las olas del mar, y las luces doradas del atardecer teñían las terrazas.

Entre risas, alguien propuso continuar la celebración en una barca amarrada en el pequeño puerto. Nadie dudó: corrimos escaleras abajo, embriagados de alcohol y con la sal del aire pegada a la piel.

Al alejarnos de la costa, la isla pareció descansar de nuestro griterío y se replegó en el horizonte como un puzzle recién completado.

 

ATRACCIÓN PARA TURISTAS, de Victoria Sera.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri.

Todo empezó después de comer. Sentados en la Piazzetta en un bar con encanto donde todo ocurría apaciblemente. A la hora del postre vimos una algarabía entrando y arrasando lo que entorpecía su camino.  Una planta se dejó caer en el centro de nuestra mesa. Ya no era curiosidad sino estupor seguido de miedo. No entendíamos nada. El primer disparo al aire nos noqueó. Nos levantaron de las sillas para salir en fila de a uno sin dejarnos preguntar. Nos llevaron a la Taverna Anema e Core para terminar la noche bailando desenfrenadamente al ritmo de la tradición napolitana.

 

BUSCANDO EMOCIONES, de Silvia Espina.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Llegué a la isla dos días antes, solitaria y aburrida, esperando que algo interesante animara mi vida. Entonces decidí bajar a tomar una copa al bar del hotel.

En cuanto me acodé en la barra, un apuesto joven se me acercó insinuante; él sabía lo que buscaba, pero yo también.

Pasamos juntos días y noches tórridas en un deleite cautivante.

El día de la despedida, al irse, me dejó sobre la cama un hermoso pañuelo de seda de colores rojo, azul y blanco… un pañuelo igual al que luego fue encontrado estrangulando el cuello de una turista alemana.

 

CADENAS DE SAL, de Margarita González.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri. Una leve luz dorada iluminaba La Cueva Azul. Las marineras, asomadas sobre la barandilla del acantilado, miraban la media luna formada por veleros alrededor de la entrada de la cueva.

Inesperadamente, el Mediterráneo se agitó. La tormenta disolvió la luz y la tarde perdió su paz.

Los barcos borneaban, las cadenas de fondeo se enredaron y los cascos, empujados por la furia del mar, comenzaron a chocar entre sí. El desastre estuvo servido.

Las marineras se apresuraron. No llegaron a tiempo.

Su barco, sin gobierno, encadenado y solo, cedió a los embates, haciendo aguas a dos bandas.

 

CREATURA INVEROSIMIL, de Felipe Tenenbaum.

Aquella tarde del verano de 1998 ya había empezado a caer el sol en Capri cuando se presentaron ante mí dos seres monstruosos. Uno de ellos (alto y deforme en sus extremidades inferiores) olía raro, como a fresas flotando en agua de cloaca. El otro tenía el cuello muy largo, escamas fuertes y puntiagudas como dagas y también hedía a un no sé qué de otro mundo. Yo acabé de firmar la quinta prórroga de los pagos vencidos del orfanato y los invité a sentarse.

Pie grande se acomodó como pudo sobre el pequeño sillón de mi sala y luego le dijo a Nessy:

–¿Lo ves? ¡Te lo dije! Sí que existen los banqueros honestos.

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