Con la frase «Pero... ¿se peude saber que hago yo aquí?», inicio de la novela Crispetes de matinada, deben comenzar los relatos de esta 16ª quincena de la 6ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 25 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 26 de abril a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 27 de abril en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el resultado, desvelamos autoría y podio.
En tercera posición, con 6 puntos:
COORDENADAS, de Oscar Broullón
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí?, pienso orbitando Ganímedes.
—Mi misión es en Marte no en este satélite —digo para mí.
Reviso los registros de navegación una y otra vez. El desvío no tiene justificación, ningún sistema lo ha autorizado.
Activo el escáner y detecto la anomalía: oxígeno, calor, estructuras perfectamente simétricas. Demasiado perfectas para ser geológicas.
Cuando la frecuencia devuelve la señal, reconozco la voz de inmediato.
Es la mía, con doce años de antigüedad, transmitida desde una Tierra que, según los archivos de a bordo, llevaba once años sin atmósfera.
En segunda posición, con 7 puntos:
ABANDONO, de Paquita Márquez.
Pero… ¿se puede saber qué hago yo aquí? — pensó el microrrelatista frente a la página en blanco del ordenador con el marcador parpadeante…
Y, de pronto, sintió la necesidad de desconectarse de Internet, de inutilizar la tablet y el móvil, de tirar los auriculares inalámbricos, desenchufó televisores, impresora… Tiró todo lo que guardaba por algún remoto motivo, se deshizo de cartas, papeles, libros… Destruyó recuerdos dolorosos, se desprendió de rencores y angustias, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre para desandar su pasado hasta llegar al feliz tiempo de la cándida niñez… Y, por fin, se abandonó al sueño.
Y ganador, con 12 puntazos, el premio se va a Salamanca
CAPERUCITA, de Jerónimo Hernández de Castro.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Hace un instante estaba en medio del bosque, camino de la casa de mi abuelita. Llevaba en la cesta el pastel, la jarrita de miel y lo demás. Entonces aparecieron. Nunca los había visto juntos. El lobo venía triste, preocupado por la derogación de la normativa que prohíbe su caza. El leñador estaba peor. La vida en el bosque está amenazada por la instalación de una factoría contaminante que pondrá en peligro su supervivencia.
Al llegar a la casa no encontré a mi abuela. Un cordón policial me impedía el acceso y yo no sabía nada de lo del desahucio.
El resto de relatos, ordenados por orden alfabético a partir del primero recibido:
LA RESSACA, de Victoria Sera.
Però… es pot saber que hi faig, jo, aquí? Estic mig despullada i no vull ni saber com tinc els cabells. No reconec esta habitació. A l’altre costat del llit sembla que hi ha algú. Ronca. Ronca com un descosit. M’ha despertat. Em ve al cap que anit ho vaig pasar de lo més be, pero no recordé amb claredat. Beuria massa? La festa era en un vaixell i ja no sé res més.
Em cega un raig de sol que entra per una claraboia. Toquen a la porta. El pis es meneja.
─Lourdes, desperta al capità que anem sense rumb cap al Mollet de Tabarca!
LOS OTROS, de Esperanza Tirado.
Pero… ¿se puede saber qué hago yo aquí? Respiro. Miro alrededor. No soy el único. Alzo la vista. Miro al Cielo. Compruebo que los otros también. Esperamos a que la nube deje de tapar el sol. Nadie habla. Nadie parpadea.
Cuando la luz regresa, todos avanzan. Yo también. Pero no recuerdo haber decidido moverme. Ni poder dejar de hacerlo.
A mi lado, uno de ellos sonríe. Los ojos fijos en el sol.
Yo sonrío también.
LUMBRERA, de Margarita González.
Pero... ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Me rodea una multitud silenciosa. Personas de todas las edades caminan entre nubes y árboles. Parece el bosque de hayas de El Beleño suspendido entre la niebla, mágico y extraño.
¿Dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí?
Miro en derredor, se va abriendo en mi memoria la carretera estrecha de alta montaña que baja hacia Vielha. Yo conducía deprisa. Oscurecía. Empezaba a nevar.
Divisé, más abajo, una lumbrera con enorme humareda.
Al salir de una curva cerrada, de repente apareció una manada de caballos salvajes que huían desesperados cuesta arriba, hacia mí.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
LUNA DE MIEL, de Raquel Zaragoza Durá.
–Pero… ¿se puede saber qué hago, yo aquí? Estoy en la habitación de un hotel. Busco a Carlos al otro lado de la cama, pero en su lugar, hay un señor mayor, con un “CPAP” cubriéndole la cara.
Estoy aturdida; apenas recuerdo que ayer fue mi boda. Me levanto con cuidado para no despertarlo. Voy al baño, me lavo la cara para despejarme y, al mirarme en el espejo, no me reconozco.
De pronto aparece el señor mayor y, abrazándome por la espalda, me susurra al oído:
–¡Feliz aniversario, princesa! Estos cincuenta años han pasado volando.
Después de besarme, brindamos con el agua de las pastillas...
MUTIS, de Carmen Carratalá.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Si lo único que he hecho es querer la palabra. San Pedro me espera en la puerta. ¡Qué maravilla de entrada! Qué de glorietas y caracolas levantan a mi paso. Mueven el romero, arriba y abajo y yo les saludo con la mano.
Aunque sigo sin entender ¿Por qué tan pronto? Si miro hacia abajo aún os veo. Mi Yerma, mi Bernarda ¡Ay! mi doña Rosita. Qué solas os quedáis.
¿Dónde quedan mis letras? ¿Se irán con la luna?
Brillo de nácar al otro lado. No hay tiempo, pero sí hay ojos, miles. Que me miran y sonríen.
NUEVO REALITY, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Estoy al borde de una piscina, junto a dos hombres desnudos. Me duele mucho la cabeza. No recuerdo nada de la pasada noche. Me levanto. También estoy desnudo. Me dirijo hacia una puerta. Siento que me pincho en los pies, pues todo está lleno de cristales. Dentro de la casa me esperan dos cerdos vietnamitas, que mirándome se dirigen hacia mí. Subo corriendo unas escaleras. Mi mujer está en una cama durmiendo con tres hombres negros. Abro la puerta del baño y salen cuatro patos despavoridos. Observo unas cámaras grabándome. Consigo leer Resacón Reality Televisión. Mierda. ¿Cómo pudimos firmar aquel contrato?
NUNCA DEJES DE SOÑAR, de Raquel Zaragoza Durá.
«Pero... ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? ¡Me voy! Parezco tonta. Con el dolor de pies que tengo, no tiene sentido seguir dando vueltas», pensó la bailarina, que anhelaba otras coreografías y otros escenarios.
En ese momento, Sarita, la niña inválida buscó consuelo en la caja de música y, con ojos vidriosos, le dio cuerda…
La pequeña bailarina, se retocó el tutú, se puso de puntillas y, al son de la música, empezó a girar y girar…; mientras lo hacía, soñaba que era la protagonista del «Lago de los Cisnes».
Y contemplándola, Sarita soñaba que ella también podía bailar.
OTRA NOCHE QUE NO ES MÍA, de Esperanza Tirado Jiménez.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Me pregunto en este garito donde nadie conoce mi nombre. La música suena machacona, como si insistiera en una vida que no termino de reconocer. No pertenezco a este intercambio de miradas que pasan sin quedarse, ni a estas noches que se estiran sin prometer nada. Pero aquí estoy, bebiendo y fingiendo que encajo.
Apuro el último sorbo, dejo el dinero justo, me pongo el abrigo y, al girarme, me cruzo con una cara que me suena. Me sonríe, como si nos hubiéramos estado esperando, pero llega tarde. Yo le devuelvo el gesto…
Y salgo.
SENTÍ UN ESCALOFRÍO ANCESTRAL, de Felipe Tenenbaum.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Cuando Donald´s King me seleccionó en su flotilla de granulientos cajeros adolescentes para enviarnos a la cordillera oeste de China, nadie nos avisó que (en un arrojado movimiento de expansionismo extremo), estaríamos sirviendo a una tribu caníbal.
Gracias a que ofrecemos hamburguesas con sabor a humano, gaseosas sanguinolentas y dedos fritos en salsa tártara, los antropólogos por fin se animan a reunirse con ellos y estudiar sus finas epopeyas. Nuestro jefe dice que no tengamos miedo, que estamos haciendo historia… Lástima que, según los rumores, ha encallado el barco que traía el último suministro de carne y condimentos.
TIGRE CUSTODIANDO LA PUERTA, de Felipe Tenenbaum.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí?
(¿Dentro de un paréntesis? Peor aún,
(encerrado en un paréntesis que se esconde dentro de otro
(hijo inconfesable de una mamushka de puntuación infinita
(prisionero, quizás, de un tigre que no veo desde aquí pero cuyas garras…))))
…son, sin lugar a dudas, esos cuatro mismos paréntesis cerrándose sobre mi cuello. Si escuchas un rugido, no te alarmes: es solo el punto final devorando el desenlace del microrrelato.
TRANS SUBSTANTIA, de Carmen Carratalá.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Huele a incienso y voy directo a esa boca, sujeta con los dedos pulgar e índice. Puntillas, veo puntillas al final de su manga.
¿El cuerpo de quién…? ¡Si soy una mezcla de harina, agua y azúcar!
Calor. Me deshago. Igual que cuando soy un dulce y escucho el gemido de placer después del primer mordisco.
Pero hay algo diferente. No sé definirlo, pero ahora que ya soy humedad, siento que también soy ruego y agradecimiento.
Nunca lo habría dicho, pero entre el placer de ser postre o la gloria de ser hostia, no sé qué escoger.
TRISTE ENREDO, de Silvia Espina.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Se preguntó Tomás cuando un hombre de traje oscuro, con un crespón negro colocado en la solapa, lo instó a bajar del coche donde se había quedado dormido.
—Por favor señor, ¿podría acercarse al nicho? Van a proceder a sellarlo y debería decir unas palabras.
—¡Qué nicho ni ocho cuartos!… ¿este no es el bla-bla car que estaba esperando en la esquina de la funeraria, para llevarme a Valencia?
TUTANKAMÓN, de Jerónimo Hernández de Castro.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Pasa el tiempo y empiezo a preocuparme.
Las lisonjas de mis cortesanos fueron las habituales cuando me presentaron el obsequio. De inmediato llamó mi atención la suavidad del tapizado interior en seda carmesí y me acomodé en aquel espacio un tanto exiguo, aunque muy confortable.
Ahora recuerdo las palabras de mi visir y su insistencia para que yo mismo comprobara que el sellado era hermético y la insonorización perfecta.
Me pregunto por qué tardan tanto en abrir de nuevo la tapa dorada del sarcófago.
VIDA DURA, de Américo Fojo.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Siempre lo mismo, siempre la misma situación: subido a una tarima a la que no quiero subir, simulando una agresividad que no tengo, abriendo exageradamente la boca y haciendo gestos salvajes.
A veces, también recibo en mi cuerpo el dolor de un latigazo.
Sé que el hombre que maneja el látigo, no tiene intención de lastimarme; es más, es la misma persona que después me cura las heridas.
¡Esta vida de león de circo ya me está cansando! Me parece que la próxima vez voy a cerrar las mandíbulas cuando él ponga su cabeza dentro.
DESPEDIDA DE SOLTERO, Raquel Zaragoza Durá.
–Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Hoy es mi boda, ¿verdad?, –preguntó Miguel, al despertar, con voz resacosa.
El rítmico traqueteo del tren fue la única respuesta que recibió…
DESTINOS, de Paquita Márquez.
—Pero… ¿se puede saber qué hago yo aquí?
—Esperando su turno para conocer destino, como todos…
—¿Cómo que para conocer destino? Si yo no quiero ir a ninguna parte, quiero volver a casa…
—Me temo que eso no va a ser posible. Usted está muerto, su cuerpo yace en un lujoso ataúd y su espíritu tienen que determinar a dónde lo mandan…
—¿Cómo que estoy muerto? ¡Eso es imposible! ¡Si soy Donald Trum!
—Pues ya ve, lo está, y mucho me temo que… premios no creo que le den… Y ahora sólo queda Cielo o Infierno…
—¿Y el Purgatorio?
—¡Si usted se empeñó en dejarlo abajo…!
EL RINCÓN DE LAS LETRAS, de María Bastida Nova.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí?
En este rincón de letras, donde cada palabra es un pensamiento que se transmite a través de la escritura, la atmósfera se moldea a través de la creatividad colectiva.
El tiempo se mide por historias, la intriga es la gravedad que te mantiene en este ecosistema, y los argumentos el aire que se respira.
Los folios impregnan el ambiente con el aroma de su tinta. Y cada vocablo es la manera en la que se cuentan los segundos.
Y sí, Ya sé por qué estoy aquí.
Porque me convertiría en una página en blanco si dejara de escribir.
EL SECRETO DE LA FELICIDAD, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
—Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Me pregunto al despertarme. No recuerdo nada. Estoy en una cama, atado de pies y manos. Escucho unos pasos.
—Usted está aquí por el artículo que ha publicado recientemente —dice gravemente un hombre con negra barba y gafas.
—¿El de la felicidad?
—Efectivamente. Lo hemos suprimido.
—¿Por qué?
—El mundo no está preparado para descubrir la verdadera felicidad.
—¿Se refiere a disfrutar de las pequeñas cosas, pasar tiempo con la familia, apagar las redes sociales, pasear por la naturaleza, realizar ejercicio…?
—¡Chuso ponle la inyección ya, que me convence, joder!
EL ÚLTIMO VALS, de Oscar Broullón.
—Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? —me pregunto estando de pie ante una tumba?
Llevo más de treinta años buscando la sepultura de mi madre.
He cruzado medio continente con esta fotografía amarillenta como único mapa.
Limpio la lápida con mis guantes de lana. Un nombre emerge entre la nieve: “Clara Voss, 1923–1951”.
Me quedo sin aire. No es la tumba de mamá.
Es la mía... Pero… La fecha grabada todavía no llegó. Será mañana.
EL VESTIDO MOJADO, de Oscar Broullón.
—Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? —me pregunto plantada bajo la lluvia frente al portal de Martín.
He abandonado mi propia boda hace una hora, todavía llevo el vestido blanco pegado a la piel, pero el corazón más libre que nunca.
Llamo al telefonillo. Él abre en persona, me mira de arriba abajo y sonríe.
—Llevas casi veinte minutos ahí fuera. Te he visto desde la ventana.
—¿Y… por qué no bajaste?
—Esperaba que dejaras de dudar. Como haces siempre.
—Ya no dudo. Eres, definitivamente, el indicado.
ENTRONADOS, de Francisco Eugenio Crespo Sánche.
«Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí?» Eso es lo que pensaba cada uno de los costaleros que llevaban el trono del Nazareno. A los cofrades que llevaban el incienso delante del trono, no se les ocurrió otra idea que la de utilizar marihuana junto al incienso. Querían proporcionar una experiencia mística. Aumentar el interés por el paso, menguando de cofrades. Lo que ocurrió fue que se les fue la mano: Los costaleros sintieron un terror indescriptible al ver donde se encontraban. El trono empezó a zarandearse de forma extraña, cayendo finalmente justo donde se encontraba el alcalde. La gente no sabía si aplaudir o llorar…
FAMA ASFIXIANTE, de Felipe Tenenbaum.
Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Gracias al maestro y a sus siete palabras inmortales, todavía sigo entre los seres no extintos. Pero este no es mi sitio. Soy grande y pesado. Mis patas apenas entran en el párrafo cuando es a mí a quien le toca dormir y la cabeza se me cae por los márgenes como si fuera un braquiosaurio de cuello largo. Está decidido: la próxima vez que despierte, le pediré a Augusto que me escriba una novela.