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07 MAY

6º CONCURSO DE MICRORRELATOS (25-26) DE ALI I TRUC. QUINCENA XVII

Aquí tenéis los 22 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'La Antártica empieza aquí', reedición del libro de relatos de Benjamin Labatut.

Con la frase «Un verdadero soldado no es un hombre», inicio del primer relato de la colecicón de Benjamin Labatut La Antártica empieza aquí, deben comenzar los relatos de esta 17ª quincena de la 6ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido 22 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 10 de mayo a las 14:00, enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 11 de mayo en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.

ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el resultado, desvelamos autoría delos relatos y podio.

En tercer lugar, con 6 puntos:

 

FUERA DE SERVICIO, de Esperanza Tirado Jiménez.

Un verdadero soldado no es un hombre de verdad cuando baja la guardia. Guarda en la cartera un ticket arrugado de un bar cualquiera: hora feliz, copa barata, baño sucio.

Mientras otros esperaban relevo, él estaba allí, haciendo tiempo.

El papel casi no pesa, pero lo vuelve más torpe en cada gesto. Lo saca. Lo dobla. Lo desdobla. Lo guarda.

Recuerda dónde no estaba. Y eso basta.

 

En segundo lugar, con 9 puntos:

LA TRINCHERA, de Oscar Broullón.

Un verdadero soldado no es un hombre que dispara —me dijo el cabo Aliaga aquella tarde de niebla en la trinchera—, sino un hombre al que disparan desde dentro —agregó.

No comprendí.

Esa misma noche, mientras montaba guardia, escuché pasos sobre el barro. Avancé el fusil.

Era yo mismo, idéntico, vistiendo mi uniforme manchado, sonriéndome con mi propia boca.

—Tranquilo —susurró—, vengo a relevarte.

Me tendió un cigarrillo. Acepté. Caminé hacia la retaguardia, aliviado, libre por fin.

Setenta años después, en un asilo de Rosario, un anciano con mi nombre todavía monta guardia cada noche en una trinchera que nadie más ve.

 

Y en destacado primer puesto, con 17 puntazos

ETERNIDAD, de Felipe Tenenbaum.

Un verdadero soldado no es un hombre. Es un autómata que busca el blanco más fácil, como ese tipo pálido y mareado que se aferra al mástil de la galera Marquesa. Me acerco para terminar con su torpeza, pero al levantar el acero, me asalta una visión absurda: ese manco moribundo no sangra olvido, sino tinta. Siento que, al cortarle el brazo, empiezan a girar los molinos de su grandeza. Me retiro aterrado. Las crónicas dirán que ganamos en Lepanto, pero yo sé que hoy, ante un hidalgo de poca monta, la espada acaba de perder su guerra contra la palabra.

 

El resto de relatos, ordenados en orden alfabético a aprtir del primero recibido:

TIZA DE DOBLE FILO, de José Pamies.

Un verdadero soldado no es un hombre, es una máquina fabricada a conciencia para matar, obra de otros hombres más inteligentes, vendidos al negocio de la guerra. Juan es Juan, profesor en la Politécnica. Al explicar la fisión nuclear, siente la frialdad de robots en sus alumnos. Es probable que, en pocos años, esos cerebros hiperdesarrollados y asimétricos trabajen para industrias vinculadas al negocio de la muerte. Al volver al colegio mayor, halla alivio compartiendo pan y oración con sus hermanos, soldados de Dios. Allí, ante el altar, Juan pide perdón por afilar en la pizarra el ingenio de quienes no distinguen un átomo de un alma.

 

VERSIÓN 4.7, de Oscar Broullón.

Un verdadero soldado no es un hombre. Es una conciencia descargable, optimizable, prescindible —recitó la voz neutra en mis auriculares al cruzar el umbral del Centro de Reclutamiento Voluntario.

Firmé el contrato. Mi cuerpo biológico permanecería en estasis; mi mente combatiría en seiscientos frentes simultáneos.

Tres años después regresaron a despertarme. La técnica sonrió:

—Ha completado su servicio, ciudadano.

Me tendió un espejo. El rostro que me devolvió la mirada no era el mío.

—Su cuerpo original murió en el segundo mes —explicó—. Pero su conciencia, fue transferida a este excedente. La autorizó cuando firmó la cláusula 4.7.

 

APLOMO, de Esperanza Tirado Jiménez.

Un verdadero soldado no es un hombre, sino el empeño por mantenerse en pie cuando le falta una pierna y el mundo insiste en empujarle al abismo.

Solo él miraba a la bailarina porque también ella parecía a punto de caer. Giraba en equilibrio precario, sostenida por contratos breves. Nunca se hablaron, pero compartían la misma amenaza. Ninguno retrocedió. Permanecer fue su forma de valentía.

Cuando todo ardió —trabajo, casa, cuerpo— no encontró aire para gritar: se dejó fundir.

Hoy nadie recuerda el incendio. En el fondo de un cajón alguien encontró un corazón retorcido, resistiendo en equilibrio.

 

BORRANDO, de Paquita Márquez

Un verdadero soldado no es un hombre—piensa el fotógrafo de guerra—, al menos estos soldados de las guerras modernas, no lo son.  Son aparatos de destrucción masiva. Ojalá tuvieran un interruptor y pudiera apagarlos y hacer desaparecer con un simple gesto esas escenas de genocidio que ha presenciado, que su cámara ha captado y que ahora se han convertido en una horrible pesadilla. ¡Cómo le gustaría poder hacer que nada de todo eso hubiera ocurrido con sólo hacerlas desaparecer de la cámara, dejarlo todo virgen, en blanco…!

 

BRAZO JUSTICIERO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Un verdadero soldado no es un hombre, es lo más cercano a Dios, y se llama Hostyon Delkince. Con un pasado muy oscuro, no siente dolor ni remordimientos. En la última misión, pilotando un caza, recibió un impacto, estrellándose en una duna del desierto. Observó su brazo derecho inservible por el accidente. Sin pensarlo, cogió un serrucho y lo cercenó. Atisbó la procedencia del misil lanzado contra él. Cargó la bazuca y disparó, haciendo impacto. Continuó.

Tocaron a la puerta de una casa. Abrieron. Se encontraron un brazo amputado, haciendo un “cuerno” con la mano. Además de veinte granadas, que detonaron.

Misión cumplida. Una vez más.

 

CERCENANDO LOS SENTIDOS, de Carmen Carratalá.

—Un verdadero soldado no es un hombre, —dijo la francotiradora sin mirarlo.

—¿Puedes oler algo? —preguntó al periodista mientras con el ojo derecho enfilaba la mira del fusil.

—Sí, huele a neumático ardiendo, como a goma quemada —le contestó acuclillado contra el muro, con la cabeza hundida en la pequeña libreta en la que apuntaba.

Ella siguió hablando con la vista fija en un punto del horizonte, quieta como una estatua.

—Yo no huelo ni las letrinas, ni las pocas flores que quedan vivas en las plazas de esta ciudad en ruinas. Y añadió, —¿Sabes ya por qué no somos mujeres, ni hombres? ¿Puedes ahora entenderlo?

 

CON PRECAUCIONES, de Paquita Márquez

Un verdadero soldado no es un hombre, no, es una máquina de destrucción llena de artilugios que le hacen ver y oír lo que los simples mortales ni ven ni oyen. Va revestido de toda clase de armas y aparatos que lo hacen casi invulnerable y que le permiten poner la bala, el misil, la bomba… donde precisamente harán más daño al enemigo, sin importarle para nada las consecuencias ni los daños colaterales, porque antes de la transformación en máquina mortal, pone su corazón a resguardo, lo deja fuera de servicio…

 

DE PELÍCULA, de Paquita Márquez

—Un verdadero soldado no es un hombre al uso, debes saberlo si es eso a lo que te quieres dedicar…

—¿Y cómo es?

—Pues ha de ser fuerte, aguerrido, inteligente, disciplinado, valiente, con iniciativa, buen compañero, con capacidad de liderazgo  y de anticiparse a los peligros y dificultades, casi indestructible, con una resistencia al dolor sobrehumana, y, claro, si es guapísimo, mucho mejor…

—Pero… ¿ese tipo de soldados de verdad existe?

—Pues… en realidad no lo sé. Yo sólo los he visto en las superproducciones bélicas americanas…

 

DERROTA INESPERADA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Un verdadero soldado no es un hombre. Es un niño de 45 años. Un ente sobrenatural al que la conciencia le martillea en la cabeza continuamente. Sin saber qué dirección tomará su vida a partir de ahora. Una cicatriz profunda atraviesa su corazón y las lágrimas brotan de sus ojos, enrojecidos de tanto llorar. Está intentando dormir en un motel de carretera de mala muerte, sin conseguirlo. Siente vergüenza de volver a casa.

“Teníamos más batallones…” piensa.

Aprieta los puños. Se levanta de un salto y grita:

—¡A Dios pongo por testigo que no volveré a perder una partida al Risk, teniendo ventaja sobre los demás!

 

DESPUÉS, de Esperanza Tirado Jiménez.

Un verdadero soldado no es un hombre, es una máquina de cumplir órdenes. Nunca piensa, siempre obedece.

Hasta que un día la orden se dicta delante de un pelotón de fusilamiento y su arma apunta a un veterano curtido en otras guerras, que le sonríe con ojos de infancia.

Ninguna máquina aprieta el gatillo sola. Es un hombre quien, después del disparo, tiene que vivir con ese gesto.

 

EL ARMARIO, de Oscar Broullón.

—Un verdadero soldado no es un hombre, es lo que queda cuando le arrancas el miedo —repetía mi padre cada noche desde el sótano de Castle Rock.

Yo tenía diez años. Bajaba a llevarle la cena.

Él bebía whisky en la oscuridad, susurrándole a algo dentro del armario.

Una madrugada de octubre, el armario estaba abierto, vacío. Mi padre había desaparecido.

Solo quedó su uniforme, perfectamente colgado, y un cuaderno con la misma frase, repetida mil veces, con tinta cada vez más roja.

Hoy cumplo cuarenta años. Mi hijo acaba de bajarme la cena al sótano.

El armario empezó a susurrar.

 

EL SOLDADO, de Fina Martínez Lozoya.

Un verdadero soldado no es un hombre, es un autómata insensible; en la trinchera no razona, busca la supervivencia; no quiere pensar si lo que defiende es justo; se limita a cumplir las órdenes de quienes, desde su poltrona miran la acción como una película, sin haber sido capaces de evitar el conflicto, demostrando su ineficacia, buscando sus intereses más ruines. El verdadero soldado no es un hombre, es un ser que pone su vida a disposición de quienes lo que quieren es cubrirse de gloria ajena, alimentando sus vanidades. Ahora es una cruz en el campo y un pésame para la familia.

 

EN BUENA FORMA, de María Bastida Nova.

—Un verdadero soldado no es un hombre que se rinde o viene abajo fácilmente, pero necesita reposo para darlo todo en la siguiente batalla, y tú me lo pones muy difícil, siempre me pillas a traición.

Cuando creo que has dejado atrás tus manías, vuelves a las andadas. Y por decirte que no puedo más con esta situación, que vas a acabar conmigo, me lanzas rayos de neutrones con la mirada.

Ya no sé cómo hacerte entender que un día me vas a matar con tus cosquillas.

—¡Hay, mi amor! Si tienes toda la razón, pero es que no puedo evitarlo. ¡Me gusta tanto cómo respondes!

 

EN UN LUGAR 3.0, de Jerónimo Hernández de Castro.

Un verdadero soldado no es un hombre como tú amigo Sancho. Abandonaste la disciplina y vives pendiente de ese artefacto sonoro y titilante en tu mano, mientras tus pulgares se mueven frenéticos, como activados por encantamiento.

No ha de ser así mi circunstancia; y aunque poseo un modelo de menos prestaciones, me sumo sin descanso a nobles campañas, recabo firmas, visiono grabaciones con fines solidarios o lucho valeroso contra esos viles odiadores que pululan por la red.

Por la noche accedo a una aplicación y solo anhelo interactuar con mi único contacto, la ingrata señora que aún no me ha otorgado ni un "me gusta".

 

ESPAÑA 2028, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

Un verdadero soldado no es un hombre, ni una mujer. Es una necesidad. Nos echaron de la OTAN, dejándonos indefensos, y tuvimos que reconvertirnos. La extrema derecha entró a gobernar, y el primer paso que dio fue otorgar la posibilidad de convertirse en soldados profesionales a todos los inmigrantes sin papeles en España, o su deportación. Así comenzó a crecer el ejército. Pero, además, entraron a formar parte de éste, miles de personas sin techo, a las que se les prometió comida y casa, para ellos y familiares, al alistarse. Todos los bebés no deseados, al suprimirse el aborto, también pasaron a engrosar la gran familia militar…

 

FRANKENSTEIN, Raquel Zaragoza Durá

Un verdadero soldado no es un hombre cobarde. Tampoco es un Frankenstein creado con trozos de soldados fallecidos: hombres que perdieron su vida en otras trincheras, en otras guerras...

Un verdadero soldado no es un hombre que disfruta matando: un ser sin miedo ni memoria ni remordimientos.

Un verdadero soldado es mucho más que un uniforme con un número y un destino. Es un hombre con familia, amigos, ideales y sentimientos. Es aquel que después de cada batalla, nunca se olvida de recoger los pedazos de su propia identidad.

 

LOCUACIDAD, de Felipe Tenenbaum.

Un verdadero soldado no es un hombre de muchas palabras. «Sí, mi capitán», «a la orden, mi capitán» y poco más. Salvo mi primo Alberto nadie en la trinchera rompía el silencio. Las señales de alerta eran las de siempre: que alguien empezara a gemir como un perro herido. Entonces, Alberto se transformaba en un Scherezade con casco y nos distraía con sus geniales historias sobre un ladrón de guante blanco. Cuando una bala muda le atravesó el esternón, el secreto de cómo el ladrón escapó de la torre se perdió para siempre. Ahora, sin sus historias, los aviones rugiendo sobre nuestras cabezas suenan mucho más cerca.

 

MAL MOMENTO, de Felipe Tenenbaum.

Un verdadero soldado no es un hombre astuto ni un estratega; es apenas un músculo que debe ser guiado por una mente privilegiada como la mía. Mi labor es una compleja sinergia entre mi hambre de gloria y la de supervivencia de mis piezas. Por supuesto, a veces debo realizar sacrificios para ganar el favor de los dioses. Ayer, el general sugirió que los acompañara en el campo de batalla; insistió en que solo allí podré saciar mi apetito de victoria. Normalmente aceptaría el honor, pero es una lástima: me ha pillado justo ahora que estoy a dieta.

 

MOBY y DICK, de Jerónimo Hernández de Castro.

Un verdadero soldado no es un hombre de mar como él aparentaba ser. Ella siempre salía malparada y quiso surcar en soledad otras aguas más tranquilas para curar sus heridas. Él, ojo avizor en su busca, no descansó hasta encontrarla; embarcado en violencias por mares tenebrosos, sin dejar de achicar la sensatez y la memoria de tiempos más felices.

Cuando la divisó en aquel piélago enloqueció al verla acompañada. Arrojó todo por la borda, insensible a sus gritos tras cada cuchillada, y reservó para sí un último embate del acero, el menos violento, antes de quedar varado junto a ella en la acera.

 

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