Con la frase «Quebró las patas del conejo con las manos», inicio de la novela La víspera de Manuel Jabois, deben comenzar los relatos de esta 20ª quincena de la 6ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 26 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 21 de junio a las 14:00. Se han de enviar las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 22 de junio en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el resultado, desvelamos podio y autoría de los relatos.
En el tercer escalón, empatados a 4 puntos tenemos dos relatos:
SUPLANTACIÓN DE IDENTIDAD, de María Bastida Nova.
Quebró las patas del conejo con las manos y lo metió en una maleta. No soportaba tanto protagonismo inmerecido.
Era el de la suerte, el de Pascua, el del blanco impoluto. El que a pesar de llevar reloj siempre llegaba tarde. Lo sacaba de quicio.
El plan consistía en colarse en la chistera. Sus orejas eran más largas y el color no coincidía. «Nadie se dará cuenta», pensaba. Quería brillar como ese conejo.
Aunque pertenecían a la misma familia su especie era superior, o eso creía. Sin embargo, la imagen que todos tenían era la de un zángano al que una tortuga le ganó en una carrera.
CENA ROMÁNTICA, de Jerónimo Hernández de Castro.
Quebró las patas del conejo con las manos. La salsa del guiso se deslizaba entre los dedos, envueltos por el vaho de la carne tibia en su punto de cocción. Su pareja se había esforzado mucho en cocinar aquella primera comida juntos. El aroma del orégano, el toque de mostaza… acariciaban el paladar como no recordaba desde hace mucho tiempo.
Cuando la primera lágrima se deslizó por su mejilla, la duda se hizo insoportable: degustar aquel bocado tan sabroso o depositarlo en el plato con discreción, mientras trataba de recordar si en algún momento había advertido a su enamorado que era vegetariana.
En el segundo escalón, con 5 puntos, también tenemos un doble empate:
DESPERTAR, de Felipe Tenenbaum.
Quebró las patas del conejo con las manos como si fueran ramas para una voraz fogata. Mientras el reloj se derretía al sol, daliliano, la risa fantasmal del gato de Cheshire se diluyó por las hendijas del camino de picas y tréboles. Alicia, se limpió la sangre del delantal y, cruel y clarividente, cortó la cabeza de la reina de corazones. Solo entonces, el tornillo oxidado que sostenía su mundo de las maravillas se quebró.
La niña, o más bien la anciana, abrió los ojos en una realidad distinta: descubriéndose frente al espejo de un hospital psiquiátrico; estaba masticando antes de tragar una cápsula medicinal nueva. Experimental.
GARANTÍA TOTAL, de Jerónimo Hernández de Castro.
Quebró las patas del conejo con las manos con suma delicadeza, sin alterar sus propiedades mágicas. Las condiciones de manufactura eran óptimas para ahuyentar el mal fario a su futuro poseedor: martes y trece, bajo una escalera y ante la mirada atenta de un gato negro especializado. Al mismo tiempo, otro operario sincronizaba cada fase del proceso con la rotura de un espejo preparado al efecto, mientras derramaba un salero con minuciosa precisión.
Cada pata de conejo que sale de su fábrica de amuletos es de total garantía, aseguran. Los empleados, por supuesto, tienen prohibido su uso para no contaminar la producción: ser supersticioso trae muy mala suerte.
Y ganador indiscutible de la última jornada con 10 pnutos:
CELOS, de Marcelo Celave Villar.
Quebró las patas del conejo con las manos. Su padre le gritó. No era el primer juguete que destrozaba. El niño no respondió y aumentó su apuesta arrancando un ojo de plástico que cayó sobre la alfombra.
—¡¿Por qué haces eso?!
El niño bajó la mirada hacia el peluche mutilado.
—Porque no le duele.
Sorprendido por la respuesta, y, cansado, no insistió más.
El niño alzó la vista. Sonrió apenas y cuando su padre se estaba yendo, murmuró:
—Por eso primero practico con ellos.
El padre se volvió, incrédulo. La puerta del cuarto estaba abierta y su hermanita desde el moisés, no comprendía la que se le venía.
El resto de relatos ordenados alfabéticamente a partir del primer recibido son:
EL CAPRICHOSO CONSEJO DE UNA DIOSA, de Felipe Tenenbaum.
Quebró las patas del conejo con las manos y propinó una furibunda patada al espejo que estalló en infinitas aristas amenazantes. Mientras se marchaba dando un portazo, un río de mala suerte comenzó a fluir por los cristales dispersos. No le importó que siete gatos negros se cruzaran por su camino. Tampoco esquivó la escalera (que atravesó directamente por debajo).
La diosa de la fortuna, extrañada, le susurró al oído: «¿por qué luchas contra mí? Lo quieras o no, serás el único acertante de la quiniela».
—Porque he puesto por error que perdía el Elche. Descenderemos…
—¿Has intentado abrir un paraguas dentro de tu casa?
EL CAPRICHOSO CONSEJO DE UNA DIOSA II, de Felipe Tenenbaum.
Quebró las patas del conejo con las manos y propinó una furibunda patada al espejo que estalló en infinitas aristas amenazantes. Mientras se marchaba dando un portazo, un río de mala suerte comenzó a fluir por los cristales dispersos.
La diosa de la fortuna, extrañada, le susurró al oído: «¿por qué luchas contra mí? Lo quieras o no, serás el único acertante de la quiniela».
—Porque he puesto por error que empataba el Girona. Si no vencemos al Elche, ellos se salvan y nosotros descendemos… por favor, apiádate de mí.
La diosa escondió su camiseta blanquiverde y con gesto gélido, respondió:
—Lástima. La suerte está echada.
EL ÚLTIMO TRUCO, de Jose Pamies.
Quebró las patas del conejo con las manos. Fue un acto involuntario. Pidió un aplauso, los niños obedecieron. Del sombrero no salió ningún pañuelo, ni palomas, ni monedas detrás de las orejas. Solo aquel conejo. Lo sostenía manteniendo la sonrisa intacta. Los padres protestaron. Hizo una reverencia de despedida, mostrando su juguete roto.
—La infancia también consiste en descubrir que hay trucos reales.
Alguien llamó a una ambulancia, el infarto del Sr. Conejo fue un suceso innecesario. El abuelo de Roger había llegado a tiempo para ver a su nieto en la siguiente actuación. No creo que como mago tuviese culpa de aquel fallecimiento.
Nadie volvería a contratarlo.
EMBAUCADOR, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Quebró las patas del conejo con las manos, pasándose posteriormente las partes resultantes por sus nalgas desnudas. Posteriormente hizo el baile estipulado, sobre unas chinchetas puntiagudas, que iban aguijoneándole los pies desnudos como avispas furiosas.
Al finalizar, con la sangre esparcida por el suelo, ayudándose de un pincel, pintó un lienzo.
—Ya hemos terminado –le dijo el curandero–. Con lo que hemos realizado hoy bajará de peso y dejará el tabaco. Recuerde además, como complemento: realizar ejercicio físico, al menos una hora al día; deje de comer bollería y comida procesada; si tiene ganas de fumar pínchese con una chincheta.
Nos vemos en un mes. Son 600 euros.
ESOS YA NO VOLVERÁN, de Juan Cayuelas Manresa.
Quebró las patas del conejo con las manos, nunca más saltaría. Luego fue a por el buen ornitorrinco, de una patada le hizo caer de sus gigantescas botas de agua y lo reventó contra el suelo, dejando una horrible mancha roja cuyas gotas se lanzaban hacia mi cara, incapaz de reaccionar.
El pobre camaleón intentaba camuflarse pero, como siempre, no hacía más que adoptar gamas multicromáticas sin sentido. Le cogió de la lengua y estiró tan fuerte que el animal pareció colapsar y doblarse hacia dentro con un crujido seco.
Así se pierden las amistades invisibles.
Porque nunca aprendemos a tiempo: con qué violencia se acaba la infancia.
LA MEJOR DEL MUNDO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Quebró las patas del conejo con las manos. Cortó a tiras los pimientos rojos sin ayuda de ningún utensilio. Midió seis puñados de arroz con sus manos. Añadió sal y pimienta a ojo, según su intuición. Echó los garbanzos directamente del bote, con el líquido incluido. Puso los guisantes sin descongelar. Cuatro cucharadas de cúrcuma. Seis ajos chafados a puño en la encimera. Agua directamente del grifo a la sartén, sin conocer la cantidad. Soy testigo directo, puesto que lo estoy escribiendo, ya que ella nunca me ha sabido dar la receta, puesto que la receta no existe. Sólo en su cabeza.
La mejor paella del mundo. Disfrútenla.
LA PRESA, de Marcelo Celave Villar.
Quebró las patas del conejo con las manos. Después de tres días perdido en el desierto, sin beber ni comer, lo vio, inmóvil, como esperándolo. No tuvo fuerzas para rematarlo y no pudo evitar que se escapara unos metros en la inmensidad que lo rodeaba. El animal avanzaba arrastrando su terror sobre la arena; él, detrás, reptaba su hambre escenificando el drama ancestral entre víctima y verdugo. Al caer la tarde, el conejo desapareció entre unas rocas. El hombre, cansado, se acercó intrigado. Su sorpresa fue mayúscula: detrás de las rocas había un pequeño oasis donde se zambulló y bebió hasta saciarse. Cuando terminó, el conejo había desaparecido.
MENTES RETORCIDAS, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.
Quebró las patas del conejo con las manos. Escuchando los gritos insoportables del pobre animal, dejó a este en la línea de salida de su carril. Posteriormente, su amigo, rompió las patas de un caniche, con la ayuda de un martillo pequeño, y lo situó al lado del conejo.
Se pusieron a grabar a los animales con el móvil, animándolos para que llegaran a la teórica meta. Debían arrastrarse con sus patas delanteras, ya que las traseras estaban rotas. Pero para desgracia de los youtubers, los animales se retorcían de dolor, en lugar de avanzar.
Entonces, a uno de ellos, se le ocurrió la idea de hacerlos estallar…
NINOT INDULTAT, de Raquel Zaragoza Durá.
Quebró las patas del conejo con las manos, resultaban demasiado estáticas; necesitaba otras con más dinamismo. Le puso un chaleco y guantes blancos. En una de sus manos sostenía el reloj que miraba con ojos ojipláticos.
–¡Dios mío, voy a llegar demasiado tarde! –se lamentaba el artista estresado.
Pero al final, terminó a tiempo su trabajo…
En una hoguera, al pie de la imagen del Conejo Blanco que corre angustiado, hay un cartel que dice:
«EL RELOJ NO PARA, LA AGUJA VA LIGERA;
SUBE EL PRECIO DE TODO… Y YO SIN CARTERA.
PROMETEN VIVIENDAS, PERO EL TIEMPO NO ESPERA.
SE ME PASA EL ARROZ… ¡¡¡Y SIGO SIN MADRIGUERA!!!»
PROVERBIO, Raquel Zaragoza Durá.
Quebró las patas del conejo con sus manos; la trampa había funcionado.
Harto de que, el animal arruinara sus hortalizas, el campesino había jurado vengarse en cuanto lo atrapara, y lo haría con sus propias manos.
–¡Corre ahora si puedes! –gritaba enfurecido, mientras zarandeaba al animal.
Pero el conejo, en su lucha agonizante, le mordió con rabia en el tobillo...
Días después, el horticultor también murió.
Moraleja: «Si quieres vengarte de tu enemigo, antes cava dos tumbas».
RAMONCITO, de Victoria Sera.
Quebró las patas del conejo con las manos. Tenía mucha práctica en las tareas de despellejar conejos, matar gallinas y organizar la matanza del cerdo cada año para su gran familia.
Todos los veían de lo más normal. Yo era la encargada de barrer la conejera cada día y se estaban cargando a Ramoncito. Cuando oí su grito lo reconocí de inmediato.
─¿Qué le estáis haciendo? ¡Es mi mascota! ¡Me prometisteis que a él no lo tocaríais! ─corrí hasta el patio para detener tal aberración─ y ahí estaba sus ojos que permanecieron abiertos hasta alcanzarme, como si me estuviera esperando para salvarlo, y luego los cerró para siempre.
REBELIÓN EN LA GRANJA, de Américo Fojo.
Quebró las patas del conejo con las manos intentando defenderse de las heridas en el pecho que le estaban causando los dientes y las afiladas uñas del animal. No tenía ningún sentido gritar pidiendo auxilio, porque ya todos sus compañeros habían muerto en el feroz ataque nocturno. Estaba solo.
Fueron cientos los extraños conejos que invadieron la granja. Enormes, negros, agresivos, con ojos rojos que parecían salirse de sus órbitas… tan diferentes de los pequeños y pacíficos conejitos que, cada día, carneaban para proveer al mercado central.
RITUAL, de Margarita González.
Quebró las patas del conejo con las manos cuando se enfrió. Colgó el cadáver en un saliente exterior de la choza y el chamán empezó otro ritual para llamar la lluvia.
Si aumentase el caudal del río, no se extinguirían. Hacía tiempo que personas, animales y árboles sufrían la sequía. Los ancianos no recuerdan un periodo tan largo sin lluvias. Su mundo conocido había cambiado.
Comenzada la ceremonia, un zumbido atronador, inesperado, sonó en la aldea.
Cuando se acercó, los aldeanos quedaron asombrados, comprendieron el peligro y corrieron campo a través.
Un ejército de bulldozers avanzaba hacia ellos arrasando la selva.
SEPHANIM, de Juan Cayuelas Manresa.
Quebró las patas del conejo con las manos, pero sabíamos que no era tan fácil acabar con ellos. Desde que se rebelaron contra la humanidad, la tierra de los conejos era, más que nunca, una realidad. La respuesta de las autoridades fue lenta e ineficaz. Además, como se reproducen tan rápido, cada baja de los nuestros salía muy cara….
Algo en la parte periférica de mi mirada atrajo mi atención y me giré sobresaltado.
—Oye, Julián ¡qué te están preguntando!
Sacudí la cabeza, perdona quise decir, pero no logré articular palabra alguna.
—Le preguntaba al caballero si ya se había decidido.
—Em…. Sí, creo que será mejor la ensalada.
SÍMBOLOS, de Paquita Márquez.
«Quebró las patas del conejo con las manos»… Lo había escrito sin darme cuenta y la voz del conejo me sobresaltó:
—¡No puedes empezar así, con el protagonista cojo!
Instintivamente quise borrar, pero el cursor se negó.
—¡No puedo, ya formamos parte de la historia: yo, arrepentido, y tú, cojo…!
—¡Pues vaya historia! ¿Y ahora qué?
—¡Ya sé! Seremos símbolos de las historias de la vida, de las historias atroces que propiciamos y del cargo de conciencia que suponen… Incluso las historias tremendas tienen que seguir su curso…
—¡Vale…! —dijo el conejo resignado—. Pero dame zanahorias, aunque sean simbólicas; las necesito…
TALISMANES, de Paquita Márquez.
Quebró las patas del conejo con las manos de dedos torcidos por la artrosis y por hacerse nudos en el alma en toda una vida llena de dolor y adversidades. Con el cuchillo las separó del cuerpo del animal muerto y se las guardó en la faldriquera. Tenía suficientes.
A la tarde nos reunió a los ocho nietos y nos dio una a cada uno.
—Son talismanes que os ayudarán a ser buenas personas.
—Abuela, ¿tú tuviste de niña pata de conejo? —pregunté.
—¡Claro, cariño! —contestó mientras alborotaba mi pelo con sus dedos torcidos.
La abuela tenía los dedos torcidos, pero con ellos nos marcó el camino recto.
ABLEPSIA, de Silvia Espina.
Quebró las patas del conejo con las manos y las hundió en el pelaje buscando a tientas el cuello para partirlo.
Deslizó sus dedos por el mueble de la cocina en busca de un cuchillo, pero pensó que dejaría todo manchado de sangre y los niños verían el desastre. Tampoco quería hacer ruido para no despertarlos; mañana les diría que se había escapado.
¡Bicho asqueroso! Ya estaba harta de resbalar entre sus inmundicias.
En el apretón final, definitivo, se sorprendió al escuchar el ladrido agudo del caniche toy, un gorgoteo agónico que alumbró su ceguera.
ÁGAPE DOMINGERO, de Francisco Ramírez Munuera
Quebró las patas del conejo con las manos. Madre fue a la madriguera y cogió un gazapo para la comida; tras suspenderlo de las patas traseras, con su mano derecha abierta como si fuera un hacha, le golpeó entre las orejas hasta matarlo. Acto seguido lo abrió en canal con un cuchillo de punta, le sacó las tripas y lo colgó de la pared, dejando que su sangre goteara sobre un cubo que había puesto en el suelo. Una vez frío despellejó al animal, puso sus vísceras en una fuente y lo troceó, quedando listo para echarlo a la sartén.
El arroz de conejo y caracoles salió buenísimo.
ALGO ASÍ COMO REMORDIMIENTOS, de Paquita Márquez.
Quebró las patas del conejo con las manos para que no escapara y le dio un fuerte golpe en el cogote. Fue milagroso encontrar al animal tan aterido de frío como él mismo después de dos días perdido en aquel bosque nevado. Sacó la navaja, le rajó la barriga y, a pesar del hedor que desprendía, metió las manos en las entrañas del animal para calentarlas. Notó el débil latido del corazón, y eso le removió por dentro, como cuando de pequeño obligó a Merceditas a bajarse las bragas para ver qué tenían las niñas ahí abajo y los pillaron. Castigaron a Merceditas. Él sólo miraba…
ALICIA, de Jerónimo Hernández de Castro.
Quebró las patas del conejo con las manos y sintió el chasquido como si fuera el de sus propios huesos. Apenas podía contener las lágrimas. A ella le dolía más que a él y él no podía comprender aquel trato por parte de su amiga.
Los soldados quedaron inmóviles ante un suceso tan inesperado y regresaron a palacio para informar a la reina de corazones. El conejo no importunaría a nadie en el país de las Maravillas durante una larga temporada, al menos mientras no le quitaran la escayola que inmovilizaba sus extremidades. La orden fulminante de que le cortaran la cabeza quedaba sin efecto por tiempo indefinido.
CAMBIO DE PLANES, de María Bastida Nova.
Quebró las patas del conejo con las manos. Lo confundieron con una oveja.
Como siempre, antes del verano, regresaban los esquiladores. Con la experiencia que dan los años, las tomaban de las patas y las colocaban entre las piernas para inmovilizarlas.
Habían esquilado varias docenas de ovejas, cuando un conejo se coló en el cercado. Uno de los operarios lo alzó y empezó a pasarle la máquina. El ganadero que los había contratado, al darse cuenta, tiró del conejo tan fuerte que se escuchó un crujido seco.
«¿Cómo se habrá escapado? —pensó—. Lo iba a preparar la próxima semana. ¡En fin…!».
Agarró al conejo del pescuezo y… ¡¡Zas!!