Con la frase «El chirrido de la palanca del freno de mano», inicio de la novela La mala hija de Pedro Martí, deben comenzar los relatos de esta 1ª quincena de la 7ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.
Hemos recibido 22 relatos que presentamos ordenados alfabéticamente a partir del 1º recibido. La votación permanecerá abierta hasta el domingo 20 de septiembre a las 14:00. Se han de enviar las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos (puntuados con 3, 2 y 1 puntos respectivamente). De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 21 de septiembre en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.
LOS SONIDOS DEL AMOR
El chirrido de la palanca del freno de mano era la señal que desataba la pasión en sus encuentros furtivos en el Ford Fiesta. Cuando se fueron a vivir juntos sustituyeron su silencioso colchón último modelo por otro de muelles, cuyos crujidos excitaban su fogosidad juvenil.
En la residencia de ancianos donde habita el único superviviente de la pareja, las cuidadoras elevan la cabecera de su cama articulada. Quizá necesitaría que la engrasaran con más frecuencia, pero él, postrado con una sonrisa bobalicona, se acuerda de ella.
NIVOLA
El chirrido de la palanca del freno de mano me indicó que era el momento:
–Miguel, tenemos una conversación pendiente. Usted me conoce. A estas alturas, debería saber que soy incapaz de haber cometido ese crimen. Esta historia no puede terminar así.
–¿He herido la sensibilidad de un sicario? ¡Ja! –respondió–: Los hechos son que tus huellas estaban allí.
–Pero…, yo sería incapaz de matar a un niño. Encuentre al asesino.
–¡Menudo personaje! Eso es lo que he hecho. Además, no puedo alargar más la trama. Sólo dispongo de cien palabras; ¡¿entiendes?! Tengo que mandar el microrrelato ¡ya! –argumentó, mientras pulsaba en su móvil la opción de «enviar».
OPTIMISMO
El chirrido de la palanca del freno de mano rubrica el adiós definitivo a esta etapa. Hasta ahora me he envuelto en el pasado; aún tengo amarga la garganta y salada de lágrimas el alma. Necesito respirar otros aires porque he decidido crearme un futuro amable. Abro las ventanillas y el ambiente trae aromas nuevos y arrastra silencios rancios. Huele a tormenta de verano, pero la lluvia ha cesado y brilla el sol lanzando destellos de luz al reflejarse en los charcos. Ya estoy dispuesta a recomponerlo todo: la mirada, la sonrisa, la actitud, las ganas de presentar batalla a la desdicha y al fracaso… ¡Triunfaré!
PPM
El chirrido de la palanca del freno de mano delataba una rotura irreparable. Mientras iba ganando velocidad, la vía se hacía más y más fina. Casi imperceptible. Como renglones emborronados por un aguacero. Solo que no llovía. Simplemente no podía detenerme. Intenté aplicar la lógica, buscar un desvío en altura que lo desacelerara todo. Imposible. El vehículo y yo ya éramos una saeta, una pluma irrefrenable.
Me acercaba peligrosamente al límite: 84, 93. 99 ppm. De pronto el cielo, como aguas bíblicas, se abrió en dos y surgió de allí una Espada que trazó un gran surco en la carretera, impidiéndome superar el sagrado límite de Palabras Por Microrrelato.
REGRESO AL PASADO
El chirrido de la palanca del freno de mano es el sonido más solicitado. Pudiera parecer absurdo en vehículos de alta tecnología como los aerodeslizadores o los drones biplaza de nuestra marca, pero la fabricación de los vehículos más silenciosos del mercado, casi nos lleva a la ruina.
Tuvimos que solucionarlo con la incorporación de los efectos más diversos. Por ejemplo, el cierre presurizado no posee bisagras, pero lleva de serie el ruido de puertas de un Ford Fiesta y, aunque ningún modelo posea capó, retumban como el de un Seat 1500 cuando se muestran sus motores de vanguardia.
No tenemos otra opción si queremos seguir a la última.
SINFONÍA INCIERTA
El chirrido de la palanca del freno de mano iniciaba el penúltimo compás. El preludio se había orquestado en su escondite, con la percusión metálica del instrumental y el crujido de croquis y planos a modo de partituras. Después, la polifonía de voces discrepantes que se sucedían in crescendo hasta lograr la armonía sincronizada exigida por el director. Y por fin el arranque, la puesta en escena del vehículo de fuga, detenido con el motor al ralentí frente a la entidad bancaria, abrumados por la incertidumbre de si se sumarían al coro final las sirenas de la policía.
SINFONÍA INCONCLUSA
El chirrido de la palanca del freno de mano estaba a tono con las explosiones del caño de escape y con el rítmico traqueteo de la suspensión gastada golpeando contra los bajos del coche. La abuela siempre llegaba dirigiendo una orquesta de estruendos que se prolongaba en el comedor. El crujido de su cadera al sentarse, la dentadura rebotando como castañuelas cuando nos hacía reír a carcajadas y los silbidos de sus labios al pronunciar nuestros nombres.
La sobremesa, después de la última función, la iniciamos ceremoniosos, ennegrecidos por el silencio, cabizbajos. Y la acabamos en el garaje. Motor encendido y los recuerdos a mil por hora.
UN GUIÓN DE MORONDANGA
El chirrido de la palanca del freno de mano me despertó en la madrugada. Esa manía mía de aparcar justo debajo de mi ventana, aunque me cueste horas dando vueltas. El mecánico me había advertido: «hay que cambiar el sistema». Yo lo fui demorando por razones económicas. Entonces, cuando el caco quiso huir con mi coche, el freno quedó trabado y comenzó a arder. Fue todo tan rápido que el pobre desgraciado se calcinó en el interior del vehículo. Pero lo peor vino después. ¡El ladrón estaba liado con mi mujer! y al enterarse ella, se arrojó desesperada por el balcón…
−Nooo… esto no tiene ni pies ni cabeza.
UNIÓN SAGRADA
El chirrido de la palanca del freno de mano invadió de pausa las naves de la Iglesia (como la lengua de un oso hormiguero abriéndose paso por un laberinto de tierra y aire). La pregunta del cura, todavía hediendo a incienso, se volvió, de pronto, pringosa, amenazante. Ella guardó silencio mientras sentía las miradas filosas de sus familiares clavándose entre los omóplatos. A su lado, estaba él, tan pequeño e indefenso que no se sentía a la altura de su amor. No, al menos, durante la última semana.
Finalmente, respiró hondo y asintió entre lágrimas. Solo entonces el cura derramó el agua bendita sobre la cabeza de su retoño.
VESTIDA DE NOVIA
El chirrido de la palanca del freno de mano anunció el encuentro que cambiaría mi destino.
Me sentía paralizada, incapaz de salir del coche. Miré por la ventanilla y allí estaba ella: ¡vestida de novia!, asustada, con la nariz pegada al cristal y una mirada suplicante... me pedía que huyera.
Parecía conocerme bien. A mí, en cambio, tan solo me sonaba su cara.
La palanca del freno de mano volvió a chirriar. Arranqué y, apretando el acelerador, emprendí la huida de la iglesia, donde me esperaba un horrible monstruo… ¡con dos caras!
Nunca imaginé que mi propio reflejo pudiera resultar tan convincente.
CAMBIO DE VIDA
El chirrido de la palanca del freno de mano terminó de sacarme de mis casillas. ¿Qué estaba haciendo en Busan? Quería un cambio de vida. Mi mujer me había dejado, por el profesor de Taichí. Después de veinte años juntos me confesó que sólo él había conseguido abrirle los chakras…
Lo dejé todo y me fui a Corea. Encontré trabajo rápidamente de repartidor. Pero estaba muy estresado. Comía ramen a menudo, arroz y verduras, todo con picante en abundancia. Mis hemorroides estaban a punto de estallar.
El paquete se movía a mi lado. Lo abrí. Una anguila viva, sin piel, se retorcía vigorosamente.
Cerré el paquete. Lo entregué. Vomité…
CENA CON LA SUEGRA
El chirrido de la palanca del freno de mano sonó como una liberación. Cuando salió de casa, aceleré y la estampé contra la luna del Toyota. Frené en seco y di marcha atrás.
Desde mi asiento la vi retorcerse como el mal bicho que era. Sentí una mezcla de euforia y repugnancia. ¡¡Por fin me deshice de esa bruja!!
Me disponía a huir cuando, al mirar por el retrovisor, se me heló la sangre. Allí estaba plantada, taladrando mis oídos, cegándome con ese rojo chillón que rebasaba las comisuras de su boca.
—Como siempre, perdiendo el tiempo. Sal ya del baño, llegaremos tarde a casa de mi madre.
CINCO ESTRELLAS
El chirrido de la palanca del freno de mano interrumpió la voz del vehículo.
—Trayecto finalizado. Valore su experiencia.
Marcos observó la casa. Llevaba tres años sin ver a su hija. El sistema judicial algorítmico le había concedido aquella visita tras evaluar su rehabilitación.
—Cinco estrellas —dijo.
La puerta se desbloqueó.
Una niña salió corriendo hacia él.
—¡Papá!
Marcos abrió los brazos, llorando.
Entonces el coche anunció:
—Respuesta emocional satisfactoria. Empatía parental: 94 %. Simulación concluida.
La niña desapareció.
Las puertas volvieron a cerrarse.
—Su condena ha sido revisada.
Marcos sonrió, esperanzado.
—Nueva estimación: treinta y ocho años.
—¿Por qué?
—La víctima simulada lo perdonó. La real no puede.
EL ABISMO… Y EL RIDÍCULO
El chirrido de la palanca del freno de mano intentó avisarme, pero yo lo ignoré porque ya no tenía el control. El coche comenzó a deslizarse inadvertidamente pendiente abajo mientras hacíamos el amor. Ella estaba sentada encima mío, su piel suave, su torso desnudo, el dulce esfuerzo de encastrar nuestros cuerpos, dios, ¿cómo explicarlo?: como un salto al abismo en cámara lenta... Y, técnicamente, eso estaba ocurriendo.
—Cariño... ¿nos estamos moviendo? —preguntó desconcertada María.
—Siii… No pares —respondí gilipollamente.
El coche se detuvo después de mucho bajar delante de la terraza de un bar de jubilados. Las carcajadas estallaron. En ese momento deseé que el abismo nos hubiera devorado.
EL DESTINO HACE DE LAS SUYAS
El chirrido de la palanca del freno de mano hirió la mañana. El coche se detuvo cuando invadía ya el paso de cebra. Ella, molesta y asustada, miró al conductor. Lo reconoció. Los años no habían borrado la intensidad de su mirada ni esa manera torpe de sostener el volante. Él también la había reconocido. Primero, sorpresa, luego un torbellino de recuerdos que los hizo temblar… Durante unos instantes, ninguno se movió. El tráfico rugía impaciente detrás, pero el tiempo se había detenido allí, entre el asfalto y la memoria. Ella dio un paso. Él bajó la ventanilla. No dijeron nada. A veces, los encuentros importantes empiezan en silencio…
EL OTRO LADO
El chirrido de la palanca del freno de mano siempre sonaba antes de que alguien desapareciera. Primero fue mamá. Después el abuelo. Por eso, cuando papá aparcó frente al hospital, le sujeté el brazo.
—No tires de la palanca.
Él sonrió.
—Los coches no hacen desaparecer personas.
La accionó. ¡Ñiiic!
Lucía cerró los ojos. Al abrirlos, su padre no estaba. Tampoco el hospital. Pero al otro lado del parabrisas había una habitación. Un anciano agonizaba rodeado de familiares.
Lucía golpeó el cristal.
Nadie la oyó.
Solo el anciano abrió los ojos.
—Por fin —susurró—. Has venido a buscarme.
Entonces Lucía recordó quién era.
Y tiró de la palanca.
EL PUEBLO ABANDONADO
El chirrido de la palanca del freno de mano rompió el silencio del lugar.
Se había dormido el tiempo en sus piedras: presidiendo la plaza se erguía la fuente centenaria de mármol; rodeada por farolas que, de zagales, nos empeñábamos en apedrear. La vieja escuela, con su patio. La iglesia románica –con un nido vacío en la torre de su campanario–; hasta las cigüeñas habían emigrado en busca de otro hogar.
Calles desiertas, puertas cerradas, parques vacíos y columpios oxidados…
Estaba claro: ni yo era Ulises ni aquello era Ítaca. Mi pueblo solo seguía vivo en mi memoria. El viaje no había terminado; tendría que seguir buscando.
FINAL RURAL
El chirrido de la palanca del freno de mano me asustó. Después de años conduciendo un automático, llevar uno manual ahora, estaba siendo muy duro. Al igual que vivir aislado en una aldea de veinte habitantes. Quería olvidarse de todo. Años trabajando para la IA lo habían trastornado mucho. Sabía que sólo le quedaban tres años, cuatro quizás, para la extinción de la humanidad…
Se dispuso a plantar su primera planta de tomates. Alzó la azada al aire y la bajó con fuerza. Sintió un impacto fuerte en su tobillo. Miró hacía abajo, y al divisar el charco de sangre se dio cuenta de que no vería el final…
JUSTO A TIEMPO
El chirrido de la palanca del freno de mano se confunde con los gemidos del sujeto que se contorsiona frenético en el asiento de atrás atado de pies y manos.
—Enseguida se le pasará—le digo al agente que me ha dado el alto—Se pone muy agresivo cuando bebe, por eso lo tengo que atar cuando me llaman del bar a estas horas…
El agente echa un vistazo y, con mirada compasiva, me aconseja que conduzca con cuidado.
Arranco. El chirrido del freno al quitarlo, se confunde ahora con el aullido que lanza cuando le da de lleno, por la ventanilla, la luz de la luna llena…
LA CASA DE MUÑECAS
El chirrido de la palanca del freno de mano despertó a Laura. No recordaba haber conducido hasta allí. Estaba dentro del coche con el motor apagado, aparcado en la calle que bajaba al muelle. En el asiento del copiloto, una muñeca de porcelana con los ojos pintados de negro le sonrió.
Laura intentó salir, pero las puertas estaban trabadas. La muñeca giró la cabeza lentamente y dijo con voz de niña: «¿Jugamos a las escondidas?». Laura gritó, pero nadie la oyó. El chirrido de la palanca se repitió, y esta vez el coche empezó a moverse solo, cuesta abajo.
La muñeca le susurró: «Tú te escondes. Yo cuento».
LLEGADA A MARRAKECH
El chirrido de la palanca del freno de mano sugirió que la furgoneta no estaba en buen estado. No había asientos ni cinturones. Nos habían recogido en el aeropuerto con ella, y nos dirigíamos hacía el hotel. Durante el camino íbamos esquivando coches, sin frenar en ningún momento. Cuando el semáforo se puso en rojo observé la cara de preocupación del conductor. Sudor en su frente. Subió la palanca del freno de mano y se quedó con ella en la mano. Nos miró. Ya no frenaríamos más. Nos saltamos el semáforo.
Entonces nos avisó para que estuviéramos preparados con las maletas… para saltar fuera con ellas a su señal.
LO QUE UN MAL VIENTO SE LLEVÓ
El chirrido de la palanca del freno de mano nos despertó a todos de golpe cuando paramos a repostar. Íbamos apilados en un Chevrolet Corvette camino de Providence para ver a los Red Hot y en nuestras mochilas no faltaban cajetillas de Pall Mall ni botellas de bourbon. Vivíamos en un álbum de fotos aún por rellenar y nos creíamos inmortales. La lealtad era un valor que nos cohesionaba como grupo. Amábamos cada noche a una chica diferente y, cada día, al mismo país y a la misma bandera.
Jamás imaginamos que tres, de los cinco que asistimos a aquel mítico concierto, regresarían de Irak envueltos en ella.