Con esta frase, inicio de la novela La cartera, de Francesca Giannone, deben comenzar los relatos de esta tercera quincena de la cuarta temporada del concurso de relatos de Ali iTruc con Onda Cero.
Hemos recibido un total de veinte relatos que os presentamos ordenados alfabéticamente a partir del primero recibido. Durante los días 4, 5 y 6 de octubre pueden ser votados por los autores y resto de público enviando sus puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos. De estas votaciones, saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el próximo lunes 7 de octubre en Onda Cero Elche.
ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el resultado, desvelamos prodio y autoría de los relatos.
En tercer lugar con 6 puntos:
AISLADOS, de Raúl Zaragoza.
¡La cartera ha muerto!, el pueblo ha quedado desolado…. Todos sus habitantes acuden a su incineración con el más riguroso luto, ya nada será lo mismo sin ella. Aislados, entre montañas, sin electricidad, sin nada que les conecte con el mundo electrónico, vivían los veintiún habitantes… bueno, ahora solo quedaban veinte y ninguno sabía leer ni escribir. La única conexión con el exterior la tenían a través de una colección de cartas que ella poseía y les leía a diario; para ellos, el mejor momento del día. No era más que un apodo, pero ¿quién iba a leérselas ahora?
En segundo lugar, con 7 puntos:
VIRUS, de Francisco Eugenio Crespo.
«¡La cartera ha muerto!», rezaba un comunicado, uno más, en la puerta del ayuntamiento. Habían fallecido siete durante este aciago año.
Las causas eran desconocidas. La autopsia realizada a las fallecidas revelaba lo mismo: infarto de miocardio. Sin antecedentes.
De repente, en las dependencias del correo, el inspector Hulmes preguntó:
‒¿Cuándo instalaron este ordenador?
‒A principios de año señor –respondió el funcionario.
‒¿Tiene antivirus?
‒No señor, era muy caro.
‒Lo suponía. Estamos ante el primer caso de Virus Troyano, que ha mutado, y que va a extinguir el correo postal. Preparémonos para la pandemia. Sólo quedarán los emails…
Y relato ganador de la semana, con 9 puntos
SOLEDAD, de Raquel Zaragoza.
«¡La cartera ha muerto!» ─Dejaré de escribir, es absurdo que continúe enviándome cartas. Aunque suene el timbre, ya no podré hablar con ella:
─¿Quién es? ─preguntaba, antes de abrir la puerta, ¡cómo si no lo supiera!
─Buenos días, Gregorio, soy la cartera.
─Buenos días, guapa ─respondía al abrirle.
Siempre le entregaba el correo con un “hasta mañana” acompañado de una sonrisa. Y con esas palabras se quedaba satisfecho, con su única conversación del día. Luego, se sentaba en el escritorio y, mientras se escribía cartas…, el anciano dejaba de rumiar resentimientos contra su triste vida.
«¡Buenos días soledad!» ─suspiró Gregorio asumiendo su nueva realidad.
El resto de relatos:
RENACER, de Raúl Zaragoza.
¡La cartera ha muerto!, eso se decía en el pueblo, aunque no hubiera constancia de alguien que hubiera acudido a ningún sepelio… pero así se comentaba. En cierto modo, solo en cierto modo, era verdad, había muerto para siempre. Tuvo que marchar de allí, porque nadie podía entender que no se sintiera como marcaban los retrógrados cánones que todavía imperaban. Carnalmente, no había fallecido, simplemente había cambiado de lugar, de apariencia, de nombre, de cuerpo… de sexo, había renacido. Debió ser una de las primeras, pero ahora, por fin, era uno de los primeros: “el cartero”.
RUINA, de Raúl Zaragoza.
¡La cartera ha muerto!, se ha quedado tiesa, seca… al final no ha estado a la altura de lo que yo necesitaba, dejándome mucho antes de lo previsto. La tristeza me invade por momentos, pero las lágrimas quedan secas en mis ojos sin llegar a brotar. Todo aquello que soñé poseer se desvanece sin remedio y la desazón invade mi cuerpo. Ya no puedo continuar con mi vida… cincuenta y ocho años y sigo siendo un fracasado; nunca trabajé y he gastado hasta el último euro que me quedaba en mi ya inútil e ineficaz cartera.
SEQUÍA ESTIVAL, de Inmaculada Micó.
“¡La cartera ha muerto!” Vaya comienzo. Después de la sequía estival esto no me anima. No encuentro un hueco para sentarme a escribir y no se me ocurre nada pero de hoy no pasa. Se me ha echado el tiempo encima.
—¿Papá, has visto mi cargador por ahí? —gritando—. Lo tenía en la mesa del comedor hace un momento.
—Papá, ¿dónde está mi camiseta nueva? —gritando también—. Me ha dicho la mamá que la has recogido tú.
—Y vosotros, ¿habéis visto a la Cartera? —respondo a los dos chillando—. ¿No? ¡Pues ha muerto y no sé qué escribir, así que dejadme en paz!
TERAPIA ECONOMICISTA, de Marcelo Celave.
—¡La cartera ha muerto! —dijo Jorge, sosteniendo el extracto bancario como si fuera un acta de defunción.
—¿Y qué? La economía es un constructo social: si gasto, ¡revivo la economía! —respondió Carlota, pícaramente.
—Carlota, estás creando un eco de tus propias necesidades existenciales, transformando lo material en una manifestación de tu subjetividad.
—No exageres, por ejemplo, estos zapatos son una inversión en au-to-es-ti-ma.
—¿Y en qué beneficia nuestra cuenta?
—En que, si me siento bien, ahorramos en terapia.
Él la miró, pensativo.
—Entonces, ¿consideras los zapatos como un gasto de salud mental?
—Por supuesto, y el próximo par será un seguro de vida.
A DISTANCIA, de Paquita Márquez.
¡La cartera ha muerto! La encontraron anteayer hecha un ovillito en las escaleras del rellano del 15 con una carta en la mano. Ella, que había repartido miles llevando alegrías y tristezas a todo el vecindario, había recibido una, una sola, del hijo. Dicen quienes la leyeron que aquellas palabras le colapsaron la garganta, se colaron en el alma, inundaron los pulmones y que el oxígeno no pudo impedir que pasaran a la sangre y la envenenaran. Cuando la mala sangre llegó al corazón, lo hizo estallar en mil pedazos. Un infarto, dijo el forense. Pero todos sabemos que hay palabras que matan.
BUDAPEST, de Francisco Eugenio Crespo.
¡La cartera ha muerto! Era la última de Budapest. Tenía sólo cincuenta y seis años, pero la inactividad la estaba consumiendo. El correo postal había sido sustituido por Internet.
Justo antes de morir llegó la última carta a la ciudad. Procedente de Elche, escrita por Moisés, de nueve años, dirigida a Dani, de siete.
Dani abrió la carta con mayor entusiasmo que cuando uno recibe un regalo en Navidad. Después de leerla, le rogó a su padre escribir otra carta como respuesta.
‒No hijo, le escribiremos un email, que es más rápido –dijo el padre encendiendo el ordenador.
La cartera se desvaneció…
DIME QUIÉN SE HA MUERTO, de América Martín.
—¡La cartera ha muerto, mujer! —Le gritó ofuscado—… Es que no aguanta tanto. eres un saco sin fondo.
—¡Dime quién se ha muerto! Ay… este pastel es para la tía Marta
Le grita desde la cocina preocupada.
—Se nos arreglaría la vida si te tiene en su testamento…
Tocan el timbre y es la cartera. Francisco abre la puerta, y ella entrega la carta.
—¡Pero dime quién es Francisco!
—¡LA CARTERA!
—¿Ella? Pues con lo fea y malhumorada que es, que se muera es una bendición.
Francisco entra a la cocina con el ojo morado.
DULCES ABUELITAS, de Mari Bastida.
—«¡La cartera ha muerto!».
—¿Ha muerto la portera?
—No abuela, la cartera.
—A veces la portera me visitaba y tomábamos café juntas, ¡¡Pobrecilla!!
—Tienes que cambiar las pilas del sonotone, mañana te traeré un recambio. De la portera no sabemos nada. Cierra bien la puerta y no abras a desconocidos, últimamente suceden cosas extrañas en el vecindario.
—Descuida “hijico”.
Una vez sola, la anciana abrió el arcón congelador, lo más complicado fue meter a la portera en la bañera para evitar desparramar efluvios por las paredes, quería cocinar un trozo del hígado para sus gatos. Jamás olvidó aquel guantazo que la dejó sorda.
EL DESCONOCIDO JORGE MANRIQUE, de Felipe Tenenbaum.
¡La cartera ha muerto sin llevar mi manuscrito a Zamora! Y mira que cuando me la crucé por la calle y la vi con esa expresión tan mortecina le pedí que aprovechara el día, que avivara el seso y que contemplara cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, pero ¿me hizo caso? No. Para nada. Siguió entregando la correspondencia con ese tranco tan lento y despreocupado de los moribundos. Y ahora que se me han quedado las coplas sin publicar, solo puedo afirmar una cosa: que cualquier tiempo pasado fue mejor.
EL PLANTO DEL APLAZADO, de Felipe Tenenbaum.
¡La cartera ha muerto en el peor momento posible! A un par de calles de mi casa. Se la llevaron en ambulancia fúnebre. Los ojos, lívidos y los brazos, retorcidos como ramas rotas por la tormenta.
Se la llevaron a ella y a sus paquetes…
Sin la cartera, ya no me llegará a tiempo La Celestina para el examen de mañana. Oh, tragicomedia moderna, ¿por qué no quemaste mi morada? ¿Por qué no asolaste mis posesiones? ¡Oh, Seur, Seur! ¿Quién te dio tanto poder? Por tu culpa no sabré explicar el dichoso planto de Pleberio. Me castigarán y acabaré solo in hac lacrimarum valle...
EL SUSTITUTO, de Mariam Vicente.
—¡La cartera ha muerto!
La noticia se extendió como la pólvora causando una conmoción.
Todos llevaban tiempo esperando este momento porque la mujer era ya muy mayor, y aunque hacía mucho que debiera haberse jubilado, se resistía a dejar un puesto de trabajo que había heredado de su padre, al igual que este lo había heredado del suyo, y así por muchas generaciones.
Pero ella no tenía hijos, y todos se preguntaban quién cogería las riendas de su legado. Todos menos yo que ya tenía en las manos la última carta que ella había entregado, la de mi nombramiento como cartero de la muerte.
EL TREN DE MEDIA NOCHE, de Raquel Zaragoza.
La cartera ha muerto. Ya estaba muerta cuando la recogieron de las vías del ferrocarril. A falta de testigos, los viajeros que llegaban al andén discutían diferentes hipótesis sobre el suceso.
Mientras tanto, alejado del bullicio, el responsable se ocultaba, engullido por la densa neblina.
Aquella noche, cuando el reloj de la estación marcaba las doce y el silbido del último tren anunciaba su llegada, el misterioso hombre dejó de esconderse, llegaba su tren; se acercó al borde del andén y se arrojó a las ruedas del primer vagón. Su vieja cartera le había mostrado el lugar ideal… para morir en las vías.
EL ÚLTIMO, NO, de Paquita Márquez.
La cartera ha muerto, doctor… Sí, ya sé que era muy mayor, que llevaba jubilada ni sé los años, pero seguía siendo “mi cartera”, la única amiga de carne y hueso que me quedaba. De los amigos ficticios, de esos del internet con los que hago excursiones y jugamos a las cartas o al dominó de mentira, me quedan dos. Antes éramos siete u ocho, pero se han ido bajando del sistema. Por eso he venido a verle, doctor, para que me rebusque una enfermedad de esas incurables y dolorosas que me permita pedir la eutanasia; ¡no quiero ser el último que quede!
ESPERANZA, de Francisco Eugenio Crespo.
‒¡La cartera ha muerto! Es una gran tragedia, pues era nuestra Esperanza en esta guerra.
‒¡Lo dices como si no hubieras sabido que iba a morir!, ¡debería darte vergüenza!
‒Sólo albergaba la posibilidad de que entregara la carta al séquito cristiano, al otro lado de las montañas.
‒Claro, y para eso Esperanza solamente tenía que atravesar las huestes de nuestros enemigos otomanos, la planicie desde la que podía ser vista fácilmente por los arqueros, el bosque oscuro, de noche, donde habitan fieras, y si sobrevivía, cruzar el río.
‒Allí fue donde murió.
‒¡Normal!, ¡si no sabía nadar, desgraciado!
INCÓGNITA, de Margarita Gonzalez.
¡La cartera ha muerto! ¡No solo la cartera! Otros protagonistas de ayer han caído con ella, descansan enterrados entre inservibles, tales como, una voz amable al otro lado del teléfono, la paciencia con una anciana en el mostrador del banco, regatear con la tendera de toda la vida en la mercería, pagar con dinero contante y sonante, o libros de papel ¡Ay!
De repente, se instalaron las tecnologías, crecieron deprisa deprisa hasta su síntesis, la pantalla y
y el holograma. La cartera ha muerto, ¡Viva el estaño, el silicio y el coltán!
Por cierto, ¿qué es una cartera?
INCREÍBLE PERO CIERTO, de Inmaculada Micó,
—¡La cartera ha muerto! —exclama el Joven.
—No puede ser-— replica la Chica, muy convencida de lo que dice—. Esta mañana la he visto y estaba tan contenta en su coche camino del trabajo.
—Estoy seguro. Ha muerto en un accidente y… no te lo vas a creer, donde siempre.
—¡Venga va! ¿Estás de broma? Esto es demasiado- —exclama la Chica levantando los brazos—. ¿Son tontos o qué? Aparezco en sus coches, les advierto del peligro, les señalo “la curva” y… ¿sigue pasando?
—En el programa de Íker Jiménez reventarías los índices de audiencia, je, je.
JUBILACIÓN, de Marcelo Celave.
¡La cartera ha muerto! Lo supe cuando intenté pagar el café y del bolsillo salió una nébula de aire. Entonces pensé: ¡me la robaron! Pero no fue un robo, no... La cartera decidió jubilarse harta de contener tickets viejos y monedas devaluadas. "No más tarjetas inservibles, fotos enmohecidas y teléfonos que ya olvidé", dejó escrito en una nota. Un transeúnte jura haber visto una cartera con gafas de sol y sombrero embarcando rumbo a Brasil. Y claro… tantos años juntos… ahora la echo de menos…, pero como mi economía se ha jubilado también, descubrí un motivo de diversión viendo pasar otras carteras despendoladas…
LA ÚLTIMA NOTA, de América Martín.
!La cartera ha muerto!
“Te quedaste sólo con el escozor de tus pasos y el alcohol que torpemente te he dejado, lo siento… Encontré el amor en otros brazos” (8 horas antes de salir a trabajar).
“¿Dime quién te ha hecho tantos nudos que están haciéndote huelga en la garganta?” (cuatro horas después entregando cartas en casa de una amiga).
“¡No naciste adulta y sin historias mamá! ¡No eres inquebrantable! Me voy con Cristina y viviremos en lo que tú llamas _ Secta Satánica _ ¡Así que no me busques!”. Encontraba en su habitación, la nota escrita una hora antes, de regresar a casa…
LLANTO POR LA MUERTE DE LA CARTERA, de Felipe Tenenbaum.
¡La cartera ha muerto a las cinco en punto de la tarde! Un niño trajo el gran sobre mortuorio a las cinco de la tarde. ¡Ay, qué terrible hora de tributo y dolor! El viento se nos llevó todas las estampillas y lo demás era muerte y solo muerte por la oscura azotea.
No recuerdo toros de astas desoladas ni grupos en silencio por las esquinas rompiendo las ventanas. Solo que a mi paloma mensajera, una cartera blanca como la paz, me la desplumaron en oriente a las cinco de la tarde. Eso y que sus heridas, las mías, también quemaban como soles.
PERGEÑANDO ESTRATEGIAS EN RIGUROSO SECRETO, de Paquita Márquez.
—«La cartera ha muerto esta mañana de un infarto».
—Contraseña errónea, no puedes pasar.
—Bueno, pues de ictus.
—¡Tampoco!
—¡Tío, sabes quién soy!
—¡Jolín, Alex, siempre te pasa lo mismo! ¡Qué mala memoria tienes! Bueno, pasa, pero a la próxima, o la dices bien a la primera, o no entras. Oye… ¿y dónde está el toro cogido por los cuernos?
—¡Pero qué tonterías dices? ¡Lo que me encargó el cerebrito del Juanfra es que buscara frases hechas de doble sentido, locuciones adverbiales en desuso, irregularidades verbales difíciles, leyendas rocambolescas…, a ver si por fin consigue ensamblar un fantástico microrrelato y desbanca a los veteranos!