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13 FEB

CONCURSO DE MICROS 24-25 DE ALI I TRUC. QUINCENA XII

Aquí tenéis los 20 relatos que empiezan con la 1ª frase de 'Herencia', de Jesús Gallego.

Con la frase «En la austera cocinilla de su casa del pueblo», inicio de la novela Herencia, de Jesús Gallego, deben comenzar los relatos de esta 12ª quincena de la 4ª temporada del concurso de relatos de Ali i Truc en Onda Cero.

Hemos recibido un total de 20 relatos que os presentamos ordenados alfabéticamente a partir del primero recibido. Hasta el 16 de febrero a las 14:00 pueden ser votados enviando las puntuaciones al correo david@aliitruc.es, eligiendo los tres relatos favoritos. De estas votaciones saldrá la terna finalista de la quincena, que conoceremos el lunes 17 de febrero en Onda Cero Elche - Comarcas del Vinalopó.

 

ACTUALIZACIÓN: Una vez conocido el veredicto de Jesús Gallego, desvelamos podio y autoría de los relatos recibidos.

Finalistas:

LA CAZA FURTIVA, de Américo Fojo.

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, todavía noche cerrada, Nicanor preparó su desayuno de gachas y vino. Luego guardó en el morral un trozo de queso, los restos de su cena y salió a recorrer las trampas.

Caminaba hundiéndose en la nieve, recorriendo los cepos que había dejado armados la tarde anterior, cobrando las piezas que, previo desnucado, colgaba del cinto.

Un leve gemido lo alertó.

Un hombre, un desconocido, había caído en uno de sus trampas y allí estaba, casi muerto, congelado, sangrando y Nicanor, el furtivo, cumplió con su oficio: tomó la cabeza del caído y la giró violentamente, con gesto firme y definitivo.

 

MANZANAS AL HORNO, de Silvia Espina.

En la austera cocinilla de su casa del pueblo la vieja trajina con ollas y sartenes.

Prepara el caramelo con delicado afán, mezcla, revuelve, agrega gotas de pequeños frasquitos escondidos en su alacena y cubre las manzanas que horneó, con fuego de leña, en su pequeño asador. Envuelve y acaricia.

Los niños, espiando por las ventanas y las fisuras de la puerta, piensan: la abuela es la bruja de Blancanieves.

 

 

Y relato ganador:

A FUEGO LENTO, de Raquel Zaragoza.

En la austera cocinilla de su casa del pueblo pesquero, Teresa prepara, a fuego lento, la cena. En la sartén de hierro y con una cuchara de madera, va moviendo, pacientemente, las gachasmigas: con harina de almorta, ajos, panceta, pimientos verdes y sardinas; tal como a los pescadores les gustan.

Cuando en el reloj de pared suenan las nueve, Teresa enciende unas velas, sirve dos platos, humeantes, y los pone en la mesa. Lo hace porque así no se siente sola; y porque no pierde la esperanza de que alguna noche su marido vuelva al puerto, amarre la barca y, hambriento, llame a la puerta.

 

El resto de relatos ordenados alfabeticamente a partir del primero recibido:

 

SAZÓN ENTRE PUCHEROS, de Carlos José Esguevillas González.

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, se cocinaron mis mejores recuerdos. El olor a cilantro del caldo humeante sobre la lumbre, que me recibía cuando llegaba del colegio. Las manos enharinadas cuando hacíamos rosquillas de anís por Pascua. El sabor de las castañas asadas al fuego mientras contábamos historias al caer la noche.

En aquella cocina nunca faltó puchero, ni la buena mano de madre. —Excepto—, decía padre, guiñándonos el ojo, y haciéndola sonrojar: —aquel día, entrada la primavera, que llegué con flores recién cortadas y la estuve molestando mientras preparaba la comida. Aquel día se le pegaron las lentejas. Y al tiempo llegaste tú.

 

TERREMOTO, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez

En la austera cocinilla de su casa del pueblo de Villarrobledo, Pedro se afanaba en terminar la comida. Sus seis hijos esperaban impacientes a la mesa para echarse algo a la boca. Repentinamente se sintió un temblor bastante fuerte en la casa. Los hijos fueron asustados a la cocina rápidamente. Un terremoto sobrevino y se metieron debajo de la mesa grande. Al cabo de unos minutos cesó. No sufrieron daño alguno. Al contrario que la madre, que murió sepultada entre escombros en la casa de su amante, tres calles más arriba.

Lo más importante de una casa son los «cimientos» —se dijo Pedro.

 

UN GUISO MUY ESPECIAL de Inmaculada Micó

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, María da vueltas a la cazuela, se inclina ligeramente sobre ella y mira el interior llevándose la mano al costado. Aún le duele. El olor del guiso le recuerda a su infancia. Su madre le enseñó a cocinar. “Buenos ingredientes y mucho amor, hija, mucho amor”. De todo había sobradamente: las verduras, recién cogidas del huerto; la carne llevaba troceada y bien guardada en el congelador una semana; y amor, había mucho, tanto que habría matado por él…hasta que empezó a pegarle con cualquier excusa cuando volvía a casa.

 

UN PÚBLICO DE GUSTO EXQUISITO, de Felipe Tenenbaum

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, la bailarina huía del mundanal ruido y también, del rechazo, los focos y los abucheos. Encasillada como «paleta» por la frívola mirada de los señoritos madrileños y como «más urbanita de lo necesario» según los recios vecinos de San Bartolomé de Tirajana, se juró no volver a bailar ni salir de casa. Puso unas palomitas en el microondas, encendió la tele y (a manera de despedida) arqueó la cadera en las penumbras de su cocina para realizar sus últimos giros magistrales. Fue entonces que, rebeldes y exquisitas, las palomitas estallaron en un fervoroso clapclapclap que resonó por toda la casa.

 

AMPLIANDO EL AMOR, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez.

En la austera cocinilla de su casa del pueblo de Alcalá de la Selva, Manuel estaba preparando la cena. Fuera se cernía sobre el pueblo una tormenta de nieve. Entre los silbidos del viento y de las sartenes, escuchaba de vez en cuando exclamaciones de alegría de su mujer Arianna. Hacía ya un año ella le había confesado que le gustaban las mujeres. Lejos de montar un número, Manuel se puso a su disposición. Así llegaron al acuerdo de que podría traer amigas al pueblo cuando ella quisiera.

Tocaron a la puerta.

Manuel salió a abrir.

—Feliz San Valentín, Manuel —dijo un hombre con una rosa en mano.

 

AUSTERIDAD, de Felipe Tenenbaum

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, unas manos también austeras preparaban un banquete tan austero que hasta un ratoncillo de campo lo hubiese juzgado austero. Austera era también la mesa y austeras eran las sillas de la austera cocina. Pero lo más austero de todo era, sin lugar a dudas, el vocabulario del austero narrador de esta historia, naturalmente, austera.

 

DESARROLLO, de Margarita González

En la austera cocinilla de su casa del pueblo Mercedes bate unas claras a punto de nieve. Apoya su espalda en la nevera para poder girarse hacia el hornillo. Recuerda con nostalgia la gran cocina de leña - y el horno -, en casa de su madre, la despensa llena de orzas con carne en aceite, tarros de conservas caseras para el invierno y cajones con tocino en sal. En el piso superior, la paja y el forraje para los animales del establo.

El pozo regaba las 100 hectáreas de la finca.

Todo se lo expropiaron.

Y construyeron un campo de golf de muchos hoyos.

 

EL INQUIOKUPA, de Raquel Zaragoza Durá

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, en el viejo calendario que cuelga de la pared, aún transcurre el mes de febrero del año 1925.

De no ser por el gato negro que cayó por la chimenea, yo estaría aquí solo y aburrido hasta que se venda la casa. Durante la última visita de la inmobiliaria, tan pronto como escuché el forcejeo de una llave en la cerradura, salí volando a recibirles; pero, al igual que en otras ocasiones, en cuanto me vieron, echaron a correr. No lo entiendo. Empiezo a pensar que tenían razón todos los que me llamaban fantasma.

 

EL SEXTO SENTIDO, de Paquita Márquez

En la austera cocinilla de su casa del pueblo se ha reunido la familia después del entierro. Con pena, comentan lo bueno y cariñoso que fue con todos y la abuela no deja de llorar lamentándose. Cuando se abre la puerta y entra, todos miran y callan.

—Cierra bien la puerta, niño, que se va el calor—dice al momento la abuela secándose las lágrimas.

Y siguen hablando como si tal cosa. Solo el niño lo mira receloso y asustado.

—Pero ¿qué os pasa conmigo? ¿Es que no soy nadie?—se encara con todos enfurruñado.

—Es que estás muerto, abuelo…—le susurra el niño.

 

EN BUSCA DE LA MANTEQUILLA, de Francisco Eugenio Crespo Sánchez

En la austera cocinilla de su casa del pueblo de San Fulgencio, Paco estaba preparando el desayuno, pero le faltaba mantequilla. Le preguntó a su vecino si tenía. Éste le habló en inglés y Paco no entendió nada. Se dirigió a la siguiente casa, donde salió a abrirle una alemana, que hablándole en su idioma hizo que Paco, con sus setenta y ocho años, se diera media vuelta y fuera a la siguiente casa. Estaba un poco malhumorado cuando tocó airadamente al timbre. Un español abrió la puerta. Le dijo a Paco que no tenía mantequilla puesto que era mala para la salud.

«No salgo más», se dijo Paco enfadado.

 

FELICES PARA SIEMPRE, Mariam Vicente

En la austera cocinilla de su casa del pueblo se fraguaban todos los romances de la comarca, porque nadie dudaba de las dotes de doña Manolita como celestina.

Al amor de su lumbre se cocieron muchos matrimonios, incluso ella misma se dejó enamorar por Pepe, el Tranca, por mucho que todos le advirtieran de que era un mujeriego sin remedio.

Cuando el hombre apareció degollado, nadie reparó en que la dulce Manolita portaba ese día un cuchillo jamonero que fue su fiel aliado a la hora de reparar su honra.

Ella siguió emparejando amantes y usó discretamente su arma secreta si el enamorado resultaba que no lo era tanto.

 

INVIERNO, de María Bastida Nova

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, hay una ventana que da a un bosque   por donde pasa un riachuelo.  Justo debajo hay unos sacos, contienen las patatas recogidas antes de las heladas, suficientes para los guisos de varias semanas. El niño los ha utilizado como poyete para   asomarse y comprobar si ya ha llegado la primavera. Para su desesperación, todo sigue cubierto por un manto blanco en un crudo invierno que parece no tener fin. Sueña con salir, corretear entre la arboleda y chapotear en el río que, ahora,  serpentea bajo afilados carámbanos. No recuerda cuánto tiempo lleva allí esperando, ni qué pincel lo dejó plasmado.

 

LA HERENCIA, de Paquita Márquez

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, heredada de la abuela, se sienta pensativa junto a la chimenea. ¡Menudo trajín le espera si quiere deshacerse de semejante cochambre! Después de que el abuelo se fue, la abuela se empeñó en seguir viviendo allí «por si volvía». Con curiosidad, se levanta y recorre las viejas estancias. Todo es desechable, no hay ni un solo objeto que merezca la pena conservar. Sube al viejo desván, ese al que tenían prohibido subir porque literalmente se caía de viejo. No encuentra la llave y tiene que romper la cerradura. Atónita, contempla unos restos andrajosos: ¡El abuelo nunca se marchó!

 

LA MUERTE PASÓ DE LARGO…Y YO NO ME ENTERÉ, de Marcelo Celave Villar

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, Juan repasaba con el dedo índice la mesada de mármol, la cocina de leña… mientras miraba por la ventanita la estrecha callejuela. «¿Cuánto hacía, sesenta años que no volvía?». Los recuerdos lo asaltaron. «Aquella tarde primaveral, las pieles morenas por el sol de la sierra, los ojos vivos de Ana, sus mejillas arrebatadas… vamos corriendo al borde de la vega, la quiero abrazar y torpemente la empujo… su cuerpo inerte allá en el fondo del barranco. Con ella murieron mis proyectos, mi familia, mis hijos. ¡Qué distinto hubiera sido todo!… Ana, mi único amor…»

̶ ¿Se puede? Hola Juan…

̶ ¡¡¡¿¿¿Ana???!!!

 

LA OCASIÓN, de Paquita Márquez

En la austera cocinilla de su casa del pueblo se ha vuelto a quedar sola. Sola con sus recuerdos. Abre la vieja caja de lata y saca otra vez las fotos, y ese cartucho de vídeo descolorido que ya no puede ver porque se rompió el aparato. Repasa las fotos y las acaricia. ¡Que queme todo eso! — le han dicho—Que no es bueno recrearse en lo que fue y no volverá a ser. Que ahora que el pueblo está de moda y los de la ciudad invierten en él, es el momento. Están empeñados en que venda la casa. Y en que se vaya a una residencia.

 

NO EN MI PRESENCIA, de Felipe Tenenbaum

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, Doña Petronila soplaba los carbones bajo el caldero. Mientras revolvía el cocido con una cuchara de madera, iba arrojando más y más ingredientes. Un puñado de garbanzos, tres zanahorias, un par de chismes, media calabaza troceada en cubitos, algún embuste, tocino, 80 gramos de panceta, un hueso de habladuría y naturalmente, una pizca de sal. Del mejunje emanaba una fragancia terrosa que olía a veneno de ultratumba. Micifuz atravesó los vapores de la olla mirando a la bruja, su ama, con gesto melancólico (tal vez, huraño) y rememorando tiempos mejores, arrojó al vacío el plato de cocido de un zarpazo.

 

ONCOLOGÍA CAMPESTRE, de Marcelo Celave Villar

En la austera cocinilla de su casa del pueblo, Ramón leía angustiado su diagnóstico: «Cáncer pancreático estado IV».  Decidió no molestar a sus hijos citadinos y se encerró en la cocina tapando el conducto de humos. Encendió el hogar con cedro y roble, embebidos en aceite oleaginoso de su propia quinta. El humo lo envolvió…, una hora después desfalleció... pero no murió.

Transcurrido un año, oncólogo español presenta orgulloso el descubrimiento médico del siglo: «Exposición prolongada a humos de leña con aceites esenciales, ricos en terpenos y fenoles antioxidantes, activa mecanismos de reparación celular, eliminando totalmente la metástasis y resecando el tumor»

Y ahí andaba Ramón... por su quinta.

 

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